Yo quiero ser francés

25 Jun 2017
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Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna.

Hace pocos días, el fotógrafo Francesc Boix era enterrado con todos los honores estatales en el cementerio más prestigioso de París. La ceremonia estuvo presidida por la alcaldesa de la Ciudad de la Luz a quien acompañaba la alcaldía de Barcelona y otras autoridades catalanas. En las exequias brilló por su ausencia el desmemoriado Rajoy quien, sin embargo, estaba en París rindiendo pleitesía al presidente Macron, ese enarca thatcheriano-reaganiano al que supongo asiduo lector de El Príncipe y también de El Principito.
Al terminar la Guerra española, Boix se exilió en Francia donde combatió al ejército alemán hasta que fue hecho prisionero de guerra. Por ser republicano español, los nazis no tuvieron en cuenta esa condición sino que le enviaron al tristemente famoso campo de concentración de Mauthausen. Allí se jugó la vida durante varios años escondiendo unas fotos que fueron determinantes en los juicios de Nuremberg y de Dachau para demostrar que los jerarcas nazis conocieron y hasta visitaron los campos de exterminio. Poco después de su histórica denuncia, Boix murió en París en 1951 por una enfermedad renal contraída en Mauthausen-Gusen. Sólo tenía 30 años.
Boix demostró poseer dotes lingüísticas y diplomáticas, habilidad técnica y sangre fría a raudales. En aquel infierno, ¿cómo pudo resistir año tras año durmiendo sobre unos clichés que, de serle descubiertos, le hubieran llevado automáticamente a la tortura y la horca? Pero, además de esa inaudita valentía, Boix demostró poseer mucho más: un excepcional discernimiento de la importancia que la imagen tiene en la Historia. Hoy puede parecernos que la Historia la narran, ignoran o manipulan más las imágenes que los textos pero esta creencia –desgraciadamente no exenta de razón-, no era común en los años de aquel muchacho barcelonés. Gracias a esta clarividencia, Boix es considerado hoy como un adelantado a su época y así lo reconoce Francia –y así lo oculta España.
En la misma línea, a las recientes honras a Boix habría que añadir el anterior homenaje a “la Nueve”, la compañía de exiliados españoles que liberó París con la tanqueta Guadalajara en primera línea de fuego. Recordemos que Guadalajara fue una de las pocas batallas que la República ganó frente a los invasores ítalo-moro-teutones. Recordemos asimismo, que las fuerzas leales comandadas por el general anarquista Cipriano Mera derrotaron a las tropas italianas de élite con tal estrépito que hasta los falangistas se burlaban de sus salvadores fascistas cantándoles aquello de “Decís que habéis tomado Addis Abeba / y que vais a tomar Guadalajara / y ya me está doliendo la cabeza / de veros pasear por retaguardia”.
Napoleón perdió la guerra pero los nombres de las batallas que ganó siguen inscritas en el Arco de Triunfo. Por nuestra parte, en Guadalajara ciudad o provincia española, ¿hay algún monumento a la batalla de Guadalajara? Más aún, ¿los niños la estudian en sus colegios? Pregunta retórica porque es amargamente obvio que los escolares franceses saben el nombre de la famosa tanqueta siglos antes de que lo aprendan los escolares españoles. Europa es ansí.
Una humilde sugerencia
Por Boix, por La Nueve y por muchos otros motivos, estamos en deuda con Francia. Por ello, y aunque sólo sea dentro del campo de la memoria histórica, se nos ocurre que en algo podríamos comenzar a saldar esa deuda. Hemos pensado en algo minúsculo pero factible que, desde luego, sería agradecido por nuestros vecinos: eliminar del callejero de Madrid la calle de Carlos Maurrás.
Charles Maurras, españolizado como “Carlos Maurrás” desde 1953, es una calle cercana al estadio Bernabéu –es decir, en un barrio rico de Madrid-. Y es también el nombre de un sanguinario monárquico antisemita admirador de Hitler; tras la Liberación, se le pidió pena de muerte pero, dada su avanzada edad, sólo fue condenado a cadena perpetua. Huelga añadir que nunca tendrá una calle en Francia ni en Europa. Pues bien, en 1993, antes de ser definitivamente atrapado en las mieles del Poder, Joaquín Leguina publicó un artículo comentando lo que suponía que Maurras diera nombre a una calle madrileña -a nuestro juicio, significa una injuria a Francia y una vergüenza para Europa. De injurias y vergüenzas, Leguina no decía nada pero proponía algunas alternativas cuando terminaba su artículo con estas palabras: “Albert Camus, un hermoso nombre para cualquier calle del mundo.” Un cuarto de siglo después, podemos responder que el filósofo ya tiene calle en Madrid, aunque no en un barrio rico sino en un barrio pobre: pelillos a la mar porque así lo hubiera preferido el gran Camus.
¿Somos europeos o somos unos ignorantes palurdos? Maurras lleva 64 años mancillando a Madrid y avergonzando a franceses y europeos. Mientras no se elimine este baldón, quien suscribe preferirá ser francés.

 


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