LA ESTIRPE PRODIGIOSA

19 Ago 2017
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Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna.

¡Qué pena me dan los neofranquistas que detentan el poder! Todos los días perpetran alcaldadas y fascistadas pero, en contra de sus convicciones, tienen que explicarlas como medidas democráticas. Su discurso se alimenta exclusivamente de los términos popularizados por la izquierda hasta el punto de ser los primeros en acusar de fascismo al más blando de los disidentes. Unos dirán que es plagio, otros que hipocresía y unos terceros que pragmatismo pero, en cualquier caso, su uso consuetudinario les lleva derechos a la esquizofrenia o, cuando menos, al trastorno bipolar. Claro está que, mientras se llenan la andorga en los paraísos fiscales, a ellos poco les importa.
Sin embargo, a quien suscribe le preocupa que siga aumentando la psicopatía nacional y por esta razón, en los ratos libres me deja el ejercicio profesional de la psiquiatría, me he dedicado a investigar las raíces de esa esquizofrenia. Naturalmente, si uso el término ‘raíces’ es porque lo primero que me viene a las mientes metodológicas es analizar si la susodicha enfermedad mental es genética –hereditaria, en la antigua fabla-. De ahí que los párrafos siguientes se centren en los genes del poder.

Al fascismo por los genes.
Es decir, el fascismo congénito: de tarde en tarde, se comenta que Mariano Rajoy Brey, cuando ya era presidente de la Diputación de Pontevedra –y filósofo-, publicó en la prensa gallega unos artículos que, provisionalmente, calificaríamos como “declaraciones de fe en el determinismo genético más absoluto” pues sostenía en ellos que el ADN, el gen o los genes –en su arcaica terminología, “la estirpe”-, determinaba y justificaba la desigualdad entre los humanos.
No queremos saber qué opina la Santa Madre Iglesia sobre el materialismo desbocado que supone el determinismo del presidente gallego toda vez que su correlato es la eliminación del libre albedrío. Pero es obvio que algunos cardenales le motejarían de luterano con cupón preferente a la hoguera de leña verde. Tampoco queremos entrar en el tema científico de las interacciones internas entre los genes y entre éstos y el entorno social. Menos aún apuntaremos que, en su racismo genético, Rajoy fue más allá de aquel Hitler quien no estuvo tan obsesionado con el gen único -no fue tan reduccionista- puesto que concedió igual importancia tanto a los genes de judíos y disidentes como a sus respectivos poderes terrenales.
Dejando aparte estos problemillas doctrinarios, vamos a concederle al Presidente Eterno el beneficio de la duda; más aún, vamos a creer en su “filosofía genética” -¿y eso qué es?- y, en consecuencia, vamos a verificarla empezando por su caso familiar. Lamentamos no disponer de los mapas de ADN de sus antepasados puesto que nos reiríamos bastante, especialmente cuando algún listillo de su misma cuerda determinista tropezara con jugosas desviaciones de la ortodoxia social y sexual. Pero, como no los tenemos, hemos de limitarnos a la genética política del clan Rajoy. Quizá estudiándola con algún detalle encontraremos en ella la raíz de la desigualdad defendida y preconizada por el último de la saga.
Comenzaremos por su abuelo paterno, Enrique Rajoy Leloup. Es sabido que el Excelentísmo Nieto de aquel Prócer presume –por lo bajinis- de que su familia fue represaliada por Franco. La verdad es que el Abuelísimo fue un galleguista monárquico –áteme usté esa mosca por el rabo- y uno de los redactores del precario Estatuto de Autonomía de Galicia de 1932. Durante los primeros años del franquismo se le apartó momentáneamente de la docencia universitaria pero, en 1952, recuperó el Decanato del Colegio de Abogados que había ocupado hasta 1936. Así pues, no era de izquierdas ni siquiera de centro, si acaso de la derecha no extrema derecha de aquellos años.
Continuamos con su padre, Mariano Rajoy Sobredo, presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra durante los años setenta -prueba indirecta de que su papá, el Abuelo dizque represaliado, fue un franquista más-. Y llegados a este MRS, verdadero fundador de la estirpe, es cuando flaquean nuestros prejuicios contra la genética determinista puesto que, más importante que llegar a juez de provincias, es que su señora parió una camada asombrosa: sus cuatro hijos nacieron siendo registradores de la propiedad y notarios. Véanse:
El Presidente Eterno, léase Rajoy el Tercero (en adelante, MR III) fue Registrador de la Propiedad, Bienes Muebles y Mercantiles a sus 24 añitos. Sus hermanos Enrique y Mercedes consiguieron lo mismo cuando todavía no eran treinta añeros y su hermano Luis (fallecido en 2015), igual pero como notario. No cabe duda de que todos ellos nacieron con el gen de la Alta Administración.
¡Una estirpe prodigiosa! Lamentablemente, hay mucho escéptico que no cree en lo sobrenatural, ni siquiera en los milagros de la genética. Son carne de Inquisición que se ha atrevido a encontrar otro origen a la despampanante camada y, rebuscando en la memoria judicial, sostiene que la causa del milagro Rajoy Brey se encuentra en algo tan prosaico como el otrora famoso sumario del “aceite de Redondela”.
Y es que al fundador de la saga le tocó enjuiciar este caso que resumimos a continuación: millones de litros de aceite se perdieron en Redondela sin que, hasta la fecha, sepamos nada de nada, en parte porque desaparecieron desde los libros de contabilidad de las empresas involucradas hasta los 5000 folios del mismísimo sumario. Lo que sí sabemos de sobra, es que el escándalo estalló cuando fue denunciado en 1972 por José María Romero González. A raíz de este acto heroico –y martirial-, ocurrieron siete asesinatos, suicidios y muertes a cual más estrambótica. Enumeradas por orden cronológico fueron: Arturo Cordobés (taxista de Vigo asesinado de tres balazos), el denunciante José Mª Romero, su esposa y su hija de veintiún años (“suicidados” en su domicilio de Sevilla), Isidro Suárez (desnucado en la ducha de la cárcel), Antonio Alfajeme del Busto (apuñalado) y Luis Mañas Descalzo (occiso por “angina de pecho”)
Ah!, se me olvidaba: Nicolás Franco Bahamonde, el Hermanísimo del Caudillo, fue el principal beneficiado tanto por la volatilización del aceite como por la incuria del proceso escamoteado por la Audiencia de Pontevedra.

El gen de la in-significancia.
Caso Redondela aparte, es espeluznante comprobar el enorme poder y la descarada impunidad que disfrutaron incluso los tardofranquistas de medio pelo. Si eso ocurría con un simple juez de provincias, ¿imaginamos siquiera la cantidad de MR III que se fabricaron en aquellos años que algunos propagandistas paniaguados califican como de ‘tímida apertura’? ¿No? Pues yo se lo calculo: el grueso de la Administración actual y el total de las grandes fortunas patrias. Ahora existen muchos neofranquistas que ni siquiera se atreven a justificar sus dineros por el esfuerzo propio sino que los explican recurriendo a la genética aristocrática (caso MR III), al favor de su dios (opusinos, kikos y lejías de Cristo), a la carta astral, etc. Sería menos alambicado y más verosímil que miraran en su árbol genealógico.
Pero, volviendo al párrafo inicial de esta nota, encontramos que el susodicho alambicamiento es otra de las causas de la esquizofrenia de MR III y sus acólitos por la sencilla razón de que trabajar su discurso ambidextro les resulta a los neofranquistas una tarea extenuante. Es bien sabido que el estrés laboral conduce a las ideas fijas y éstas, a la psicopatía. Olvidándonos por obvio del engorde de la andorga, ¿cuál es la otra idea fija que les domina? Evidentemente, alcanzar la ausencia de ideas.
Y la verdad es que lo consiguen. Practicando esa suerte de meditación nihilista, los neofranquistas llegan al nirvana caudillesco. Huelga añadir que su Gurú es MR III por ser quien más se ha ensimismado sobre la Nada. Tan lejos ha llegado que, desviando la atención con patochadas, anacolutos y seudo-retruécanos de parvulario (“no es cosa menor; dicho de otra manera, es cosa mayor”), ha conseguido que su discurso alcance el vacío absoluto: el significante cero.
Lo cual nos precipita en un misterioso problema: ¿hemos de colegir que el patrimonio genético de MR III incluye un gen hueco? Puesto que la Naturaleza detesta el vacío, ¿podemos concebir que existan genes ausentes? Sería un gran descubrimiento, más o menos como encontrar agujeros negros en la galaxia neofranquista. Pero, aunque repugne a la razón, la evidencia está ahí: además de los genes redondelianos, MR III disfruta del ignoto gen vacío, una anomalía que explica bipolarmente la desigualdad de su camada. Y también un misterio de la genética política del que sospechábamos su existencia pero del que no teníamos las pruebas aportadas por esta investigación psiquiátrica.

Redactado con informaciones publicadas en: El pensamiento ideológico fascista de Mariano Rajoy, contado por él mismo (Máximo Relti 31/05/2012), El polémico artículo donde Rajoy dice que “los hijos de buena estirpe” superan “a los demás” (El Huffington Post, 25/02/2014) y ¿Fue Mariano Rajoy un lumbrera o simplemente un beneficiario directo del caso “redondela”? (revolucionpermanente.es, 02/09/2016)


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