Yo también soy minoría

06 Mar 2017
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Antonio Pérez Rodríguez,

integrante de La Comuna

La salud de cualquier Régimen político se mide por el respeto que demuestre hacia las minorías. Si cualitativamente hacemos la comparación entre minorías y mayorías, las mayorías definen con escasa nitidez la higiene del Régimen puesto que éste debe contemporizar con la opinión mayoritaria y donde hay adulación mutua, no entra el respeto. Justo lo contrario de esas finísimas calibradoras del trato cívico que son las minorías.

Viene esto al caso de la apabullante publicidad que los medios han hecho gratuitamente a esos ultras que, cual Herodes masacrando Santos Inocentes, se empeñan año tras año en ofender a la minoría de los niños transexuales. En el ejemplo español, atacan a unos inocentes a los que, tras haber tenido que admitir a regañadientes su existencia, consideran hijos de Lucifer. ¿Estamos ante una minoría herodiana perpetrando con impunidad varios delitos contra una minoría que creen luciferina?

¿Minoría herodiana? Ojalá estos meapilas fueran pocos pero no lo son. Demográficamente hablando, estos (presuntos) delincuentes serán un minúsculo grupúsculo pero no son tratados por el Estado como auténtica minoría sino como portavoces hiper-subvencionados de una fantasmagórica “mayoría sociológica neofranquista” que, en realidad, es sólo un segmento aborrecible y no mayoritario de este país. Y es que los herodianos han estado, están y estarán viviendo de la teta del Estado. De ahí que la derechona haya pedido acabar ya con este escándalo de autobuses sexistas, no vaya a ser que alguien investigue y descubra que los ultras “impresentables” de hoy, son sus sicarios y compis tontis de toda la vida.

Por tanto, hay grupúsculos que no son minoría política sino mayoría en el Estado. Ejemplos: los obispos, el generalato, los amos del Ibex35, las 40 o 400 familias catalanas y los cuatro gatos (persas) del capítulo de la Nobleza. Para colmo de paradojas, incluso una sola familia -la Royal-, tiene más poder que todas las demás familias. En cambio, sí son minoría los pacientes de enfermedades raras, los paisanos de las aldeas minúsculas, los presos, los que duermen en la calle, los refugiados, etcétera. Y, por supuesto, los niños trans.

Me parece de perlas que el Estado se desviva por las minorías… siempre que sea real y no vergonzantemente y/o de cara a la galería mediática. Entiendo que está obligado a hacerlo en cumplimiento de su función redistributiva y por ello no merece aplauso sino simple reconocimiento. Para eso debiera estar. La medida de la redistribución equitativa y no mediática, es la misma medida del grado de democracia que realmente existe. Más de uno pensará que, en cuanto a pureza democrática, los “países de nuestro entorno” no son los que nos dicen los medios sino la hermana monarquía de Arabia Saudita o alguna excolonia africana.

Pero el problema de la atención a las minorías demográficas se complica en el caso de las víctimas del franquismo puesto que, para empezar, son (somos) millones si consideramos que el golpe de Estado católico-militar ocasionó un daño tan profundo a todos los españoles que pasarán varias generaciones antes de que este paisanaje alcance el nivel de prosperidad política propio de la II República. En este sentido, no somos minoría sino mayoría absoluta.

No obstante, aunque por el momento olvidemos a los exiliados, vamos a reducir el panorama y nos limitaremos a la enorme minoría de las cunetas y las fosas comunes. Ahora estamos hablando de cientos de miles –si incluimos a las familias. Resultaría extraño considerar minoría a toda esa multitud pero lo cierto es que, visto el trato inhumano que la demuestra el Estado, son minoría política.

Finalmente, dentro del panorama general, vayamos a la última minoría: me refiero a los represaliados por el tardofranquismo que todavía estamos vivos. Somos miles o decenas de miles los que, por razones obvias, no conocimos el paredón o el garrote vil pero sí las torturas y las cárceles. Además, sabemos quiénes fueron nuestros carceleros y lo pregonamos ante la Justicia con nombres y apellidos porque demostrarlo es tarea fácil. Facilísima porque ellos también están vivos –y en el Poder-, ellos o sus herederos político-económico-biológicos.

Por todo ello, considerando que el Estado español presume a través de los medios de que se desvela por las minorías –osos pandas incluidos-, creo que los resistentes al tardofranquismo debemos definirnos como minoría. A ver si así nos cae alguna migaja legal. Teniendo en cuenta nuestra edad, incluso quizá deberíamos definirnos como minoría en peligro de extinción.

En el hipotético caso de que se nos apruebe oficialmente esta categoría, convendría añadir que no queremos el aluvión de caramelo que hoy se vierte sobre los niños trans porque, como exrepresaliados, nos veríamos obligados a recordar que las glucosas de hoy, fueron hiel y acíbar hasta ayer. En realidad, sólo queremos memoria y justicia, no muecas sentimentales por parte de los mismos que ayer nos arrojaron a los infiernos.

Por lo pronto, servidor se conformaría con que el Estado Mediático nos concediera la milésima parte del minutaje que dedica a los herodianos.


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