Abatimientos

02 Sep 2017
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Por Luis Suárez, miembro de La Comuna.

El verbo abatir tiene en nuestra ancestral lengua varias acepciones comunes. Entre ellas, en primer lugar, la de derribar algo o alguien. Si se trata de un ser vivo, se entiende que abatirle es hacerle caer sin vida.
Otra acepción habitual, cuando es también aplicada a personas, es la de hacerle perder las fuerzas, vencerle, doblegarle. Es un uso evidentemente derivado, en forma metafórica, del primero.
Así, se dice que es abatido quien es por ejemplo herido fatalmente por proyectil o similar; mientras que está abatido el que se siente derrotado, hundido moralmente.
No es sin embargo la disquisición filológica la intención de este texto, sino el observar cómo nuestras autoridades conjugan el verbo abatir, en el sentido mencionado en primer lugar, con cada vez mayor soltura, al tiempo que la sociedad parece que ha sido abatida, en el otro sentido de verbo, en términos de exigencia ética y de rendición de cuentas a sus gobernantes.
Viene esta reflexión a cuento de alguno de los hechos sucedidos alrededor de los atentados terroristas en Cataluña de la semana pasada. En particular, la ejecución de varios sospechosos por parte de un agente de los mossos en Cambrils, en la madrugada del día 18 de agosto. Según los medios, el hecho mereció el inmediato respaldo y felicitación por parte de sus mandos:
“Le hemos llamado para trasladarle todo nuestro apoyo”, ha explicado el major de los Mossos d’Esquadra, Josep Lluís Trapero. “Ha matado a cuatro personas”, ha subrayado para evidenciar que se trata de un hombre sometido a un gran estrés emocional en estos momentos.
(El Periódico, 18-08-2017, versión digital)
No se puede dudar de que tanto el agente autor de las muertes como cualquiera que participe en operativos similares se ve sometido a una enorme tensión. Ni se puede pretender que en esas situaciones la actuación de los agentes sea siempre fría y meditada. Por el contrario, se trata en la mayoría de casos de situaciones sobrevenidas que obligan a reacciones inmediatas, necesariamente improvisadas, en un escenario de riesgo inminente muy difícil de calibrar objetivamente. La realidad no se parece lamentablemente a esas películas de acción protagonizadas por atractivos agentes secretos que sortean balas, misiles y lo que haga falta con apenas un rasguño.
Está claro por otra parte, que esas situaciones de confrontación no son todas iguales, ni el nivel de riesgo ni las opciones de actuación de la policía son las mismas. En los sucesos de Cataluña se han visto también esas diferencias, aunque da la impresión que la respuesta aplicada ha sido muy parecida o única, es decir, la ejecución del amenazador.
Lo que me ha llevado a reflexionar sobre este asunto es el hecho de que, según me consta, sólo muy contados comentaristas en los medios (en realidad yo sólo he leído dos: Carlos Yárnoz en El País del 26 de agosto: ‘Tirar a matar’; Lidia Falcón en Público, el 28 de agosto: ‘A los terroristas se les puede matar’), se han parado a cuestionar estos episodios de aparente ‘gatillo fácil’ de nuestros guardianes del orden y las libertades, o han reparado en la normalización que parece ampararlos desde hace un tiempo.
Porque hasta ahora no parecía normal que la policía abatiese a sospechosos, como primera opción, sin intentar otros medios para reducirles; ni era normal que tras abatir la policía a algún sospechoso no se diera una explicación de los motivos razonables por los que ese desenlace era el único posible en la situación de marras.
4 de los 5 sospechosos abatidos en Cambrils amenazaban al parecer con cuchillos y exhibían cinturones de los que usan los terroristas suicidas con explosivos. La naturalidad con que se informa de los hechos provoca algunas interrogantes:
Esta forma de proceder por parte de los cuerpos policiales, ¿corresponde a un protocolo policial para supuestos terroristas yihadistas, o se aplica de forma genérica ante cualquier amenaza de atentado o acción violenta?
Con los medios técnicos actuales ¿no existen otras formas de paralizar a los presuntos terroristas que no impliquen necesariamente su ejecución in situ?
Desde el punto de vista de los derechos humanos, una posible norma policial de ‘disparar y después preguntar’ ¿no equivaldría a una pena de muerte, pero sin proceso ni juicio previo?
Suponiendo que algunas situaciones de riesgo, ya sea en el caso aquí comentado de Cambrils o en otros similares, realmente justificaran tirar a matar como casi primera respuesta policial, ¿no debería seguirse de un esfuerzo de los mandos policiales para explicar ante la ciudadanía dichas circunstancias y razones, en lugar de únicamente loar la actuación de los agentes?; y además, ¿no constituye ese aplauso incondicional un estímulo para que los agentes persistan en esa forma cuestionable de actuación?
Si estas preguntas tienen que ver con nuestros principios morales, cabe también considerar el asunto desde la propia óptica de la lucha contra la amenaza terrorista, preguntándonos si resulta lo más eficaz en este sentido eliminar físicamente a los miembros de los comandos, o si no lo sería más bien su captura para obtener información sobre unas redes y motivaciones que, en el caso del universo yihadista, aún resultan bastante desconocidas.
No hace falta ser experto en lucha antiterrorista para entender que hay algunos principios muy elementales que deben guiar la actuación de las fuerzas policiales frente a amenazas y atentados: garantizar la seguridad de la población; respetar los principios democráticos y los derechos humanos; recabar información útil para conocer al enemigo y prevenir futuras amenazas… Son principios no siempre fáciles de compatibilizar, pero un estado de derecho que funciona ha de tener unas fuerzas policiales capaces de aplicarlos de forma equilibrada, y también de justificar a posteriori el apego a los mismos en su actuación.
En el caso de los atentados en Cataluña se nos han ofrecido bastantes pistas sobre la mentalidad productivista que se está imponiendo alrededor de la lucha contra el terrorismo. Así, en los medios se habla, por ejemplo, de ‘cacería’ para referirse a la persecución de los autores de atentados; se mencionan cifras de muertos que nunca incluyen a los propios sospechosos abatidos; o se habla eufemísticamente (y con injustificado triunfalismo), de ‘desarticulación’ de un comando, la mayoría de cuyos miembros en realidad han sido ejecutados.
En cuanto al silencio ciudadano, trato de explicarme el abatimiento moral colectivo al que me refería al principio, y entre otras posibles razones se me ocurre la cultura matona que desde gobiernos y ejércitos supuestamente representantes de valores democráticos y humanitarios, se nos viene imponiendo con despliegue mediático. Así, en su lucha contra Al-Qaeda, ISIS y otras fuerzas radicales, el ejército norteamericano y sus aliados vienen aplicando sofisticadas técnicas de asesinato ‘a distancia’, mediante misiles ‘inteligentes’, drones, etc., que no son sino nuevas modalidades de ejecución extrajudicial, tecno-ejecuciones, diríamos. Las cuales, por cierto, buscan un efecto de venganza y exhibicionismo, y así son celebradas por sus autores intelectuales, muy superior a su posible eficacia militar, sin mencionar a sus inevitables víctimas ‘colaterales’.
Hay un número creciente de ejemplos en esta línea cuyo impacto mediático contribuye igualmente al efecto social de banalización del asesinato legal. Por ejemplo, los casos de personas negras tiroteadas por agentes del orden en EEUU sin justificación aparente, fenómeno que por su relevancia y reiteración ha dado lugar a una masiva respuesta en aquel país bajo el lema de ‘las vidas de los negros importan’ – increíble que haya que recordarlo a estas alturas-; o la ejecución de jóvenes palestinos, en algunos casos desarmados, o armados sólo con un cuchillo, incluso en algún caso límite yacentes inermes en el suelo, por parte de soldados israelíes.
Sería lamentable que la actual escalada terrorista global tuviera como primer efecto exitoso el reblandecimiento de nuestra conciencia democrática y del compromiso con los derechos humanos. Que, en suma, asimiláramos o replicáramos el relativismo moral y fanatismo que justamente caracteriza a quienes nos agreden.
En suma, no nos dejemos abatir.


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