De retornos y primaveras. En torno al exilio republicano, por Aránzazu Sarría Buil

08 May 2016
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Parecería que la primavera, símbolo de renovación desde las más antiguas civilizaciones, es un tiempo que invita al retorno. Recordemos el mito del rapto de Perséfone cuyo rescate del inframundo hacía florecer la tierra de vegetación, dando así origen a una concepción cíclica del tiempo. Resulta tentador asociar esta estación del año con la realización del sueño del exiliado: emprender el camino de regreso al país tras largas décadas de ausencia. Como el renacer de las flores, representación del esperado reencuentro de Deméter con su hija Perséfone, el retorno también constituye una constante de la condición del ser exiliado, y en él reconocemos el cierre natural de un ciclo, la etapa final de un proceso que empieza y termina en la tierra de origen.

La historia del regreso del exilio republicano español cuenta con sus propias primaveras. El pasado 23 de abril se cumplían cuarenta años del regreso a España de Claudio Sánchez Albornoz. El que fuera presidente de gobierno de la República española en el exilio entre 1962 y 1971 protagonizó uno de los retornos más mediatizados del período de la transición. Compartía con tantos otros exiliados el haber tomado una decisión irrevocable, la de esperar la muerte del dictador para poder volver al país. Sobrevivir a Franco se había convertido en una especie de apuesta personal, como recordara una de sus más prestigiosas discípulas, la historiadora de origen argentino Reyna Pastor: “En esto tuvo suerte. La vida le permitió ganar su apuesta. Volver al país, recoger honores merecidos, ser reconocido por todos, transformarse en un emblema del pasado para las nuevas épocas” (Sánchez Albornoz a debate, 1993).

No le faltaba razón. La acogida reservada a Sánchez Albornoz por parte de la opinión pública fue unánime. Incluso la prensa más apegada al legado de la dictadura, como el diario monárquico ABC, dedicó páginas enteras a cubrir el que fuera el primer viaje del historiador medievalista a España tras casi cuatro décadas de exilio, de las cuales más de tres afincado en Argentina. Todos los diarios dejaban constancia de los numerosos homenajes recibidos en reconocimiento de toda una trayectoria vital, insistiendo en su prolífica obra intelectual y en una lectura de la historia en clave moral, que eran interpretadas como muestra de su patriotismo. Sin duda el regreso era en sí mismo un acontecimiento cuyo valor residía tanto en su carga histórica como en el impacto de su tratamiento mediático: las declaraciones del retornado hacían del discurso de la reconciliación la gran enseñanza de “esa larga noche” con la que él mismo había identificado el exilio. De entre todas las entrevistas y discursos recogidos por los medios de comunicación de la época fueron sus palabras al descender del avión en el aeropuerto de Barajas de Madrid (hoy Adolfo Suárez), las que quedarían impresas en la memoria de toda una generación de españoles: “Al pisar España dije que vendría llorando y llorando estoy. No tengo más que una palabra: Paz. Nos hemos matado ya demasiado. Entendámonos en un régimen de libertad poniendo todos de nuestra parte lo que sea necesario de un lado y otro de la barricada. Son muchos cuarenta años. No hay históricamente nada que resista al tiempo. […] Yo no soy más que un viejo predicador de paz y de reconciliación entre los españoles […] Tendamos de una vez por todas la mano en la mano al adversario de ayer para discutir, dialogar en unas cortes nuevas la suerte de España”.

Fueron declaraciones aplaudidas por los sectores conservadores del país, que valoraron positivamente el talante conciliador de quien había representado las instituciones republicanas en el exilio. Pero también lo fueron porque esas palabras, que abogaban por la necesidad de dar cierre definitivo al pasado bélico, encajaban bien con la manera dominante de afrontar los nuevos tiempos. El profundo antimarxismo del historiador retornado le había llevado a desvincularse muy pronto de los bandos enfrentados en la guerra civil, al considerar que habían sido socialistas, comunistas y anarquistas los que se habían hecho con el poder en el lado republicano. Su visión de la contienda como una lucha fraticida entre las dos Españas con responsabilidades compartidas había nutrido el mito del carácter violento del pueblo español, de ahí que el temor a una posible repetición de la historia le llevara a instar que surgieran “mentes claras capaces de echar el pasado por la borda de la nave hispana” (Mi testamento político, 1975). La consulta de la prensa de entonces nos muestra cómo esta figura del exilio encarnaba el deseo de transmutar esa polarización en una pluralidad de posible convivencia, por lo que no es de extrañar que las imágenes de su regreso a España se encuentren entre las más simbólicas del espíritu de reconciliación que singularizó al proceso transicional en ciernes.

Ahora bien, con el retorno legaba algo más que esa imagen. Su itinerario en la diáspora dejaba asimismo memoria de una época pasada que se había saldado con el fracaso de la política institucional de la República en el exilio y de unas formas de resistencia que habían resultado inoperantes en su objetivo de deslegitimar y poner fin al régimen de Franco. Aunque no renegaba de sus convicciones personales afirmando que continuaría siendo republicano hasta la muerte, reconocía sin embargo el agotamiento de las reivindicaciones históricas del exilio y reducía la cuestión relativa a la forma de Estado al orden de lo privado, deslindándola de cualquier tipo de activismo. Atrás quedaban los sueños frutrados del republicanismo español en el exilio: la incapacidad de reunir el parlamento —cuyo último pleno databa de 1945— como muestra del funcionamiento de las instituciones en el destierro; y la imposibilidad de conseguir la unidad política que exigía superar el litigio que enfrentaba a la rama liberal representada en Acción Republicana Democrática Española (ARDE) —que había proclamado su constitución simultáneamente en Francia, México y España—, con el grupo Izquierda Republicana (IR) vinculado al Ateneo Republicano Español de México. La condicion del exiliado retornado quedaba así reducida a un valor testimonial, más intelectual que ideológico en el caso de Sánchez Albornoz, lo que garantizaba su inocuidad política. Desconectada de las reivindicaciones rupturistas de la oposición del interior, la memoria del exilio republicano quedaba así despolitizada, y la diáspora en su dimensión histórica era abordada como un fenómeno concluido.

Aunque la diversidad ideológica que había caracterizado la defensa de la República tendría su equivalente en toda una variedad en materia de regresos, no siempre estos vinieron acompañados de un discurso público muy diverso.

Un año después, la primavera de 1977 fue el escenario de otros retornos no menos mediáticos. El 27 de abril dos representantes de la generación del 27, los escritores Rafael Alberti y su esposa María Teresa León, regresaban de Italia, última etapa de un destierro que les había llevado previamente a Francia y Argentina. “Salí de España con el puño cerrado, pero ahora vuelvo con la mano abierta, en señal de paz y reconciliación con todos los españoles”, fueron las palabras con las que el poeta celebraba el final de su destierro.  Por su parte, el 13 de mayo Dolores Ibárruri, impulsora de la resistencia popular al fascismo con su legendario “No pasarán” y voz transpirenaica de la oposición antifranquista, regresaba a Madrid. Lo hacía desde Moscú, ciudad donde había comenzado a emitir allá por el año 1941, haciendo de Radio España Independiente uno de los ejes vertebradores de su activismo político en el exilio. El anuncio de su retorno, efectuado pocos días después de la muerte de Franco, se inscribía en unas declaraciones a favor de la superación de los enfrentamientos pasados. Fue en el transcurso de un mitin pronunciado con ocasión de un homenaje por su ochenta cumpleaños organizado en Roma cuando Pasionaria afirmó: “Con toda la fuerza de mis convicciones comunistas, yo llamo a una reconciliación nacional que ponga fin al estado de excepción y de división que la guerra y la dictadura franquista, levantándose sobre un millón de muertos, impuso a nuestro país. […] No os digo adiós, sino ¡hasta pronto en Madrid!”.

Militantes históricos todos del PCE, estos exiliados eran la encarnación de aquellos demonizados “rojos” que la propaganda franquista había convertido en los antiespañoles responsables de la destrucción y del caos. Su presencia en el país simbolizaba por ello el fin de la dictadura, pero además, acorde con el espíritu de renovación de la primavera, sus declaraciones anunciaban tiempos nuevos que permitían albergar esperanzas en un cambio democrático aunque fuera desde la aceptación de la monarquía. Ofrecían otra imagen de la reconciliación, y pronto iban a convertirse en iconos de la democracia. Eran dos rostros que daban consistencia histórica a la reciente legalización del partido comunista, y a la vez recordaban que la lucha por la República se había sostenido sobre la base de la indisociabilidad entre militancia política y cultura popular, entre compromiso y arte, por otro lado una relación osmótica que el transcurrir del exilio y la producción de los desterrados se había encargado de confirmar. Para ambos la llegada a España era el primer paso de una esperada campaña electoral a la que concurrirán como cabezas de lista por las provincias de Asturias y Cádiz respectivamente. El resultado de las urnas les llevó a ocupar sendos escaños en el Congreso de los diputados. El 13 de julio entraban en el hemiciclo y actuaban como presidentes de edad en la sesión inaugural de las Cortes constituidas, inaugurando así el camino que llevaría al país hacia la Constitución del 78.

Ibarruri y Alberti

Tras la recuperación de la figura del intelectual desterrado, una democracia incipiente se apropiaba también para sí la del militante exiliado. Ambas quedaban así integradas en el discurso hegemónico de la transición y en el imaginario colectivo del nuevo estado democrático. Otras primaveras iban a llegar con los gobiernos socialistas: tiempo de homenajes y reconocimiento público para escritores, artistas e intelectuales, que hicieron más profunda la brecha que separaba el legado cultural del exilio del que había sido su armazón político. Pues se trataba de una apropiación que pasaba por el reconocimiento de trayectorias, que no de la memoria del exilio. La carga simbólica y el uso político de estos retornos venía a emborronar cuando no a ocultar una realidad más compleja y plural. En efecto, aun en su diversidad —ideológica, social, por países y condiciones de acogida— el exilio compartía una derrota y la esperanza del retorno. En el regreso, en cambio, imperaba el carácter individual de una decisión que se nutría además de experiencias de vida tan diferentes como únicas, lo que convertía el camino de vuelta en un escenario caracterizado por la pluralidad de experiencias y percepciones.

Como sabemos, de retornos fallidos también están escritas las páginas de la historia del exilio republicano. Las figuras de Max Aub o José Bergamín en quienes la crítica y la disidencia se convertirían en factores de desencuentro definitivo, representan las voces de esos vencidos del 39 que, por permanecer fieles a una memoria o a un proyecto político, volvieron a sentir el sabor amargo de la derrota al final de sus vidas. Y junto a los que decidieron regresar, lo hicieran con honores o en silencio, están los que optaton por quedarse, como Victoria Kent o Fernando Varela —por citar sólo dos personalidades que habían desempeñado altas funciones de representación en las instituciones republicanas—, y que prolongaron su exilio más allá del proceso de transición democrático español, en Nueva York y París respectivamente. En definitiva, trayectorias que singularizaban un éxodo ingente compuesto de otros nombres, desconocidos los más, que en su condición de derrotados compartían el haber tenido que atravesar un día la frontera.

Pero hay más. La diáspora republicana también tuvo sus no retornos, sus miles de españoles que murieron allí donde los pasos del exilio les habían llevado. Una muerte que imposibilitaba cerrar el ciclo y hacer realidad esa primavera en la que poder regresar. ¿La razón ? El tiempo impuesto por una larga dictadura. De entre todos ellos quiero destacar un solo nombre, el de Cipriano Mera, militante anarcosindicalista cuya experiencia vital atraviesa la historia de nuestro siglo XX. Este humilde albañil es un referente de las luchas obreras de los años veinte y treinta, y su trayectoria sindical es indispensable para la construcción de la memoria del movimiento anarquista; pero no solo. Nacido en el barrio Tetuán de Madrid en 1897, su temprana incorporación al mundo laboral hizo que pronto conociera las penosas condiciones de los trabajadores lo que forjó en él un espíritu combativo que le llevó a participar activamente en acciones insurreccionales. Entre el andamio y la cárcel fue gestando una firme conciencia revolucionaria que cultivó incluso en los períodos de encarcelamiento en los que la celda hacía las veces de escuela y se convertía en el espacio del aprendizaje de la lectura.

Autodidacta, con la paleta, el libro o el fusil entre las manos, su vida estuvo al servicio del ideario libertario. Su intervención durante la guerra civil comenzó como miliciano y terminó como teniente coronel del IV Cuerpo del Cipriano MeraEjército del Centro. En ella no sólo destacó por su proceder en la defensa de Madrid y en las batallas en el frente del Jarama: su participación también encierra claves explicativas de los momentos de la contienda más problemáticos para la historiografía libertaria como el proceso de militarización de las unidades de voluntarios del ejército popular o la proclamación del Consejo Nacional de Defensa cuando se acercaba el final de la guerra. Para Mera la derrota de la República fue seguida de un primer exilio en campos de concentración del norte de Africa, una extradición en 1942 a la España franquista con la consiguiente condena a muerte, y un posterior indulto al cabo de tres años de cumplimiento de la pena conmutada. En 1947 iniciaba el largo exilio francés con el propósito de llevar a cabo la misión de conseguir la unidad federal que la CNT le había encomendado. Allí le esperaban otras batallas y tuvo que hacer frente a otros escenarios: luchas internas y divisiones en el seno del movimiento anarquista que se saldaron con una resolución de expulsión del sindicato en 1969 junto a la de otros militantes históricos. Pese al trauma de esta ruptura y a la dureza del exilio, nunca renegó de su militancia, ni de las convicciones que le habían llevado a “empuñar las armas para la defensa y la libertad de su patria”, como él mismo afirmara. Tampoco cejó en su oposición antifranquista, ni abandonó el trabajo de albañil, que desempeñó hasta una avanzada edad. El mayo del 68 fue finalmente ese tiempo de primavera en el que sintió la eclosión de protestas revolucionarias con formas de lucha que entroncaban con experiencias de insurrecciones pasadas pero con aspiraciones de libertad renovadas que buscaban transformar el presente.

No sobrevivió al general Franco ni llegó a conocer el desenlace de su dictadura. Falleció el 24 de octubre de 1975 y su funeral en el cementerio de Boulogne-Billancourt de París se convertió en un último encuentro con la historia. Una multitud silenciosa rendía un respetuoso homenaje al albañil que entraba en la leyenda simbolizando los principios del anarquismo. Su muerte convocaba al pasado haciendo resurgir de la memoria los episodios más trágicos del siglo XX español, e interpelaba al futuro en la esperanza de una posible reconstrucción del MLE.

Mera era hombre de pocas palabras, de pocos enseres. Dejó sin embargo un diario de campaña, una maleta y un legado. El diario permitió la redacción de sus memorias de la guerra, impulsadas por el director de la editorial Ruedo ibérico, el incansable José Martínez. Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindicalista fue el título con el que fueron publicadas en 1976, en un contexto de reflexión sobre la capacidad revolucionaria del movimiento libertario ante los intentos de reunificación de la CNT. El descubrimiento de la maleta fue el punto de partida del excelente documental Vivir de pie. Las guerras de Cipriano Mera realizado por Valentí Figueres y Elena Sánchez en el 2006. Cuarenta años separan estos dos relatos entre los que se ha construido una memoria militante y transgeneracional encargada de recuperar el legado del albañil anarcosindicalista: la coherencia de una vida dedicada a la lucha por llevar a la práctica un ideario revolucionario basado en el concepto de justicia social y libertad. Su experiencia nos debería como mínimo hacer reflexionar sobre la capacidad del ser humano de creer en proyectos colectivos capaces de transformar las condiciones sociales.

Asimismo, nos recuerda también la importancia de considerar la recepción del legado político del exilio español del 39 desde parámetros distintos a los impuestos por la normalización democrática que supuso el proceso de transición. Nos invita a abordar un exilio plural en el que incluir la memoria del que quedó para siempre en las tierras de acogida. Aquel que sin opción de retorno no pudo contemplar la posibilidad de completar el ciclo, pero que hasta el final no dejó de nutrirse de otros referentes, de otras culturas y otras formas de resistencia. Dar cabida a esa pluralidad que conforma el exilio es una responsabilidad histórica. Es comprender que el tiempo de la diáspora republicana fue largo y sus efectos devastadores . Que si el camino del retorno pudo abrir la vía de la reconciliación y del reconocimiento de un legado cultural, la experiencia del exilio fue dilatada y tuvo otros desenlaces. Que lo que acabó en desencuentro, ruptura, desexilio o muerte también contenía visiones de futuro y proyectos colectivos para otros presentes: aquellos que quedaron a la espera, pendientes de la llegada de un tiempo favorable para renacer. Como en el mito. Otra manera de volver a Perséfone y a su inframundo para pensar en su rapto y en la anhelada primavera.

 


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