Opinion · Verdad Justicia Reparación

Ni a un perro

Por Luis Suárez, miembro de La Comuna.

Imaginemos la escena. Un militar apostado en un rincón cualquiera blandiendo un arma de guerra, ya sea fusil, rifle, o subfusil, diseñada para causar el mayor daño posible con el impacto de su proyectil. Un perro que aparece a lo lejos. El militar que levanta el arma, apunta, y dispara al perro. El perro que cae fulminado.
Sin duda un acto odioso, socialmente reprobable y, de hecho, legalmente punible en la mayoría de países. Concretamente, de acuerdo al artículo 337 de nuestro código penal, tal hecho podría ser aquí merecedor de una pena de hasta 18 meses de cárcel.
Pues bien, ¿qué reacción merece un hecho así cuando se realiza contra seres humanos?
Respuesta: si quien dispara es un soldado israelí, y la diana son palestinos, esta acción sería no solo aceptable, sino alentada por sus mandos, sus gobernantes y buena parte de sus conciudadanos y ciudadanas.
Pensándolo fríamente resulta estremecedor, ¿verdad?. La cuestión es que probablemente ya no lo pensamos cuando nos alcanza la información, pero el hecho viene sucediendo, más o menos como en la escena inicial, pero con víctimas civiles palestinas, en la franja de Gaza, desde hace semanas.
Esta última oleada de matanzas en la línea fronteriza de Gaza se inicia a finales del pasado mes de marzo con motivo de las manifestaciones por la llamada ‘gran marcha del retorno’, con la que los palestinos querían llamar la atención, una vez más, sobre la persistente injusticia que padecen los refugiados palestinos, expulsados de sus hogares en el año 1948, es decir, hace 70 años, durante los que varias generaciones palestinas que hoy suman ya más de 5 millones de personas, siguen condenadas a la condición de refugiadas. Una parte (unos 2 millones) se encuentran en los propios Territorios Palestinos, de los cuales 1,25 millones en la franja de Gaza.
La campaña de movilizaciones iniciada el 30 de marzo se calentó al coincidir con la provocación del traslado de la Embajada de EEUU a Jerusalén culminada el 15 de mayo, que lógicamente recrudeció los sentimientos de ofensa e indignación palestina.
El ejército israelí ha decidido priorizar el uso de especialistas francotiradores en sus operaciones fronterizas en Gaza para abatir manifestantes palestinos a distancia, con la burda justificación de que, al tratarse de una movilización promovida por Hamas, y al tener esta la consideración de organización terrorista, todas las personas que participan en las movilizaciones se convierten automáticamente en terroristas, con lo que queda justificado el uso directo de medios represivos letales contra civiles desarmados.
Una respuesta tan cobarde como criminal del gobierno israelí a unas movilizaciones de jóvenes armados a lo sumo con piedras, que difícilmente pueden suponer una amenaza real para sus tropas e instalaciones militares en la frontera, que ha dado lugar a tibias protestas por parte de algunos países de la UE, así como a la reclamación de una investigación independiente por parte de Naciones Unidas, lo que naturalmente no ha merecido ni un pestañeo del gobierno israelí.
Según la organización palestina de derechos humanos Al-Haq, desde el 30 de marzo son 101 las víctimas causadas por el ejército israelí en Gaza, con el pico de masacre, por el momento, en el 14 de mayo, con 59 asesinados, la mayor parte por bala, aunque en algún caso, como el de la niña de 8 años Laila Anwar al-Ghandour, por asfixia debida a los gases lacrimógenos.
La vil cacería desatada por los francotiradores ha dado lugar asimismo a más de 2.000 heridos de bala, que, lógicamente, han colapsado los servicios sanitarios en la franja, ya previamente en situación sumamente precaria.
Hay que recordar a este respecto que la franja de Gaza ha sido descrita como el mayor campo de concentración a cielo abierto del mundo, sometido a un férreo bloqueo por parte de Israel, y la activa complicidad de Egipto en su frontera sur, sobre todo desde hace 12 años, cuando Hamas ganó las elecciones en el enclave.
Un aislamiento físico de su población incluso respecto del resto de los territorios palestinos de Cisjordania, aplicado impasiblemente también a las personas que sufren graves enfermedades imposibles de tratar en la franja. Según organizaciones humanitarias, 54 personas enfermas murieron en 2017 mientras esperaban ser autorizadas para viajar en busca de atención médica especializada.
Desde el inicio del bloqueo, Gaza ha sufrido asimismo brutales bombardeos por parte del ejército israelí en 2006, 2008, 2012 y 2014, que han destruido sucesivamente sus infraestructuras básicas, con lo que, por poner un par de ejemplos, el 95% de la población no tiene acceso a la red de agua potable, y el 45% de la población en edad activa está desempleada.
En ese contexto, y en la línea anti-palestina abiertamente adoptada por la administración de EEUU con Trump, esta ha implementado recientemente un recorte salvaje de su contribución a la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos (UNRWA), que, teniendo en cuenta que más del 60% de la población gazatí tiene ese estatus, supone también un impacto particularmente dramático en la franja.
Se puede hablar, sin ninguna retórica, de una crisis humanitaria prolongada, que a diferencia de otras de raíz más compleja relacionadas con sequías, guerras, hambrunas, desastres naturales, etc., es provocada deliberadamente por una fuerza ocupante con el fin de debilitar la resistencia política, y, en última instancia, conseguir el exterminio de un pueblo.
La impunidad con la que las fuerzas armadas israelíes perpetran atropellos y sevicias a la población palestina resulta insólita, única, a mi entender, en el contexto internacional. No existe, que yo sepa, caso comparable en la era contemporánea de acumulación de crímenes sistemáticos sobre una determinada población por parte de un estado, que no haya dado lugar a su condena y aislamiento unánime por parte de la mayor parte de países, o al menos de los que se reclaman de la democracia y los derechos humanos.
Por el contrario, por razones difíciles de explicar, Israel sigue gozando de patente de corso y de respetabilidad como sociedad democrática. La historia y el azar producen a veces conjunciones que sacan a relucir crudamente nuestras vergüenzas. Es lo que ha sucedido en estos mismos días en que, al tiempo que los francotiradores disparaban a jóvenes palestinos con sus equipos de alta precisión, como en un macabro videojuego, el festival de Eurovisión realizaba otro ejercicio banal pero muy eficaz de normalización y legitimización mundial del estado para el que matan cobardemente. Para redondear el sarcasmo histórico, después del show nos enteraríamos de que la cantante triunfadora había participado, durante su servicio militar obligatorio, en la anterior masacre de Gaza, en verano de 2014.
Y es que Israel es un país formalmente democrático que, sin embargo, asume colectiva e institucionalmente una actitud de indiferencia y tolerancia escandalosa hacia los crímenes que su ejército y, en general, su aparato coercitivo aplican sobre la población árabe con la que comparte territorios, que no derechos. Un ejemplo, otro más, muy reciente, ha sido lo sucedido con el soldado Elor Azaria.
Azaria fue condenado en 2017 a 14 meses de cárcel por homicidio, y no por asesinato, tras tirotear fríamente en la cabeza a un palestino, Abdel Fatah, yacente y herido en el suelo. A principios de este mes de mayo, tras 9 meses de cárcel, el comité de libertad condicional del ejército israelí ha accedido a la petición de Azaria de adelantar su puesta en libertad para poder acudir a la boda de su hermano.
Tanto la benévola condena y el trato recibido por el soldado Azaria por parte de los tribunales, como el aplauso de buena parte de la sociedad israelí a su acción criminal son la enésima muestra del menosprecio hacia la población árabe, cuyas vidas, como la de los negros en EEUU, parece necesario recordar que también importan.
El tiempo transcurrido de ocupación y desposesión palestina por parte de Israel, y el abandono de facto de cualquier disposición negociadora por parte de sus gobiernos, así como la muy débil oposición interna a estas políticas, impiden confiar en que dicha toma de conciencia surgirá de manera autónoma o endógena de la propia sociedad israelí. Menos aún cabe esperarlo de una posible presión por parte de su aliado y benefactor tradicional, es decir, EEUU. Este país, por el contrario, juega como hemos visto, con Trump, de forma más descarada en el bando de los halcones sionistas radicales.
Tampoco serán los gobiernos europeos quienes hagan cambiar de política a Israel; no tienen ni cohesión, ni convicción ni credibilidad para ello; seguirán en cambio actuando como cómplices pasivos de sus desmanes, y restañando su mala conciencia con ‘programas humanitarios’ hacia la población palestina, que no serán sino tiritas en un contexto de devastación.
Y en cuanto a los países de su entorno en Oriente Medio, ahora mismo los conflictos militares, principalmente en Siria, han relegado la cuestión palestina a un plano muy secundario, con independencia de que algunos de los países árabes vecinos, como Egipto y Jordania, llevan tiempo practicando políticas tácticas de alianza o contención con Israel, en detrimento de su compromiso con los derechos palestinos.
En definitiva, el pueblo palestino está cada día más solo y abandonado por parte de los gobiernos y organismos internacionales; sus únicas esperanzas son, por una parte, su propia lucha, por la que paga como vemos un enorme precio humano, y la solidaridad internacional de los pueblos.
Esta última es nuestra responsabilidad y obligación. Desde la campaña BDS (boicot, desinversión y sanciones), que es necesario sostener y amplificar, hasta la denuncia en todos los foros políticos, institucionales, culturales, y, sobre todo, de la sociedad civil, no puede haber ninguna otra causa inmediata y coyuntural que siga relegando a la no-actualidad a uno de los desastres humanitarios y las opresiones xenófobas más prolongadas del planeta.
No tiene sentido que la conciencia de nuestra sociedad sea cada día más sensible ante el maltrato animal, y cada vez más anestesiada frente al genocidio de los pueblos indefensos.