¿Quiénes son los ‘ni-ni’?

Fundación 1 Mayo

Javier Pueyo
Adjunto a la Secretaría Confederal de Juventud de CCOO

 

Suele atribuirse a Mark Twain esa célebre distinción entre las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas. Hay datos que desvelan parte de la realidad, pero que ocultan lo fundamental. Es cierto, por ejemplo, que -de acuerdo con la Encuesta de Población Activa (EPA)- el número de jóvenes de entre 16 y 29 años en situación de inactividad laboral ha aumentado desde el inicio de la crisis: si en el cuarto trimestre de 2007 representaban el 33,12% del total, a finales de 2014 eran ya el 42,05%. Incluso es verdad que, a pesar de que hoy residen en España 1.681.100 personas menores de 30 años menos que en 2007 (debido en parte a la evolución demográfica y en parte a la emigración), el número total de jóvenes inactivos ha aumentado.

¿Preocupante? Mucho, pero antes de sacar conclusiones precipitadas conviene revisar otros indicadores de la propia EPA. De entrada, la expresión ‘ni-ni’ -tan cargada de desprecio como extendida, también en ámbitos oficiales- hace referencia a quienes ni estudian ni trabajan. Son 2.802.200 los menores de 30 años que se encuentran en situación de inactividad laboral, pero resulta que hoy hay 243.000 jóvenes más que al inicio de la crisis que se dedican a estudiar (2.446.700 en total). Y eso a pesar de la disminución de la población joven y de las crecientes dificultades -incremento de las tasas, recorte de las becas- para acceder a estudios universitarios por parte de quienes tienen menos recursos. Es una consecuencia lógica de las actuales tasas de paro y de la evidente relación entre formación y empleo: vista la imposibilidad de acceder al mercado de trabajo, más jóvenes prolongan su estancia en las aulas o regresan a ellas tras abandonarlas.

Llegados a este punto, hay quien sentiría la tentación de meter a todas aquellas personas inactivas y ajenas a los sistemas de educación o formación en el saco de los ‘ni-ni’, con toda la carga peyorativa -buscada o no- que la etiqueta arrastra. Es, de hecho, lo que hacen el Gobierno y distintos organismos, empresas e instituciones en muchos de sus análisis.

Sin embargo, la realidad no es tan sencilla. Podemos pensar que en España hay cientos de miles de jóvenes viviendo como los participantes del reality show ‘Generación ni-ni’. Pero también podemos aproximarnos a nuestro entorno con algo más de rigor y constatar, EPA en mano, que de entre los inactivos que no están estudiando o formándose, hay quienes padecen una “enfermedad o incapacidad propia”, quienes “cuidan niños o adultos enfermos, discapacitados o mayores” y quienes asumen “otras responsabilidades familiares o personales”. Los únicos que no explican objetivamente su situación de inactividad son aquellos que afirman que no buscan empleo porque “creen que no lo van a encontrar” (lo que cabría vincular al creciente “efecto desánimo”), que aducen “otros motivos” para no trabajar, que no saben qué responder o que aportan razones que el Instituto Nacional de Estadística no puede clasificar. ¿Y qué porcentaje de jóvenes de entre 16 y 29 años se hallaban en el cuarto trimestre de 2014 en todos estos supuestos? El 3,17%, varias décimas menos que en 2007. Un porcentaje poco relevante y algo menor, incluso, que el de la población de 40 a 54 años que se encontraba en el mismo periodo en semejantes circunstancias (3,42%).

Es posible abusar de las etiquetas, obviar la realidad heterogénea de la juventud laboralmente inactiva, hacer un uso burdo y superficial de las estadísticas y realizar cuantos análisis de brocha gorda sean necesarios para acabar concluyendo que existe una ‘generación ni-ni’ que ni trabaja ni estudia ni tiene la menor intención de hacerlo. Pero los malos diagnósticos conducen a peores propuestas. Y el problema de la juventud aquí y ahora tiene más que ver con que ni puede trabajar ni se facilita que pueda estudiar ni tiene ninguna expectativa de salir del pozo de paro y precariedad en que se encuentra atrapada desde hace ya demasiado tiempo.