Ya no soy progresista

15 Oct 2017
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Antonio Pérez, miembro de La Comuna.

En otra ocasión he manifestado que, como soy acérrimo defensor de la libertad –sea eso lo que sea-, yo querría ser capitalista… si el mercado fuera realmente libre. Pero inmediatamente he añadido que no puedo serlo porque me lo impide la indisoluble unidad entre la política y la economía, esa Santa Alianza cuyas puertas giratorias son sólo la punta del iceberg. Hoy, quizá como secuela de la insolación que sufrí en una playa exclusiva de las Bahamas, doy un paso más allá y declaro que ya no soy progresista. Ahora bien, “como firmante vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar”:
El término “progreso” es de uso reciente; en el vocabulario europeo, no aparece hasta el siglo XVIII y, si todavía se mantiene, es por dos razones: a) porque se ha jibarizado reduciéndose al progreso material y olvidando el progreso social. b) porque, mediante sucias maniobras en la oscuridad, ha conseguido que el inocuo término “modernidad” aparezca como sinónimo.
Numerosos incautos y algunos perversos se apoyan en estas dos patas para sustentar su Fe progresista. En cuanto al progreso material, aducen que jamás hemos tenido tan cerca la posibilidad de que las máquinas trabajen para la Humanidad, aserto que quizá podría evidenciarse si la Santa Alianza no lo impidiera. Aunque, desde luego, lo desmienten hechos tan elementales como que los primitivos trabajaban dos o tres horas al día y ahora, ya vemos: desde hace más de un siglo se pide la jornada laboral de ocho horas y hoy esta reivindicación laboral suena a ensueño utópico.
Por su parte, el progreso social está sujeto a controversia y arbitrio porque no puede cuantificarse así como así. Sin embargo, ello no es óbice para que los progresistas pregonen que, si partimos de las satrapías mesopotámicas, el esclavismo, las guerras de religión entre europeos y los totalitarismos del siglo XX, evidentemente hemos mejorado mucho –se sobreentiende que en el Primer Mundo-. Amarrado a semejantes comparanzas, podría estar de acuerdo pero hay otros casos que me hacen dudar. Un solo ejemplo: si multitud de sociedades millonarias en individuos se han regido por la democracia asamblearia (directa, ¿como en Suiza?), constreñidos ahora a un sistema teledirigido y controlado hasta la exasperación que de democracia sólo tiene la etiqueta, ¿podemos jurar que hemos progresado?
Lo cierto es que no podemos comparar el pretérito con el presente. Pero no por falta de criterios morales sino por ausencia de datos fidedignos. Por ejemplo: ¿quién sería tan sectario como para demostrar que la gente se suicidaba más –o menos- en el Medioevo que en la actualidad? Cuando la Crisis estalló en España, el CIS eliminó-o casi- la sección que cuantificaba la tasa de suicidios; así pues, si no sabemos los datos de hoy, ¿cómo podríamos compararlos con los datos de ayer?
Falto de comparación temporal, el progreso resulta ser un gigante con los pies de barro. Por ello, se refugia en la “modernidad” y la enfrenta a su supuesto antónimo, la “tradición”. Llegados a este punto recuerdo que el muy tradicionalista Franco inauguraba hoy el pantano “más moderno de Europa”, aseveración incontestable que era anulada cuando mañana inaugurara el siguiente pantano, incontestablemente 24 horas más moderno que el de ayer.
Quiero decir que modernidad es un concepto vacuo que sólo existe por su rebuscada antinomia a un concepto impunemente manipulable como es la tradición –que ya lo es mucho pues si el presente lo es, el pasado no digamos-. Ahora bien, si acepto esa comedia de oposiciones, he de reconocer que los actuales Estados hegemónicos son, precisamente, aquellos que mejor conjugan ambos extremos manipulados. Veamos: en los EEUU, coexisten la teocracia (tradicional) y la disidencia (moderna); igualmente, en Japón coexisten el realísimo Mikado y la virtualidad cibernética; en China, se dan la mano el funcionario confuciano, centralista e imperial y el comerciante cosmopolita. Etcétera.
Por todo ello, no sólo no soy progresista sino que, en consecuencia, tampoco soy moderno. Entonces, ¿soy reaccionario y tradicional? Bueno, si por reaccionario se entiende reaccionar ante las injusticias cotidianas, tendré que serlo –por similar motivo, no soy víctima del tardofranquismo sino un resistente que espera justicia-. Y, en efecto, sigo una viejísima tradición de resistencia que, en Occidente, se remonta a cuando los egipcios se negaron a seguir construyendo esas repugnantes pirámides –de eso hace ya cuatro milenios-.
A pesar de todo lo anterior, no crean que he cambiado de chaqueta. Aunque ya casi nadie me llame “progre trasnochado”, no me he apuntado al club de esa purrela que fue ‘progresista’ en su juventud y que ahora, a cambio de sus piscinas, cual palanganeros enseñan a los neofranquistas a renovar su terminología. No he caído tan bajo porque -obrero en las pirámides-, sostengo que, desde hace milenios, existe la guerra de clases y, por ende, no soy multiclasista ni he cambiado de eje (¿), menos aún soy transversal (¿) y tampoco estoy por encima o por debajo del bien y del mal. Lo diré en el menor número posible de palabras: simplemente, soy de izquierdas –incluso “de extrema izquierda”, creen algunos-.
Vuelvo al primer párrafo de esta nota: si allá no me dejaban ser capitalista, ahora y aquí tampoco me dejan ser auténticamente progresista. Por tanto, animo a los neofranquistas a que den un último paso –algunos ya lo han dado- en su proceso de bulímica apropiación indebida del vocabulario rebelde y pasen a autoproclamarse “progresistas”. Que aprovechen ahora los detritus del izquierdismo patrio ya que su voracidad no separa el trigo de la paja. Que aprovechen ahora que algunos de los que realmente trajimos el progreso social a este país ya no nos tocamos con la roída montera “progresista”.


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