¿Dónde estaba usted en el 78?, por Pablo Sánchez León

21 Feb 2016
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En los últimos años, con la crisis del régimen, quien más quien menos todo el mundo se ha visto instado a revisitar los años de la transición. Unos haciendo memoria, otros aunque no la hayan vivido. Algunos para confirmar su opinión favorable a sus resultados y a la manera en que se desenvolvieron las cosas; otros en cambio para cuestionar los acuerdos que entonces se tomaron y las condiciones en que fueron hechas las negociaciones para restaurar la democracia en España después de cuatro décadas sin derechos ciudadanos. Esto es de suyo saludable, porque quiere decir que hay ya cuando menos dos grandes marcos narrativos, y no solo uno, sobre el final de la dictadura y el asentamiento de la monarquía constitucional disponibles para los españoles. Pero eso no quiere decir que contemos con dos tipos de relatos en misma cantidad y de igual calidad.

El cuento globalmente favorable a lo que entonces sucedió ha llenado las estanterías de las pasadas décadas; las obras que lo nutren son legión. Por contra los discursos críticos, aunque siempre los hubo, durante mucho tiempo permanecieron olvidados en los márgenes de las estanterías, y ahora que gozan de mayor escucha entre el público, siguen sin abundar. Una narrativa alternativa sobre la llamada transición está aún por terminar de hacer; alternativa, quiere decir, al soniquete de la sacrosanta transición como proceso ejemplar, o siquiera al refrán ya casi castizo o cañí del “se hizo lo que se pudo, y las cosas podían haber ido peor”.

Esto da una ventaja obvia a los relatos que, con sus fintas y pequeños ajustes, reproducen el consenso heredado. A menudo la opinión devota de la transición bien hecha adopta incluso una postura paternalista y proclama que las miradas críticas están sesgadas por la distancia: se acusa a los nuevos autores, especialmente si se trata de gente más joven, de estar imponiendo desde el presente una visión sobre aquel tiempo que, además de injusta con los logros, es inexacta con el juego de constricciones y oportunidades reales que tenían los agentes con capacidad de intervención en el proceso histórico. Esto no deja de ser curioso si tenemos en cuenta que con la guerra de 1936 se ha venido haciendo justo lo contrario: negar validez al relato de la memoria a la hora de ofrecer relatos admisibles como veraces. En realidad lo que sucede es que una parte importante de quienes han analizado el asentamiento de la democracia fueron también, y en primer lugar, testigos presenciales de lo que pasó en esos vertiginosos años. Da la impresión de que quienes vivieron en primera persona los acontecimientos desde la muerte de Franco en 1975 hasta la elección de Felipe González como presidente del gobierno en 1982 han tirado para empezar de sus recuerdos al elaborar sus recuentos de aquellos años, y a continuación han buscado los datos que avalen una interpretación que viven con una profunda implicación emocional, pues en ello les va, no ya su memoria sino su identidad entera, su hoja personal de servicios en la vida.

Por su parte los más jóvenes, que no habían nacido entonces o eran demasiado jóvenes para formarse una opinión, no tienen más remedio que urdir la trama de sus interpretaciones a través de lecturas secundarias, las cuales normalmente remiten a los relatos de los mayores, los del testigo-experto. Carecen además de un bagaje que recursos informativos “blandos” —en forma de anécdotas personales, noticias y datos del ambiente que o no se encuentran en la documentación o son muy difíciles de reunir— pero que resultan siempre muy importantes estratégicamente a la hora de convencer de la veracidad de un relato o la imprecisión del alternativo.

Pero hay arreglo a la situación. Si el marco de los relatos críticos con la transición aspira a ocupar el centro de la discusión y la memoria popular sobre la recuperación de la democracia en España debe subrayar que hay textos abundantes en la segunda mitad de los años setenta que no solo aguardan ser aireados sino que contienen las semillas de relatos alternativos al oficial.

Uno entre muchos es el incisivo reportaje que hizo Manuel Pérez Ledesma sobre la estructura que estaba adoptando el sistema político surgido entre las primeras elecciones generales de 1977 y las segundas, menos de dos años después, con el referéndum de la Constitución de 1978 en medio. Publicado a comienzos de 1980 en la revista TdH n°72 01 11 1980Tiempo de Historia, el extenso artículo de Pérez Ledesma formaba parte de un número monográfico dedicado a “El posfranquismo. Balance de cinco años”. Manuel Pérez Ledesma ha sido después un historiador bastante excepcional dentro de su generación, muy motivado por mantener el pulso de la orientación teórica de la disciplina, redactando algunas piezas que han ejercido realmente como parteaguas en la historiografía sobre el movimiento obrero y el estudio histórico de las culturas políticas cuando no han sido pioneras en temas nuevos como la construcción de la ciudadanía en España en la época contemporánea.

Entonces hacía no mucho que había vuelto a la universidad después de ser expulsado por tercera vez en 1973 por apoyar una huelga estudiantil. En una breve semblanza autobiográfica —ofrecida en 2010 dentro de una entrevista recogida en un libro de conversaciones con intelectuales y creadores identificados con una sensibilidad republicana— dejó claro su posicionamiento crítico con la nueva clase política que llevaría la sardina de la transición a su ascua partidista.

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“Supongo que hay un corte entre el antifranquismo y la transición. Quienes hacen la transición no son, en muchos casos, los más destacados antifranquistas que yo conocí. El antifranquismo no sé si llamarlo una opción moral o una opción política muy sui generis que, bajo el paraguas del PCE o del Felipe integró a gente que no tenía necesariamente vocación política. Y lo que la transición introduce es gente con esa vocación (…) Yo no me siento identificado con ellos”.

 

No cabe duda de que aquellos años de implicación en la lucha clandestina contra la dictadura marcaron su conciencia política; pero fue en la transición cuando perfiló su futura carrera profesional, no solo en cuanto a temas de especialización sino en ambición interpretativa y explicativa. Quiere esto decir algo muy simple que solemos pasar por alto cuando decimos eso de que toda historia es siempre una historia del presente, hecha en el presente: y es que no todo el mundo vive el mismo presente, ni se dota de una mirada igualmente crítica acerca de su presente. La deontología y la línea interpretativa del historiador tienen menos que ver con su tiempo en sí que con el color del cristal de las gafas con las que observa su tiempo.

En ese artículo Pérez Ledesma empieza evaluando el sistema de partidos, tal y como se perfila ya a comienzos del año 1980, desde una perspectiva histórica: su apuesta básica es que la democracia española se comprende mejor si se piensa históricamente. Subraya así que la estructura de la política que se estaba consolidando tras dos elecciones generales se aleja abiertamente de la que caracterizó la Segunda república, pues han desaparecido los partidos republicanos (salvo, de manera marcada y altamente significativa, en las regiones de fuerte identidad nacionalista), que entonces eran organizaciones clave y que Franco ilegalizó, pero tampoco ha repuntado el gran partido católico que aglutinaba a las derechas en los años treinta. Es obvio que cuarenta años de dictadura están detrás de esta ruptura con la experiencia previa, y el autor resume que “una población en una elevada proporción joven, urbana y que no ha conocido la guerra civil” ha premiado “a las organizaciones políticas menos atadas al pasado, tanto si se trataba del pasado republicano como del franquista”. Pero también interpreta que el pasado ha seguido condicionando el voto más de lo que parecería sugerir la indicación anterior, pues en su opinión lo que han hecho los dos partidos más votados en las recientes citas electorales ha sido concentrar “un alto porcentaje de votos negativos”:

 

“los votos socialistas eran sobre todo votos contra la pervivencia del personal franquista, y los votos centristas representaban una opción contra los socialistas y contra una política rupturista”.

 

Pero quizás lo más interesante de esta perspectiva para un lector de hoy está en un detalle formal, y es el empleo del término “memoria histórica” para dar nombre a la relación entre el presente y el pasado ciudadano de los españoles. Hoy parece que ha dejado de ser objeto de debate, pero durante la década pasada tuvimos que soportar un aluvión de simplezas y sofismas a cargo de publicistas mediáticos —y algunos reputados intelectuales— que querían persuadir a propios y extraños de que el palabro “memoria histórica” no es sino un oxímoron sin validez analítica. Como se puede apreciar, el término se usaba en los años setenta, y en referencia a las mismas cuestiones a las que lo hará un cuarto de siglo después, cuando fue según parece ahora desenterrado —y no realmente acuñado— por el movimiento memorialista. En este caso además lo emplea un autor por otro lado sobradamente reconocido por su precisión conceptual.

Pérez Ledesma continúa adelante señalando que a lo que aspiraban los dos partidos mayoritarios en el nuevo escenario era a “la consolidación de un sistema bipartidista”. El enfoque histórico desemboca así en una capacidad de distanciamiento crítico que le permite argumentar que este “análisis” que hacían el PSOE y la UCD de la situación era, no obstante, “erróneo” en “dos aspectos complementarios”: de un lado, los dos grandes partidos no estaban teniendo en cuenta “que el bipartidismo solo funciona cuando las dos organizaciones que se disputan el poder presentan opciones alternativas claramente diferenciadas ante los principales problemas del país”; y de otro, no estaban valorando de forma adecuada “la inestabilidad de los votos basados en la imagen, frente a la inmovilidad de los votos por identificación ideológica”. Esto segundo le hace sentenciar que

 

“[e]l crecimiento de la abstención es, por ello, el aspecto más significativo de la vida política española de los últimos años, y el que mejor refleja las limitaciones de la estrategia bipartidista”.

 

Pero la conclusión iba más allá, pues esa abstención, remata, “no representa solo el desengaño ante el partido que inicialmente se votó, sino un desengaño ante el sistema de partidos en su conjunto”. Y no debe tomarse esto como reconocimiento de un irredentismo radical, pues se apresura a aclarar que “junto a un sector abstencionista por razones ideológicas, hay un alto número de ciudadanos cuya abstención se debe al malestar ante el callejón sin salida en el que le han colocado los dos grandes partidos”.

La brecha en la representación política de los ciudadanos casi se puede palpar en esta afirmación. Y lo que se vislumbra en ella es cómo todo un contingente social quedaba postergado sine die, especialmente los del baby-boom, nacidos en los años sesenta. Tras estos, el hueco sin cubrir nunca ha llegado ya a cerrarse, afectando especialmente a las identidades más sensibles al cambio social. Todo esto ya estaba siendo entonces anticipado:

 

“De ahí la distancia creciente entre los aparatos partidarios y el conjunto de las reivindicaciones de los sectores más vivos de la sociedad, desde el feminismo a las corrientes ecologistas o a las diversas defensoras de comportamientos discordantes con las pautas sociales dominantes”.

 

¿Se puede hacer un diagnóstico más certero de la falta de reconocimiento que acecharía a los nuevos movimientos sociales en las décadas siguientes de mayorías del PSOE y el PP? Pero esto no es todo, porque el autor augura también que unas organizaciones que no han invertido ni en ideas ni en movilización social estaban condenadas a instituir la corrupción.

 

“Unos partidos con un débil contenido ideológico, con una identidad todavía no completamente definida, destinados fundamentalmente a la selección del personal político, difícilmente pueden evitar la caída en el clientelismo”.

 

Se diría que Manuel Pérez Ledesma puso el dedo en la llaga al detectar problemas que, por invisibles o irrelevantes que pudieran parecer a una mayoría de la opinión pública, estaban ya allí, comenzando a socavar lentamente los cimientos del régimen cuando este apenas se ponía en marcha.

No podemos saber qué valoración se hizo en su día de esta pieza de literatura crítica, pero aunque no lograse influir sobre la marcha de los acontecimientos, eso no la convierte en irrelevante. Hoy día tiene una función que cumplir. Y esta va más allá de contraponer a los relatos bienpensantes sobre la transición otros análisis como el que aquí se ha resumido, y defender su valor heurístico por ser una pieza de reflexión elaborada en la época. Si la relación entre reflexión, actitud política y mirada histórica de Manuel Pérez Ledesma tiene una virtud es que permite además cuestionar la posición desde la que se escriben los relatos sobre el pasado reciente.

Porque al autor que no haya modificado entre entonces y ahora su posición a favor del proceso de la transición, conviene remitirle a textos como éste que se escribieron entonces, señalándole que para poderlos pergeñar uno tenía que haber adoptado previamente una posición profundamente crítica con la marcha de los acontecimientos y el asentamiento del marco de la participación, a la vez que comprometida con el devenir de la ciudadanía posfranquista. Y si en cambio el autor no escribe hoy desde las mismas coordenadas que entonces, la objeción que conviene hacerle es que necesitamos alguna explicación sobre por qué quien antes era contrario al consenso transicional ha terminado siendo su defensor.

La recomendación, en fin, para el lector que aspire a tener un punto de vista crítico acerca de su presente —como Manuel Pérez Ledesma en aquel contexto— es que cuando caiga en sus manos un estudio o un ensayo sobre aquellos tiempos, le formule al autor, adapatada al caso, la pregunta que parió el afterpunk, ya en los ochenta del esplín socialdemócrata. Por poner una fecha a la vez cronológica y simbólicamente central al asunto: “¿Dónde estaba usted en el 78?”.


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