813: AMAR Y ACARICIAR EL LIENZO, por Enrique García Ballesteros

30 Ene 2016
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«No basta con que un artista sea un hábil artesano, también debe amar y acariciar su lienzo.»

(Auguste Renoir)

 

La novela policíaca francesa tuvo un antes y un después del personaje de Arsenio Lupin. Su autor, Maurice Leblanc, modificó los patrones del género: el folletín melodramático pasó a convertirse en un proceso de búsqueda. En 1910 publicó 813: La doble vida de Arsenio Lupin, la tercera novela protagonizada por este personaje universal, su álter ego, y en la que intentó acabar con él.

El cine francés tuvo un antes y un después de François Truffaut y los demás críticos y cineastas de la Nouvelle vague. Todos tenían en común la ambiciosa concepción del cine como arte, lenguaje y medio de expresión, la creación a la contra del pasado, la ruptura violenta contra unas películas más literarias que cinematográficas, la defensa del cine de autor. El actor Jean-Pierre Léaud fue, en este caso, quien dio vida a los personajes que actuaban como álter ego de Truffaut. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es la razón por la que la combinación de guarismos 8-1-3 aparece tantas veces en la vida y obra de este cineasta (a veces, adrede; en ocasiones, de forma casual). promo_02

Despunta ahora una generación de ilustradores españoles cuya labor trasciende la mera etimología de su profesión: Ana Llenas, Anuska Allepuz, Rocío Araya, Raúl Arias, Pablo Auladell, Iban Barrenetxea, Paula Bonet, Miguel Brieva, Ricardo Cavolo, Raquel Díaz Reguera, Olga de Dios, Elena Ferrándiz, Isidro Ferrer, Guridi, Luci Gutiérrez, Sara Herranz, Ana Juan, Sara Morante, Elena Odriozola, Javier Olivares, Marta Pina, Paco Roca, Conrad Roset, Kike de la Rubia, Juanjo Sáez, Antonia Santolaya, Antonio Santos, Aitor Sarabia, Adolfo Serra, Javier Zabala…

Paula Bonet, una joven artista vila-realense, podría representar sin pretenderlo, gracias a su relevancia mediática, a una generación de ilustradores que modifican los patrones de su profesión, que no solo son comparsa ocasional de algún escritor, sino que elevan su trabajo creativo a la categoría de autor, que poseen un estilo perfectamente reconocible. Ejecutan sus obras dentro y fuera de las limitaciones de las ediciones convencionales, lo que en ocasiones les permite una mayor libertad para experimentar en la forma y en el contenido, para plasmar en sus obras sus propios sentimientos, emociones, opiniones, gustos e inquietudes.

Una generación de ilustradores con millares de fans que los consideran grandes artistas, líderes de opinión o modelos sociales, que esperan ansiosos su próxima entrevista, su última obra de autor, que compran los álbumes o libros en los que participan con independencia de que el texto que ilustran haya sido escrito por ellos mismos, por un desconocido o por el propio Dostoievski. Una generación de ilustradores convertidos en marca comercial; pero también, de alguna manera, en agentes del cambio, de los cambios que se están produciendo en la sociedad, en la cultura, en el sector editorial. Un momento dulce y favorable para las artes de la ilustración y de la narración gráfica.

Truffaut reivindicaba el cine de autor. Algunos ilustradores lo hacen con sus obras más notables. Paula Bonet ejerce de escritora-ilustradora: cine de autor; ilustración de autor. Ambos creadores comparten un estilo simple, ligero y realista. Ambos transmiten un sentido poético a sus obras. «Cada buena película —decía Truffaut— debería saber expresar, al mismo tiempo, un modo de ver la vida y un modo de ver el cine». Cuando el cineasta francés murió, Paula tenía cuatro años, pero ella también transmite un modo de ver la vida, de ver el cine y de ver la literatura y la ilustración a través de sus obras. A ambos les interesan los sentimientos, las emociones, los afectos. Y ambos comparten el culto por la imagen, así como el éxito crítico y comercial. Se podría decir que la tímida artista también ha creado un álter ego que cobra forma de pelirroja mediática y ágil en las redes sociales, pero que además se ve traspasada al papel en decenas de autorretratos que, descomponiendo las emociones y los estados de ánimo, ayudan a conformar ese personaje de mujer libre, de pecosa frágil pero desafiante.

Truffaut representa a una generación de cineastas que querían expresar sus inquietudes y malestares, que tomaron conciencia crítica del medio expresivo para el que trabajaban. En el imaginario colectivo, la coincidencia temporal y espacial coloca a la Nouvelle vague, de alguna manera, en relación con los cambios que parecían sucederse en la sociedad francesa (en realidad en todo el mundo) y que alcanzaron su momento decisivo, más simbólico que real, en mayo de 1968. Al parecer, Truffaut dijo a Godard en cierta ocasión que cuando veía las peleas entre policías y estudiantes se solidarizaba más con los primeros, hijos de campesinos, que con los sublevados, hijos de burgueses, probablemente porque había escuchado a Georges Marchais, a la sazón Secretario General del Partido Comunista Francés, definir así a los manifestantes: «hijos de grandes burgueses que abandonarían la llama revolucionaria muy rápidamente para dirigir las empresas de papá». Y este último, a su vez, no cabe duda de que habría tenido noticia del explosivo poema publicado por Pier Paolo Pasolini en el Corriere della Sera defendiendo tres cuartos de lo mismo a raíz de los conflictos estudiantiles acaecidos en Valle Giulia meses antes del Mayo francés:

«[…]

Ahora los periodistas de todo el mundo (incluidos

los de la televisión) os lamen (como creo que aún se dice en el lenguaje

de la Universidad) el culo. Yo no, amigos.

Tenéis caras de hijos de papá.

Buena estirpe no miente.

Tenéis la misma mirada ruin.

Sois miedosos, ambiguos, estáis desesperados

(estupendo) pero también sabéis como ser

prepotentes, chantajistas y asertivos:

prerrogativas pequeñoburguesas, amigos.

Cuando ayer en Valle Giulia llegasteis a las manos

con los policías,

¡yo simpatizaba con los policías!

Porque los policías son hijos de pobres.

Vienen de las periferias, ya sean urbanas o rurales.

[…]»

Por supuesto, hubo cineastas de la Nouvelle vague que se sintieron más atraídos por los ideales de las protestas y que los inmortalizaron en sus películas, como Jean-Luc Godard, Alain Resnais o Jean-Pierre Thorn: «Entre tu interés por las masas y tu propio narcisismo —le escribió Truffaut a Godard—, no hay sitio para nada ni para nadie más».

Entre el comienzo de la Primavera árabe y el nacimiento en 2011 de movimientos como el 15M u Occupy Wall Street, se produce una nueva oleada de protestas juveniles en favor de la democracia real y contra la sociedad de consumo que recuerdan en cierta medida a aquellas de la Europa de 1968.

De nuevo, en el imaginario colectivo, la coincidencia temporal y espacial coloca a muchos de los creadores jóvenes actuales en relación con los cambios que se están sucediendo en nuestra sociedad y que alcanzaron su momento decisivo, más simbólico que real, con el 15M.

Algunos de estos creadores, como hiciera Godard, no solo han simpatizado con las protestas sino que, verbigracia Miguel Brieva, han volcado en parte de su obra gráfica, poética o humorística mucha carga revolucionaria, no solo artística, sino de protesta política o social contra el sistema y sus perversiones.

Otros artistas menos combativos, como hiciera Truffaut, han preferido centrarse en una expresión artística volcada al relato autobiográfico, cargada de nostalgia y melancolía, visitando rostros que nos cuentan historias y escribiendo relatos que tratan de alcanzar y retratar los elementos esenciales de los sentimientos más íntimos. Así es parte de la obra de Paula Bonet, admiradora de François Truffaut, de su forma de narrar. Ambos parten de lo cotidiano y proveen a lo trivial de una tremenda carga emocional gracias a su particular punto de vista.

Cuando Paula Bonet edita su segunda obra de autor la titula 813 (La Galera, 2015). Pasa de los momentos autobiográficos de Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End (Lunwerg, 2014) a las anécdotas biográficas sobre la vida y la obra de François Truffaut. Con gran belleza y originalidad, confundiendo, como hacía el cineasta, la ficción y la realidad, Paula homenajea la filmografía de Truffaut, y trata de emocionarnos con su infancia, con su trayectoria vital, con su proceso creativo o con las historias de sus mejores películas mediante textos caligráficos breves, sutiles, descriptivos pero poéticos, como las ilustraciones que los acompañan.

813 reinventa ese subgénero literario para fans del séptimo arte que consiste en añadir a la biografía de un director su filmografía comentada. Lo hace sin pretensiones, aunque de manera muy comercial, expresando los propios sentimientos de la autora a partir de la reinterpretación de algunas de las imágenes más paradigmáticas de las películas de Truffaut. Tiene la virtud de acercar a los jóvenes el cine de este director francés que nos pone en contacto con la Nouvelle vague; y, quién sabe, quizá a partir de él también se redescubra a Godard y a otros autores de aquella época de cambios, ya lejana, pero que podría resultar ahora más cercana e inspiradora que nunca.

 

Enrique García Ballesteros es historiador y periodista, tiene una librería especializada en libros ilustrados (Venir a cuento, en Madrid), ha cofundado la editorial Recalcitrantes y acaba de publicar Vidas mías (Lupercalia, 2015).

 


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