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Traducción inversa

Joan Garí

El holocausto y su ficción

01 feb 2010
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En vísperas de la conmemoración del Día Mundial del Holocausto (que coincide con la fecha de la liberación de Auschwitz, un 27 de enero de hace 65 años), Claude Lanzmann presentó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid su monumental film Shoah. La revisión de este espeluznante documental de más de nueve horas de duración donde se recogen los testimonios de los supervivientes del holocausto (y también de algunos de los verdugos) ha puesto otra vez sobre la mesa el delicado dilema sobre cómo  abordar, desde la representación audiovisual, la gran tragedia del siglo XX.

   Es sabido que Imre Kertész, el nobel húngaro, considera que películas como La lista de Schindler, de Steven Spielberg, no son instrumentos válidos para dar cuenta de una realidad que escapa a toda ficcionalización. Para el autor de Sin destino, el desafío a la razón que supuso Auschwitz está mejor formalizado en una película como La vida es bella, de Roberto Benigni. Lanzmann no está de acuerdo, y no es difícil comprender sus reparos a la opera buffa de Benigni.

  El problema es peliagudo, pero no se entiende sin la dimensión sagrada que ha adquirido el sacrificio de judíos y tantas otras víctimas (gitanos, homosexuales, comunistas…) en el sangriento altar de la vesania nazi. Cuando ya no queden supervivientes vivos y la Shoah sea una referencia del pasado –otro truculento período de la historia-, quizá obras como la de Spielberg se demuestren eficaces, finalmente, para verbalizar y difundir el horror. Cualquier piedra es buena, en definitiva, para construir el monumento que nos evite el gran peligro: el olvido.

Un insulto: nazis (¡y catalanes!)

08 dic 2009
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Lo citaba el otro día Isaac Rosa en un gran artículo (“No, si contra los catalanes no tenemos nada”). Eran unas frases cogidas al vuelo en la tabarra radiofónica habitual de Jiménez Losantos: “Somos los judíos preferidos de los nazis catalanes”. Y luego: “Todos progres, señal de que son nazis”.
Obviemos ahora la estrambótica identificación entre “progres” y “nazis”. Es un disparate, pero podría pasar por gracioso, siempre y cuando el contexto fuera desenfadado. Pero Losantos nunca habla en broma: su seriedad fúnebre está a la altura de su majadería ideológica. Es un hombre que se escucha a sí mismo, y de ahí su ridícula circunspección. Pero el tema es otro. ¿”Nazis”, “judíos”? Este pobre tipo, por supuesto, no sabe de lo que habla. Que se sienta judío porque se cree perseguido por “los catalanes” no deja de ser una patología menor, fácilmente medicable. Pero esto de usar la pareja nazi-judío para insultar ya se pasa demasiado de rosca, incluso como mera estulticia.
La banalización del holocausto no debería tolerarse. No sería posible en Alemania, por ejemplo. Que lo sea en España sólo indica que algo hemos hecho mal, que hemos digerido mal el siglo XX. Además, “nazi”, como insulto, ya no quiere decir nada. Eso se lo dice hoy en día un conductor enfadado con otro porque ha tardado en arrancar ante un semáforo. Las implicaciones de su uso, sin embargo, deberían obligarnos a extremar las precauciones discursivas. Sólo alguien muy atolondrado o muy estúpido es capaz de ponerse en la piel de una víctima de la Shoah para poder atacar a sus adversarios. Juzguen ustedes.