Opinion · Fundación 1 Mayo

Auschwitz y las otras víctimas. A setenta años de la liberación del campo de exterminio.

José Babiano
Director Archivo de Historia. Fundación 1 Mayo | CCOO

 

(…) si queremos que “nunca jamás Auschwitz” no se quede en un simple eslogan debemos aprender a entender al otro, al que es distinto a nosotros. Debemos mostrar nuestra compasión, nuestra comprensión y nuestra empatía. Debemos aceptar que hay gente distinta a nosotros, gente que piensa de forma distinta a nosotros.

Marian Turski (superviviente de Auschwitz, con la marca B-9408 tatuada)

 

Hace ahora 70 años. El 27 de enero de 1945 el Ejército Soviético liberó el campo de Auschwitz-Birkenau, el mayor complejo de exterminio nazi y donde fueron asesinadas más de un millón de víctimas. Sesenta años después, el 1 de noviembre de 2005 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la resolución 60/7 que institucionalizó el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto.

Esta conmemoración resalta valores cívicos fundamentales como los Derechos Humanos, las libertades, la tolerancia, el respeto al diferente o el rechazo al racismo y al antisemitismo. Todos estos valores forman parte fundamental de la ética democrática.

La memoria de Auschwitz tiene su propia historia. Después de 1945 estuvo ligada al antifascismo, que no hacía distingos entre las víctimas. Luego, con la Guerra Fría hubo un olvido inicial de los crímenes nazis en aras de la cicatrización de las heridas en países como Francia o Alemania. Fue el juicio de Eichmann en Jerusalén lo que hizo que la opinión pública internacional descubriera el Holocausto y que las víctimas se vieran por fin escuchadas, como nos ha contado el historiador Enzo Traverso. Después, la serie alemana Holocausto o películas como La lista de Schindler o la más reciente Hannah Arendt han popularizado el Holocausto como la tragedia que fue.

Ahora bien, la memoria del Holocausto no puede limitarse a rituales oficiales de conmemoración del pasado. Es preciso reconocer y honrar a las víctimas, por supuesto. Pero la memoria tendrá asimismo sentido en la medida en que conlleve un potencial crítico. Como dice la propia resolución 60/7 de la ONU, el Holocausto será siempre una advertencia para todo el mundo de los peligros del odio, el fanatismo, el racismo y los prejuicios.

En este sentido debe comprometer a la sociedad civil y a las instituciones en la lucha contra el racismo y la xenofobia, tal y como aparecen hoy. Y hoy no sólo están creciendo en Europa las fuerzas políticas xenófobas y racistas de extrema derecha, desde Francia hasta Grecia, desde Gran Bretaña hasta Hungría, incluida la misma Alemania. Al mismo tiempo, los gobiernos de estos países, espoleados electoralmente por esa misma extrema derecha, recortan los derechos de los trabajadores extranjeros que residen en sus países. Ocurre, además, que en la Europa de hoy se ha instalado en el imaginario mediático una analogía entre la figura del inmigrante y los rasgos del musulmán. La islamofobia desempeña así en el nuevo racismo el papel que antaño desempeñaban los judíos en el antisemitismo.

El antisemistismo sigue siendo una seña de identidad de los nacionalismos de Europa central, pero la voluntad de estigmatizar al islam afecta a Europa en su conjunto. Las movilizaciones promovidas por los autodenominados Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente en estas últimas semanas es un pésimo indicador de una creciente ola de discriminación y acoso a las comunidades musulmanas del continente. Los horrendos crímenes yihadistas en Francia no puede justificar la islamofobia en ningún caso.

Por otra parte el 27 de enero nos trae a la memoria que alrededor de 5000 españoles fallecieron en Mauthausen. Se trataba de republicanos –rojos españoles– que, toda vez que cruzaron la frontera en 1939, fueron capturados por los nazis en Francia. Las autoridades hitlerianas se pusieron en contacto con Franco para averiguar si admitía su repatriación. Se negó y con ello les envió al infierno del campo nazi.

El historiador Antonio Míguez se ha referido a la Genealogía genocida del franquismo y Paul Preston al holocausto español. Independientemente del grado de precisión jurídica o política de los términos holocausto y genocidio para caracterizar lo que hizo el franquismo, es evidente que éste llevó a cabo matanzas masivas. Matanzas que respondían a planes de exterminio sobre los que ha arrojado luz la investigación histórica. La dictadura ha legado de ese modo más de 114.000 desaparecidos, cuyos restos no han sido recuperados ni identificados. Eso convierte a España en el país con más desapariciones forzadas del mundo, después de Camboya. Otros crímenes contra la humanidad, como la tortura, han sido denunciados por las propias víctimas o sus familiares que, ante la imposibilidad de encontrar justicia y reparación en España han acudido a la Justicia Argentina.

En 2014, el Informe del Relator Especial de la ONU, Pablo Greiff, recomendaba al gobierno español que tomase una serie de iniciativas en relación a las desapariciones forzadas. Entre ellas se encontraba la investigación de oficio y el final de una política archivística que garantiza de impunidad. El Informe del Relator Especial coincidía en buena medida con el Informe del Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas e Involuntarias de la ONU. Ninguna de estas recomendaciones ha sido abordada. Por eso, en España la conmemoración de las victimas del Holocausto, no puede disociarse de la memoria de las victimas del franquismo. Una memoria que exige justicia desde el punto de vista de los Derechos Humanos. Verdad, Justicia y Reparación.