Es obvio que el racismo se basa en miedos atávicos, en emociones que informan al ser humano desde los albores de la especie. Nada más fácil que pensar que alguien con otro color de piel, con otras costumbres o con otras vestimentas es necesariamente un peligro potencial. Y, sin embargo, la razón y la experiencia nos dictan que eso no es así. El racismo no resiste un análisis en frío, pero el problema no es la pigmentación de la epidermis. El problema es la capacidad de raciocinio de nuestros semejantes.
Si, como asegura el aforismo de Valentí Puig, “cada vez hay más gente y menos personas”, no hay nada de extraño en asistir al triunfo de la xenofobia, caso de Catalunya en las últimas elecciones. Allí parece haberse desatado una feroz competición entre el PP y Plataforma per Catalunya para ver quién es más cateto en materia racial. Se da la paradoja, entonces, de que tipos que se rasgan las vestiduras con escandalosos lloriqueos porque en Euskadi Bildu acceda a la diputación de Gipuzkoa consideran normal que Xavier Garcia Albiol sea alcalde de Badalona.
Yo no sé qué es lo “normal”. Supongamos que normal sea simplemente aquello que consideramos normal. Quizá alguien considere que los gitanos rumanos son peligrosos porque algunos son ladrones, pero si es el mismo espectador que aplaude las peroratas de Mario Conde en Intereconomía (hablando de ladrones…), entonces algo falla. No me convencen los racistas. Apelan a lo que en nosotros queda del cerebro de los reptiles. En ese limo chapotean pero, por desgracia, nunca se hunden del todo.
Si un observador desapasionado contemplara la política española actual, lo primero que nos indicaría es la extraña anomalía que informa a nuestra impertérrita derecha. ¿Cómo puede ser que un solo partido reúna sin ningún tipo de crujido visible a ultras estrictos, conservadores religiosos, franquistas redivivos e inquisidores de la “España una” con autonomistas moderados, liberales laicos y centristas más o menos centrados? Aunque es normal que los grandes partidos (los catch-all parties, como los define la ciencia política) sean una amalgama de diversas tendencias, el caso del PP merece una sesuda tesis doctoral. De hecho, tengo para mí que es precisamente la heterogeneidad del principal partido de la oposición lo que viene impidiendo el funcionamiento normal de las instituciones democráticas.
Aunque los cabecillas del PP gustan de autodenominarse “liberales”, supongo que a nadie se le escapa que un liberal auténtico no puede estar en contra del divorcio o del aborto –o, en otro orden de cosas, del plurilingüismo y la plurinacionalidad del Estado. ¿Es Mayor Oreja un “liberal”? ¿Lo es Esperanza Aguirre? ¿Francisco Camps? ¿…? Están todos, por supuesto, a favor del capitalismo y en contra de los (”desmesurados”, siempre “desmesurados”) gastos sociales, aunque no se atrevan a alzar la voz para cuestionar el Estado del Bienestar. En realidad, por lo que realmente advocan es por el Estado del Estarbién, que es otra cosa: esté yo bien y que los demás revienten.
Ojalá algún día se cree en España un auténtico Partido Liberal, centrista, europeísta y laico. Mientras tanto, que siga el espectáculo.
Pueden estar contentos en el PP. Últimamente todo son alegrías en la calle Génova. Nada negativo parece afectarles, mientras su rival más directo sufre en carne propia –como todos los partidos gobernantes- los efectos de la crisis. Rajoy está convencido de que, si la racha sigue –si la recuperación se retrasa-, en marzo del 2012 él y su esposa dormirán en la Moncloa.
Ya pueden meter la pata –y la mano- los dirigentes populares, que las encuestas ni se inmutan. ¿El caso Gürtel, dice usted? Nada, unos sinvergüenzas que intentaron aprovecharse del partido. ¿Los trajes de Camps, el bolso de Barberá? Atrezzo, simplemente; figuras necesarias para animar la aburrida vida democrática. ¿Las fotos censuradas de la Unió de Periodistes en el MUVIM de Valencia? Pero en Cuba están mucho peor. ¿Los espías de Aguirre? Que se demuestre algo serio; mientras tanto, arroz y tartana. ¿Jaume Matas y toda su corte de corruptos pillados con las manos en la masa? Pues Unió Mallorquina más. Y así sucesivamente.
Con este panorama, es obvio que los conservadores están especialmente exultantes. Según sus análisis, Zapatero caerá del poder como un fruto maduro, y ellos sólo tienen que molestarse en estar debajo para recoger el bastón de mando. Y, sin embargo, una pequeña duda surge. ¿Y si esto comienza a arreglarse antes de las elecciones? ¿Se imaginan a Rajoy perdiendo por tercera vez? ¿Se imaginan la reacción de Aguirre o de Gallardón? La derecha ha llegado a un punto en que el único escenario posible es la victoria. La derrota, como el amor, sería simple y llanamente la destrucción. Por si acaso, me pido butaca de palco.
Parece ser que a raíz de las últimas elecciones generales, cuando el PSOE superó al PP en un millón de votos, Mariano Rajoy se prometió a sí mismo que nunca más ningún español tendría que “verse obligado” a votar a la competencia para evitar que gobernara el gran partido de la derecha. Hay que imaginarse ese momento con mucha riqueza de detalles, un Rajoy sublimado hablándose ante el espejo, la mano en el pecho, la frente altiva, un amago de febrícula en la dicción. Vale pero, ¿qué se supone que hay que hacer para evitar que el electorado le pierda el miedo al graznido de las gaviotas? Porque algo habrá que cambiar en un discurso que chirría demasiado. Para empezar, ¿qué tal si cesaran de meterse con las mujeres que quieren abortar? Si se entrenaran lo conseguirían, de la misma manera que consiguieron dejar de perdonarles la vida a los divorciados (qué tiempos, Mariano: ¿te acuerdas?). Y luego podrían seguir, por ejemplo, metiendo en el baúl de los recuerdos su obsesión contra las lenguas de España diferentes del castellano o la franqueza con la que defienden el modelo económico que ha provocado la actual crisis.
Hay que esforzarse más, Mariano. Mira el caso de ese curso extremeño dedicado a fomentar la educación sexual de los jóvenes. En seguida habéis corrido (con perdón) a acusar a la Junta de masturbatoria pero, ¿no es en definitiva tu propio partido el que se refugia en onanismos ancestrales en este y otros casos y luego se lamenta de que sólo consigue reunir electores viciosos? Hay que usar la cabeza, Mariano. Hay que dejar en paz la entrepierna y airear la habitación. De nada.
Dicen fuentes bien informadas que la estrategia del Partido Popular de cara a la rentrée de septiembre es contrarrestar los horrores del caso Gürtel con una tupida malla de acusaciones contra el Gobierno a propósito de las ya famosas escuchas telefónicas. Nuestros conservadores, en efecto, se sienten observados y sospechan de sus rivales, pero como está acreditado que ellos solos se bastan para espiarse unos a otros, pues no cuela. La estrategia, de todas formas, es bastante clara: acusando de espía a Zapatero, Mariano Rajoy y sus secuaces evitan tener que hablar de Correa y los suyos, y de los espías auténticos (todos ellos a sueldo de la Comunidad de Madrid de Esperancita Aguirre). Hacerse el loco funciona muy bien en los matrimonios (cuando tu mujer te pregunta muy retóricamente por qué no has tendido la segunda lavadora), en los litigios con el Cobrador del Frac y no digamos si te para un guardia civil con gafas de sol de espejo y barba florida tras hacer caso omiso de la señal de stop. Así que Mariano, felizmente casado y felizmente barbado, está dedicando el mes de agosto a alimentar su simpática paranoia de verano (no confundir con serpientes, canciones o borracheras, también típicamente estivales). A mí esto de la paranoia del PP, qué quieren que les diga, me provoca un poco de vergüenza ajena. ¿Perseguidos por Zapatero? Cualquier paranoico que se precie –aunque sea un falso paranoico- no se ensucia por menos de una CIA, un Mossad o alguna luminosa inteligencia extraterrestre. Hasta para ir de víctima hay que tener algo de clase, Mariano. No abuses de nuestra indulgente hilaridad.