Opinion · Fundación 1 Mayo

Europa en la encrucijada

José Antonio Moreno Díaz | Asesor jurídico y representante de CCOO en el Comité Económico y Social Europeo

 

Que vivimos en una sociedad líquida donde todo fluye y nada se mantiene lo suficiente como para poder hacer un análisis sosegado, cabal y sensato ya fue advertido por Zygmunt Bauman hace unos años: lo más duro de dicha realidad es la escasa presencia tanto en la retina social como mediática de cuestiones importantes y/ o graves para nuestra convivencia.

Así, desde la aparición de la foto del pequeño Aylan muerto en una playa hasta hoy, la visibilidad de la tragedia de los inmigrantes hacia Europa ha quedado reducida al mínimo y ello pese a que el dramatismo de la situación —lejos de amainarse— se ha incrementado por el endurecimiento de las condiciones meteorológicas y por el endurecimiento —también y más grave si cabe— de las condiciones políticas y sociales de nuestra querida Europa.

Si el frío y las malas condiciones de alojamiento/hacinamiento ya se vislumbraban desde meses atrás, lo que no era de esperar es el portazo político, ideológico y humanitario de algunos países de la UE: desde la rapiña legal pero inmoral aprobada por Dinamarca al golpe de timón de las autoridades alemanas, pasando por los mensajes xenófobos o el cierre de fronteras entre estados de la UE, para terminar con el propio cuestionamiento del Sistema de Schengen.

Quién nos iba a decir a aquellos que desde los años 90 y desde un punto de vista del respeto a los derechos humanos, las garantías democráticas y el Estado de Derecho cuestionábamos el Sistema de Schengen como el padre de la “Europa Fortaleza” con sus vallas y filtros de frontera exterior, su lista de extranjeros no admisibles o su Sistema de Información, nos encontraríamos años después defendiendo lo único que aún tiene de bueno: el mantenimiento de un teórico espacio común europeo de libertad, seguridad y justicia donde debe primar la libertad de circulación y donde no existen fronteras interiores.

Que nadie se engañe: cuestionar Schengen es cuestionar el propio modelo de construcción europea y primar los intereses nacionales que no son otros que los intereses particulares movidos en muchos casos por una mezcla de egoísmo y falta de memoria aderezado con un generoso chorro de nacionalismo populista. Y esto parece que no ha hecho sino comenzar: de hecho ya se han propuesto —y se adivinan— medidas nacionales para limitar la propia movilidad-libertad de circulación y de restricción de derechos de los propios ciudadanos de la UE.

Todo ello precisamente en este momento en que se requieren las más altas dosis de responsabilidad para asumir el papel tanto como UE como por los propios estados miembros de garantes de los principios democráticos y de respeto al Estado de Derecho; no es aceptable ni creíble que los muros de la construcción europea se tambaleen por la catástrofe migratoria que vivimos. Que los 28 países no asuman su responsabilidad ni siquiera para acoger la pírrica cifra de 160.000 personas propuestas por la Comisión Europea dice mucho de la fragilidad del modelo.

Y se trata de responsabilidad, conviene no olvidarlo. La solidaridad se da voluntaria y unilateralmente. Sin embargo todos los países de la UE han ratificado la Convención de Ginebra de 1951 y además todos están obligados también por la Directiva 2013/32 sobre procedimientos comunes para la concesión de la protección internacional en la UE la cual se basa lógicamente en la anterior. Por lo tanto son exigencias internacionales derivadas de instrumentos jurídicos internacionales y, en consecuencia, obligatorias.

El propio engranaje institucional de la UE en el pecado lleva su propia penitencia, esto es, la demora injustificada en avanzar y consolidar un modelo único y común homologado y armonizado para los todos países de la UE —derivado de lo anterior— ha generado un periplo sinfín de personas buscando —lógica y humanamente— las mejores condiciones objetivas para solicitar asilo en países con sistemas más consolidados y tuitivos.

Asimismo, existen disfunciones en la aplicación de las previsiones vigentes al respecto en la UE, especialmente las derivadas de la aplicación del denominado sistema de Dublín, que obliga a que las solicitudes de asilo sean competencia exclusiva del primer país miembro de la UE donde inicialmente contacta o llega el solicitante: esa prevención prevista para situaciones ‘normalizadas’ de llegada de solicitantes de asilo fracasa rotundamente en un contexto como el actual.

Ahora resulta imprescindible responder a nuestros socios sobresaturados por los nuevos y masivos flujos respetando —y hacienda respetar— un sistema equitativo de reparto de dichas personas, valorando ante todo el factor humano, esto es, sin olvidar nunca que los solicitantes son personas, seres humanos que huyen de terribles situaciones vitales en sus países de origen.

Por otro lado, no parece aceptable que países que reciben prestaciones de la UE en forma de ayudas, compensaciones o subvenciones económicas (fondos financieros, de cohesión, de compensación, estructurales, etc) no asuman su responsabilidad y se pongan de perfil e incluso muestren su hostilidad a las casi simbólicas medidas de reubicación, esto es, facilitar el desplazamiento a su territorio de solicitantes que hayan llegado por otro país Dublín.

La encrucijada es manifiesta pues el cuestionamiento del modelo afecta a la propia construcción europea y sus balances y equilibrios, pero también a sus propios valores y a su propio ADN: al propio modelo social europeo y a su configuración como sociedades avanzadas donde prima el Estado de Derecho (‘Rule of Law’) y donde las garantías democráticas se fundamentan también en la solidaridad entre sus miembros hacia dentro y en la responsabilidad hacia fuera para con todos aquellos que se ven obligados a abandonar sus países en busca de la protección de los derechos que les son negados, empezando por el propio derecho a la vida y la integridad física y moral.

La respuesta no está en el viento. La respuesta —y la solución— está en Europa porque sólo sus instituciones, sus estados, sus sociedades, sus ciudadanos y ciudadanas pueden demostrar que han sabido estar a la altura de la exigencia histórica del momento que vivimos: en otros momentos éramos los europeos los que huíamos y nos desplazábamos por Europa y otros continentes en busca de asilo y protección. No les fallemos. No nos fallemos.