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Traducción inversa

Joan Garí

Retorno a Villa Certosa

29 jul 2009
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Algunas veces vuelvo a Villa Certosa. Hay allí un ambiente de sana promiscuidad y nuestro anfitrión, Silvio Berlusconi, insiste en que nos sintamos como en nuestra propia casa. La casa, sin embargo, es propiamente suya. Por aquí han pasado algunos de los hombres más poderosos del mundo, y algunas de las mujeres más bellas. Silvio se crece en la cercanía de estos hombres, les da palmaditas en la espalda, toma impulso sobre sus talones y masculla, ante sus ostentosas erecciones: “Nosotros, los grandes…” Con las mujeres, en cambio, le sale su sonrisa de ratón, las evalúa a media distancia, las devora un poco y luego las escupe.  A Patrizia D’Addario, la bella escort, la colmó de atenciones, la tumbó sobre la cama de Putin y le estuvo contando cuentos toda la noche. Era una prostituta, pero él la trataba como a una niña de cuatro años. Patrizia, por si acaso, tenía sus propias armas. Wonderbra, por supuesto, pero también un móvil con cámara y una grabadora (nunca se sabe). Silvio, como si le hablara a la posteridad (eso tampoco se sabe), estuvo explicándole el cuento del orgasmo. Patrizia parecía tan sorprendida como una colegiala y entonces Berlusconi le recomendó que se masturbara a menudo. Claro, claro, dijo ella: se nota que tú sigues al pie de la letra tus propios consejos.  Ese ambiente, digamos, es lo que convierte a Berlusconi en un number one. Por eso el Papa, el pueblo, los medios comen de su mano. El secreto es el autoerotismo. Dele usted a la manivela y el mundo seguirá girando. Ah, Silvio: estoy deseando volver a Villa Certosa. Aunque eso, claro, no ocurre todas las noches.

Berlusconi como parábola

03 jun 2009
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  No sé cómo lo ven ustedes, pero la última polémica en que se ha visto envuelto Silvio Berlusconi debería haber agotado la paciencia colectiva. Y, sin embargo, no me extrañaría que nada de todo eso tenga el más mínimo efecto electoral. Nada: ni las vedettes, ni las bailarinas, ni las veline (azafatas de televisión), ni siquiera las menores de las que el cavaliere gusta rodearse. Entendámonos: que Berlusconi sea un viejo verde no tiene nada de particular. Pero es que esas indelicadas imágenes (que la Fiscalía de Roma ha confiscado para tener a su amo contento) donde se le ve en medio de un harén deshabillée constituyen sólo un episodio más de la larga y obscena impunidad con que el mandatario italiano ha ejercido sus dos juegos favoritos: controlar todos los resortes de la sociedad italiana y hacer profusamente el payaso.

  Sí, amigos, ese es Berlusconi (¿alguien lo ignora?): un gracioso con mayoría absoluta. En España aún tenemos que aprender mucho del amigo italiano, por supuesto. Todo se andará. De momento, queda ese poso amargo que obliga a aceptar como legítimo que Italia elija reiteradamente a un magnate mangante a quien puede que su mujer ya no soporte, pero a quien gran parte de su país admira, teme, reverencia y, posiblemente, quisiera emular. ¿Cómo Italia, ese país bello y culto, con su historia y su nivel de desarrollo, ha podido caer tan bajo? Yo, por si acaso, llevaría mis barbas a remojar. O nos espabilamos, o ese es el futuro que nos espera a todos: gobernantes salerosos, muy machotes, muy duros, largamente impunes y sin nadie que les tosa (ni en la política ni en los medios). Rien ne va plus, me temo.