125 aniversario del 1 de Mayo, 5º aniversario de las políticas de austeridad en Europa

29 Abr 2015
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Ramón Górriz, Secretario confederal de Acción Sindical de CCOO
José Babiano. Director del Área de Historia, Archivo y Biblioteca Fundación 1º de Mayo

 

Como es bien conocido el 1 de Mayo tiene un doble origen, aunque en ambos casos, vinculados a la lucha del movimiento obrero por la jornada de ocho horas. De un lado, el 1 de Mayo se remonta a los disturbios de Haymarket, en 1886 en Chicago, cuando a raíz de una provocación policial fueron detenidos, juzgados y condenados seis dirigentes obreros locales. Fue un juicio farsa, carente de las más mínimas garantías jurídicas. No tenía otro objetivo que proporcionar un escarmiento a un combativo movimiento obrero local. Un movimiento inmerso en una oleada de huelgas destinadas a lograr la reducción de unas jornadas de trabajo agotadoras por su duración. Sin embargo, este hecho luctuoso dio lugar a uno de los principales mitos del movimiento obrero, como son los «mártires de Chicago» y el 1 de Mayo.

Pero junto a este origen americano, la celebración del 1 de Mayo cuenta con un origen europeo. Este segundo origen se sitúa en uno de los dos congresos obreros, de carácter internacional, que se celebraron en París de forma simultánea en julio de 1889; es decir, en el centenario de la Revolución Francesa. Uno de estos congresos reunió a los principales dirigentes marxistas de Europa. Muchos de ellos habían conocido el exilio y la cárcel. En él se aprobó una breve resolución llamando a un día de manifestaciones y paros a favor de la jornada de 8 horas para el 1 de mayo de 1890. Si no era posible, debido a las prohibiciones de las autoridades de cada país, se convocarían manifestaciones el domingo más próximo a ese día, como ocurriría en España. La fecha elegida, obviamente, hacía referencia a la tragedia de Chicago y a su memoria.

La convocatoria no tenía vocación de permanencia. Sin embargo, el éxito de las primeras manifestaciones y del resto de acciones de protesta, llevadas a cabo en 1890, empujó a los sucesivos congresos obreros nacionales e internacionales a repetir la convocatoria. Y no sólo eso, sino que se extendió hacia el Este de Europa, Asia y América Latina a lo largo del primer tercio del siglo XX. Fue en ese periodo en el que aparecieron como nueva corriente del movimiento obrero los comunistas, que también adoptaron el 1 de Mayo como jornada internacional de lucha.

El impacto había sido tal, que el jefe de la Iglesia católica difundió en 1891 la encíclica «Rerum Novarum», que es el documento que da origen al llamado catolicismo social. Dicho de otro modo, una especie de versión católica de «El manifiesto comunista», para tratar de neutralizar la pujanza del movimiento obrero. No fue la única tentativa en este sentido. El 1 de Mayo de 1955, Pio XII instituyó la fiesta de San José Obrero, un intento de rivalizar con un 1 de Mayo obrero global.

En la medida en que se extendió y consolidó, el 1 de Mayo cobró una dimensión ritual muy fuerte, en el sentido de constituir una actividad pública celebrada regularmente y ajustándose siempre a una serie de pautas. Por ejemplo, en España hasta la Guerra Civil la jornada comenzaba con una asamblea-mitin en un teatro o al aire libre. A continuación la comitiva obrera tomaba la calle, dirigiéndose en manifestación para entregar el pliego de reivindicaciones aprobadas en la asamblea a la autoridad correspondiente (el presidente del gobierno o de las cortes en el caso de Madrid, el gobernador civil en las distintas capitales de provincia o el alcalde en otras ciudades). Durante el trayecto, las sociedades de oficio ondeaban sus banderas rojas y estandartes. Igualmente, bandas de música amenizaban la marcha entonando la «Internacional», la «Marsellesa» y otra serie de himnos populares y del trabajo. La música dotaba a la marcha de un aire mezcla de solemnidad y festividad.

El resto del día se completaba con una «jira» campestre en la que los trabajadores –así, en masculino, dada la composición social y la cultura del primer obrerismo- y sus familias gozaban de la comida y del tiempo primaveral. La jornada concluía con una velada cultural en el ateneo obrero o en la casa del pueblo, donde se representaba alguna pieza de teatro social. La velada podía incluir asimismo un recital poético o la actuación de un orfeón aficionado, perteneciente a la propia casa del pueblo o al ateneo obrero.

Este ritual cumplía varias funciones. En primer lugar, la salida a la calle, exhibiendo los símbolos propios, como la bandera roja, o entonando las canciones e himnos del repertorio obrero, constituía un acto desafiante, de demostración de fuerza. Al mismo tiempo servía como momento de renovación anual de los ideales de emancipación. Una renovación que tenía lugar en el contexto metafórico de la llegada de la primavera y de la renovación de la vida en la naturaleza. El ritual también ejercía como mecanismo de reconocimiento entre iguales, de reforzamiento de la identidad propia de un mundo que, hasta cierto punto, no dejaba de ser una «contra-sociedad» alternativa a la sociedad burguesa, con sus partidos y sindicatos, sus casas del pueblo y ateneos, sus cooperativas, sus grupos de ocio, etcétera. En suma, el reforzamiento de la identidad de clase.

El franquismo dentro de su programa de persecución y dura represión contra el movimiento obrero, arrasó con sus formas culturales e incluso trató de eliminar su lenguaje –los trabajadores pasaron a denominarse en la jerga franquista «productores»- Cuando en los años sesenta del siglo XX el movimiento resurgió de nuevo, esencialmente a través de las Comisiones Obreras, sus formas culturales habían mutado y sus rituales, represión franquista mediante, aparecieron simplificados con respecto al pasado. Así ocurrió con el 1 de Mayo.

Durante 125 años el 1 de Mayo viene siendo un termómetro de la situación del movimiento obrero en un doble sentido. Por un lado da cuenta del estado de sus propias filas, en contextos políticos, sociales y económicos muy diversos. Por otro, nos permite observar las demandas y reivindicaciones concretas, expresadas año tras año. En ese sentido, el capitalismo de la globalización y las políticas neoliberales constituyen la penúltima prueba. Esto significa que el movimiento obrero se enfrenta en Occidente a la pérdida de los derechos del trabajo, producto de la ruptura del pacto social keynesiano por parte de las élites económicas y políticas. Dicho de otro modo, ha de hacer frente a la precariedad laboral y social, entendida ésta como modo de gestión capitalista de la mano de obra. Mientras tanto, en el mundo postcolonial, se registra la violación sistemática de los derechos humanos de las personas empleadas en las industrias deslocalizadas. De tal suerte que con frecuencia ni siquiera gozan del derecho a la sindicalización y a menudo pagan con su libertad y con su vida el intento de ejercer ese elemental derecho.

Este 1 de Mayo, no sólo es el 125 aniversario de su primera celebración. Coincide además con el quinto aniversario, en mayo de 2010, de la reunión de los ministros de finanzas de la Zona Euro en la que se decidió llevar adelante los programas de austeridad en Europa. Este fenómeno marca profundamente este nuevo 1 de Mayo en varios sentidos. En primer lugar, la dimensión internacional de la jornada apela a la solidaridad incondicional con el pueblo griego. Si consigue aflojar la soga de austeridad con que Bruselas y Berlín rodean su cuello, no sólo los trabajadores griegos, sino los del sur de Europa en su conjunto daremos un gigante paso adelante.

La jornada exige asimismo una acción resuelta contra las políticas del gobierno español en varios sentidos. En primer lugar, para rescatar a las personas que carecen de empleo, mediante la implementación de una renta básica de inserción. En segundo lugar, para reforzar la negociación colectiva y los convenios, como el mejor instrumento para defender el salario y las condiciones de trabajo en los sectores de actividad y en las empresas; y ello, especialmente tras la Reforma Laboral de 2012. En tercer lugar, para fundir la jaula de hierro de la represión que el gobierno ha forjado alrededor del movimiento obrero y de la sociedad civil, mediante la reforma del Código Penal y la llamada «Ley Mordaza». No ignoramos que esta legislación no pretende sino criminalizar y castigar la resistencia a las políticas de austeridad, tal como pone de manifiesto el hecho de que alrededor de 300 trabajadores están pendientes de ingresar en prisión por ejercer el derecho de huelga. Un derecho que, por cierto, incluye la participación en piquetes informativos.


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