Opinion · Verdad Justicia Reparación

Artefacto para la Negación Histórica del Ayuntamiento de Madrid: Un epitafio

Por Luis Suárez, miembro de La Comuna.

¿Demasiada memoria histórica?

Sucede que la memoria histórica, como el cambio climático, es una verdad incómoda. Por el retrovisor irónico de la historia, la pregunta es: ¿qué futuro dejaremos a nuestros antepasados?

Manuel Rivas

En fechas recientes, un conjunto de organizaciones memorialistas, de lucha contra la impunidad y de derechos humanos se han dirigido a la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, para expresarle su definitivo rechazo al denominado Comisionado de la Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid, al que en esta nota me referiré, por claridad y por llamar a las cosas por su nombre, como Artefacto para la Negación Histórica (ANH).

Artefacto, porque es un invento engañoso y grandilocuente cuya funcionalidad, tras sus casi 2 años de existencia, sigue siendo en buena medida una incógnita. Más, si cabe, ahora que desde el Ayuntamiento de Madrid se pretenden pilotar las políticas de memoria histórica directamente desde una nueva Oficina de Derechos Humanos y Memoria, como políticas públicas que deben ser.

Negación histórica porque, lejos de trabajar por la memoria histórica democrática, como hubiera sido su obligación ante el enorme y prolongado déficit que al respecto hemos sufrido la sociedad española y, en particular, madrileña, su escaso esfuerzo ha sido entregado al relativismo ético, la mixtificación de los hechos y la ocultación de los valores democráticos en el relato de nuestra historia.

Y no será porque no se avisara ya en su día: Desde la constitución misma de dicho organismo, en mayo de 2016, más o menos las mismas organizaciones ahora firmantes expresaron públicamente su desacuerdo tanto con la composición como con los fines del susodicho Artefacto, que fue creado por el Ayuntamiento pasando olímpicamente del movimiento memorialista, es decir, sin mediar consulta alguna con éste.

Su composición, pretendidamente ‘equilibrada’, en realidad resultaba inoperante para los supuestos fines memorialistas: La ‘comisionada’, Francisca Sauquillo, procuró llenar el Artefacto de notorios enemigos, o al menos escépticos, de la memoria democrática, empezando por el escritor Andrés Trapiello, propuesto por el grupo municipal de Ciudadanos y enemigo declarado de la memoria histórica.

Para sacarnos de dudas, tanto el propio Trapiello, como otro miembro del Artilugio, el historiador Octavio Ruiz, han suscrito, junto con un ejército de Pancho Villa del negacionismo compuesto por 200 ‘intelectuales’, un ‘Manifiesto por la Historia y la Libertad’ dado a conocer a mediados del pasado mes de marzo, cuyo fin declarado es el rechazo a la Ley de Memoria Histórica del año 2007, así como a cualquier posible iniciativa similar.

Vamos, que esa composición sería como, si habiéndose decidido montar un Comisionado de la Igualdad de Género, se hubiera decidido aplicar una ‘equilibrada’ selección entre feministas y machistas para sus integrantes.

Los fines que se autoasignó el Artefacto también eran un dechado de incoherencia y confusión, con menciones al recuerdo de las personas que sacrificaron su vida y libertades para defender valores y principios democráticos (¿recuerdo? ¿y su derecho a la verdad justicia y reparación?) ante la represión de dictaduras o formas autoritarias de gobierno (toma desmemoria y lenguaje eufemístico, por no decir directamente falsario).

El tiempo transcurrido y la (muy escasa) labor realizada por el Artefacto no han hecho sino confirmar, lamentablemente, esa valoración inicial, así como generar un creciente desconcierto en cuanto al sentido práctico de su pervivencia. Pues, al cabo, su función parece haber sido sólo la de filtro entre la sociedad civil y el consistorio municipal; un burladero tras el que las autoridades electas podían parapetarse mientras los colectivos sociales eran toreados con el señuelo de una aséptica y neutral defensa de las víctimas de la violencia y una aplicación light de la ley de memoria histórica, en un apartado ruedo semi-institucional.

En estas pasadas semanas el Artefacto nos ha deparado sus últimos (¡ojalá!) ejercicios esperpénticos alrededor de la decisión municipal de creación de un monumento a los aproximadamente 3.000 republicanos fusilados por las autoridades rebeldes en las tapias del cementerio de La Almudena de Madrid, entre 1939 y 1944, fundamentada en un riguroso informe dirigido por el historiador Fernando Hernández Holgado.

Primero, algunos de sus reputados miembros, en concreto los también historiadores Ruiz Manjón y Álvarez Junco, han salido en defensa de la propuesta del grupo popular del ayuntamiento de excluir del memorial a los republicanos asesinados que hubieran antes participado, supuestamente, en crímenes en la retaguardia republicana.

Por ilustrar mediante un paralelismo esa ‘idea’: esos historiadores propondrían, suponemos, que en los memoriales de los campos de exterminio nazis, o de las dictaduras del Cono Sur, dónde, como mínimo tributo exigible, se incluyen todos los nombres conocidos de las víctimas, se excluyera a aquellas que fueran sospechosas de algún crimen previo. Es decir, que se suprimieran las víctimas gaseadas, torturadas hasta morir, o lanzadas desde el aire… merecidamente.

Las siguientes ocurrencias del Armatoste en esa misma línea han sido, por una parte, eliminar del memorial los nombres de las víctimas fusiladas por el franquismo, y, ya puestos ¡ale hop! colocar otro memorial compensatorio (¡ah, esa querencia por la simetría!), dedicado a las víctimas de la violencia en el Madrid republicano entre el 36 y el 39.

Mensajes que así nos envía el Artilugio: a) las víctimas del genocidio franquista no deben nombrarse; b) las víctimas franquistas, reiteradamente nombradas, homenajeadas y compensadas desde la infausta Causa General, deben ser una vez más reconocidas para subrayar la doctrina de los ‘dos bandos’ equivalentes.

Pero, por mucho que se esfuercen los embaucadores, los ‘top manta’ de la falsificación ahistórica, su producto resulta infumable. Y es que, sencillamente, el genocidio franquista no puede equipararse, ni reflejarse simétricamente en un espejo ideal, con los desmanes y errores cometidos en la IIª República, o en las zonas bajo control de esta durante la guerra; y no se puede ni por las enormes diferencias cuantitativas, ni por el hecho de que mientras los republicanos defendían la legalidad democrática los franquistas intentaban imponer, con el respaldo nazi, un golpe militar fascista.

Ni tampoco porque mientras que los posibles delitos republicanos fueron expurgados y duramente sancionados en la posguerra, en un contexto de especial arbitrariedad y carencia de garantías jurídicas, los crímenes e innumerables tropelías (expolios patrimoniales, esclavismo, robo de bebés, depuraciones…) sobre las que los ‘vencedores’ construyeron el nuevo régimen, nunca hasta hoy han sido llevados ante la justicia.

Y tampoco son comparables por su efecto histórico: Como resultado del genocidio franquista no sólo hubo víctimas individuales, cientos de miles, la sociedad española en su conjunto fue víctima, experimentando un retroceso en todos los órdenes de varios decenios, medio siglo dentro de un pozo de avasallamiento y mediocridad.

Para entenderlo mejor: las víctimas del franquismo fueron todas las personas que, aunque no fueran perseguidas ni represaliadas, aun no siendo republicanas, e incluso considerándose ideológicamente ‘del régimen’, se vieron despojadas de sus derechos como trabajadores y ciudadanos, como jóvenes o como mujeres, de su derecho a la información y la cultura, de su derecho al ejercicio de las libertades básicas. Las víctimas fuimos varias generaciones completas crecidas en el ambiente plomizo y casposo de la larga posguerra; las víctimas siguen siendo las generaciones post-franquistas, herederas de una sociedad clerical, patriarcal, corrupta y seudo-democrática.

De eso hablamos cuando hablamos de memoria histórica democrática.

De nada de eso nos ha hablado el Armatoste. La verdad es que para este viaje que nos ha ofrecido el Ayuntamiento con su invento, desde el desprecio a la burla, quienes luchamos contra la impunidad del franquismo no necesitábamos alforjas, ni comisionados, ni nada.

Nuestro epitafio ante el final anunciado del Artefacto (ya está tardando el Ayuntamiento en disolverlo): desaparezca en buena hora, que no le echaremos de menos.