El aniversario del 15M y la memoria del porvenir, por Emilio Silva y Pablo Sánchez León

15 May 2016
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El 15M fue una enorme sentada de una parte de la población que se detuvo para no avanzar hacia un determinado futuro, entre algunas otras cosas porque un sector de quienes allí decidieron plantarse no lo tenían, eran una juventud sin futuro. En sus primeros momentos y ante la inminencia de unas elecciones que iban a confirmar la dirección en que se mantenía el timón político ante la crisis, la madrileña Puerta del Sol se convirtió en una máquina de congelar el tiempo, en un grito colectivo de ‘Vamos a reflexionar” antes de seguir por ahí.

En su comportamiento inicial el 15M podría definirse como un ataque de pánico colectivo, una crisis de ansiedad de un sector de la población que estaba a viendo cómo se evaporaba delante de sus narices su futuro de erasmus en una de las poderosas economías de la Unión Europea. Eslóganes como “no nos representan” explicaban la negativa a seguir la senda que los dos grandes partidos políticos españoles estaban dibujando para la crisis económica en la que seguimos.

El perfil mayoritario del movimiento de los indignados fue el de jóvenes universitarios, unos cuantos con formación de postgrado, relativamente viajados, que habían crecido con la certeza de que su vida se desarrollaría como la de cualquier otro universitario de su entorno europeo. Muchos de ellos manejaron un cierto discurso adanista, como si hubieran surgido de la nada, como si fuera la primera vez que se plantaba cara al turnismo y desconocieran que eran un eslabón más de una cadena de intentos de nuestra sociedad por emanciparse de los intereses de los latifundistas y los oligarcas.

Después de ese primer momento las identidades se fueron haciendo más complejas, acudieron individuos y colectivos más politizados, más organizados, lo que generó ciertas tensiones pero a la vez enriqueció el discurso colectivo. Decía el sociólogo Jesús Ibáñez que una revolución era una gran conversación y el 15M se inició como un enorme diálogo, como una discusión ética sobre la política.

La negación de algunos portavoces del 15M de su propia historicidad impedía ver un elemento que podríamos definir como “muy español” en su propia existencia: el hecho de correr a apagar el incendio después de que se hubiera encendido el fuego; cinco millones de parados que como cinco millones de neumáticos estaban a la intemperie social expuestos a que una diputada les gritara en el Congreso “¡Que se jodan!”; a que una ministra de trabajo dijera que se gastaban los subsidios en televisiones de plasma.

La llegada de la complejidad al 15M permitió debates interesantísimos o que hubiera gente que al llegar a las concentraciones de la indignación sintiera una emoción de pertenencia similar al surgimiento de una nación que se funda sobre la conquista de derechos humanos universales y no como la nuestra, asentada sobre intereses religiosos y patrimoniales. También sirvió para que sectores de izquierda que habían disfrutado de todos los privilegios de nuestro sistema político blanquearan sus biografías, como en una transición en la que algunos saltan de la quilla de la popa de lo que está muriendo a la proa de lo que está naciendo.

Más allá del 15M, lo que realmente ha aportado a nuestra sociedad es un cambio de timón, una corrección del comportamiento de los partidos políticos, una limitación ética para la gestión de las instituciones públicas. De él han salido numerosos colectivos que han analizado y desmenuzado la crisis en un proceso que comenzó destituyendo. Su efecto en la politización de ciertos sectores juveniles y el regreso a la política de otros desencantados ha sumado potencia para el desarrollo de un cambio. Sus efectos sobre la emergencia de nuevos actores y actrices políticas han tenido hermosas consecuencias electorales, impensables antes de los campamentos indignados, como la conquista de espacios por movimientos ciudadanos que han pasado de la marginalidad a la centralidad.

Nuevas formas de hacer política, de relacionarse con la ciudad a través de huertos urbanos, nuevos colectivos barriales tanto como nuevas comunidades rurales, han ido destejiendo la desmovilización social diseñada y aplicada por los gobiernos de Felipe González en los años ochenta, reconstruyendo nuevas redes y tejidos que han chocado a  veces con las formas y el lenguaje de las viajes militancias, en muchos casos incapaces de comprender las nuevas formas.

15M

La imagen de la Puerta del Sol repleta de ciudadanas y ciudadanos que reclamaban otra política más justa recordaba por su similitud a la proclamación de la Segunda República, que también llegó en medio de las consecuencias de una crisis económica internacional. La república inició un proyecto de cambio estructural de nuestra sociedad, un enorme esfuerzo por terminar el siglo XIX. Parte de su potencia se debió a la incorporación de dos amplios sectores sociales que habían sido sujetos colectivos ajenos a la política: las mujeres y las clases desposeídas de los medios de producción y educación, garante de su plena independencia moral, cultural y material como ciudadanos.

El 15M tuvo un enorme potencial en su momento de empoderamiento máximo. Hubiera sido hermoso que en medio de las plazas se hubiera colocado un cuaderno gigantesco y el pueblo soberano hubiera discutido y redactado, artículo por artículo, no unos “Cuadernos de quejas” como en el origen de la Revolución francesa sino una nueva Constitución, sin los debates secuestrados en la elaboración de la de 1978, que fue redactada en un parlamento salido de unas elecciones a las que no pudieron presentarse partidos políticos enfrentados con la élite franquista y la reinstauración de una democracia que no reflejó de manera adecuada el conjunto de las sensibilidades y liderazgos populares, conformados en las exitosas luchas en las fábricas y barrios que acabaron de hecho con el régimen del estado de excepción franquista.

Quienes mejor parecen haber articulado políticamente las consecuencias del 15M son aquellos y aquellas que tienen una visión histórica de la lucha de nuestra sociedad por la emancipación colectiva. En cambio, cada vez que algún protagonista de aquellas movilizaciones afirma que allí comenzó el cambio está negando la evolución social y borrando de la historia a todos los hombres y mujeres que crearon la oportunidad de otras sentadas indignadas anteriores en las plazas aunque fueran arrasadas por un ejército colonialista. ¿Habría ocurrido un 15M si muchos de los jóvenes que allí acamparon hubieran ido al servicio militar a ser disciplinados? Si no tuvieron que hacerlo fue gracias a quienes se embarcaron en la insumisión y fueron encarcelados por negarse a hacer la mili. Y así con tantas otras movilizaciones que desembocan en las opciones del 15M de conquistar mentes y corazones largamente preparados para acogerlo y darle significado.

El deber de quienes quieran cambiar profundamente nuestra sociedad es recomponer y extender la participación política de manera que alcance a los sectores sociales que no estuvieron en las plazas: los cientos de miles de jóvenes parados que van a tardar más de una década en firmar un contrato de trabajo y que carecen de herramientas políticas; los y las inmigrantes, que viven todavía al margen de la gestión de los asuntos públicos, excluidos de la ciudadanía como los obreros del siglo XIX; las mujeres, que continúan sometidas a la dominación del patriarcado que es menos una herencia lejana que un producto muy moderno y actual; y todas aquellas identidades que están emergiendo y deben ser atendidas y tomadas en cuenta por los poderes del Estado.

15M aniversario

Ahora que todos se apuntan a señalar la importancia histórica del 15M hay que subrayar que no hay ningún suceso de esos que marcan la orientación futura de las libertades que no venga acompañado de reclamos o exigencias. La conciencia no es un producto de consumo, y que no tenga precio de mercado no quiere decir que se consiga gratis. ¿Tiene sentido comprometerse hoy con algo que ya pasó y ha quedado atrás en el calendario? En realidad toda la autogestión colectiva de las movilizaciones contra la perversa austeridad de la Troika y el insultante gabinete Rajoy ha sido expresión de una responsabilidad social cuyo contrato se firmó, aunque sin dejar huella aparente, hace cinco años. No sabemos si tiene fecha de caducidad, porque se va rehaciendo a cada paso: nadie puede exigir su cumplimiento, y sin embargo el contenido de ese contrato se va desplegando como por acuerdo tácito.

La ciudadanía en movimiento a partir del 15M ya ha demostrado que la política no es lo que hacen los políticos sino lo que hacemos entre todos con los bienes de todos. Ahora va a haber que demostrar que la economía tampoco es lo que hacen las multinacionales ni los mercados, sino lo que organizamos y producimos entre todos. Con el 15M se ha dado alas a un nuevo comunitarismo del siglo XXI que está por desarrollar; este reclama una ecología de la cultura que no se quede por más tiempo en el diagnóstico entre esquemático y pesimista de la situación actual y la deriva de los países centrales del capitalismo, y que en cambio comience a aprovechar el inmenso arsenal de experiencia colectiva nacido de las luchas que precedieron estos tiempos. Decía Ernest Mandel parafraseando a Trotsky que las crisis se caracterizan por la falta de valentía intelectual, y aquí tal vez la cultura del 15M heredó demasiadas convenciones de los tiempos anteriores, concediendo autoridad de antemano a personalidades más por su capital social que por su disposición a explorar otros mundos que sabemos que son posibles.

Para todo esto hace falta más conversación, más intercambio crítico de ideas; pero también mucho ejercicio de memoria. En 1976 un cantautor –Adolfo Celdrán- entendió que su tiempo estaba “al borde del principio”, y así tituló un disco entonces publicado, en el calor de la posibilidad de derribar un régimen criminal que ahora entendemos que sin embargo, sobrevivió: primero en los intersticios y los ángulos muertos de la nueva democracia de papel y voto, y después poco a poco avanzando con la connivencia de representantes y poderosos, envenenando finalmente la cultura del país a través de sus costumbres hasta generar toda una bolsa de pobreza moral cuyo poderío ha terminado amenazando nuestra integridad como ciudadanos. Habrá que preguntarse por qué se rompió un sueño colectivo de Estado de bienestar que en la práctica ha llevado al encastillamiento de una cultura del estatus cerrada sobre sí misma, dispuesta a no ceder en sus estándares de vida aprovechándose de todo y de todos, incluso a costa de impedir la emancipación de las generaciones siguientes.

Memoria, pero también otra historia que permita superar la ideología encubierta en la imagen de falsa normalización de una sociedad que parece no asumir que su composición plurinacional la convierte en un laboratorio para las formas de legitimidad y convivencia que van a ir con seguridad acompañando en muchos otros lugares el declive del estado nacional como unidad política. En el espacio que deja la construcción de nuevos poderes trasnacionales y sus estados de excepción, una ciudadanía participativa en lo cercano puede resultar determinante para empoderar a los más contra las plutocracias.

Se necesita volver mucho sobre el pasado para afrontar ese futuro, se requiere volver a recontarnos algo más que los últimos cuarenta años. Si la corta vida de la democracia ha demostrado no ser un hándicap sino un plus a la hora de reaccionar ante el secuestro de la voluntad soberana europea, ello se debe a que hay una historia mucho más larga de ciudadanía en movimiento en España, que arranca de comienzos del siglo 19 y ha dejado a su paso un reguero de protestas por las libertades y la dignidad que no han tenido hasta ahora el lugar que les corresponde en la narración de cómo es que hemos llegado hasta aquí.

Pese a todos esos vacíos de reconocimiento, las gentes hemos terminado luciendo los valores democráticos que el relato ideológico de la transición quería mantener dentro del marco impuesto de la moderación y la aquiescencia cuando no la delegación y dejación de responsabilidades en otros. Mientras existan libertades, nadie podrá negar al eslogan “Democracia real, ya” ser la expresión de un sentido común universal. Pero también, como en los orígenes de esta democracia, el mayor enemigo del futuro con elque  soñamos millones de españoles es el miedo, un sentimiento tan legítimo como superable, tan humano como singularmente nuestro: en el miedo a las consecuencias directas de la crisis, a trascender lo establecido por injusto o discriminatorio, inadmisible, está inscrito el estigma del miedo heredado de nuestros abuelos en los años 30 ante las pistolas de los fascistas e integristas, el miedo de nuestros padres en los 60 y 70 ante el espectro de la represión franquista, el de nuestros hermanos mayores en los 80 y 90 que tampoco a menudo han podido disfrutar de los beneficios de una democracia.

El miedo no sacudido colectivamente es la antesala de la resignación y el desencanto: desmoviliza o desorienta ante lo que se muestra inevitable. Esto deja todo el espacio a los auto-excluidos de lo común y los enemigos de lo público. Porque el 15M también es el listón por el que se puede medir a los que han medrado y conservan su poder negando el espíritu de la ciudadanía en movimiento. Frente a este estado de cosas, la fórmula del 15M ha sido parar el tiempo, volver a los orígenes y retomar otra ruta distinta a la que se definió hace cuarenta años, el número fatídico de la España contemporánea. Vamos entonces a anticiparle al 15M otra esperanza de vida y otro destino: digamos que con que dentro de unos años nuestros hijos agradezcan su surgimiento habremos logrado superar parte del trauma que arrastramos por las recurrentes destrucciones de las libertades a manos de los enemigos de la ciudad.


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