Opinion · Verdad Justicia Reparación

Un dolor llamado Nicaragua

Por Luis Súarez, miembro de La Comuna.

Este no es otro artículo de información o valoración política sobre los trágicos (y, paradójicamente, esperanzadores) sucesos que vive Nicaragua desde el pasado 19 de abril. No aspira a tanto, solo es un lamento nostálgico de alguien que forma parte de una generación para la que la revolución sandinista fue la experiencia solidaria e internacionalista más plena que le fue concedido vivir. Un desahogo personal, podríamos decir.

Aquella revolución que triunfó el 19 de julio de 1979 derrocando la prolongada dictadura de los Somoza, generó el movimiento de solidaridad internacional probablemente más comprometido y extenso que se haya dado desde la epopeya de las Brigadas Internacionales en nuestra guerra antifascista, salvando, obviamente, las diferencias.
La victoria de los ‘muchachos’ sandinistas representó una inflexión en el destino de las heroicas luchas libertadoras latinoamericanas iniciadas al calor de la revolución cubana en el año 59, en su mayor parte ahogadas en sangre por regímenes militares dictatoriales pertrechados y promovidos por el imperialismo norteamericano.

Para quienes aquí combatíamos al franquismo en las décadas de los 60 y 70, Latinoamérica y sus movimientos insurgentes nos resultaban muy próximos, eran luchas hermanas. Los procesos políticos en el seno de la izquierda corrían en buena medida paralelos: el antiestalinismo, el castrismo, el foquismo, el maoismo, el troskismo, la lucha armada… eran debates comunes.

La revolución nicaragüense llegó en el inicio de nuestro ‘desencanto’, es decir, cuando la transición se nos estaba ya revelando como un amaño que dejaría a medias la demolición de la dictadura, y cuando la naciente democracia entronizaba a una derecha apenas travestida de demócrata, y a una inédita izquierda socialdemócrata ausente en la lucha contra la dictadura.
En el terreno internacional, el naciente régimen del 78 también se posicionó pronto en el bando imperialista. Mediante el tramposo referéndum sobre la OTAN (el de ‘de entrada no’, en marzo de 1986), el PSOE consiguió ‘democráticamente’ alinearnos con el bloque militar dominado por el Pentágono.
Ese mismo Pentágono que apenas concedió una mínima tregua al neonato régimen sandinista antes de organizar la contrarrevolución a través de la llamada ‘Contra’, un ejército ilegal y mercenario que empezó a actuar desde los países vecinos, especialmente Honduras, ya desde inicios de los años 80.

Tras la humillante derrota vietnamita apenas 4 años antes, en 1975, el imperialismo gringo ideó nuevas estrategias de dominación e injerencia internacional; la de la ‘Contra’ siguió el modelo de ‘guerra de baja intensidad’: sin intervención directa de sus tropas, sin declarar la guerra, mediante operaciones secretas, violando todos los acuerdos internacionales. La CIA pergeñó para ello un esquema de financiación y apoyo a la Contra que incluyó desde la mediación de los regímenes militares fascistas del cono sur, en particular la dictadura argentina; el tráfico de armas, vendidas en este caso ilegalmente a Irán; o el tráfico de drogas, a través del cártel de Escobar.
Este montaje, con el patrocinio del entonces presidente Reagan, fue desvelado años después como el caso ‘Irán-Contra’ (también ‘Irangate’).

La revolución sandinista fue así, desde sus inicios, una experiencia tan esperanzadora como amenazada. La inteligencia y pragmatismo de sus líderes (los famosos 9 comandantes), forjados en la lucha armada y la represión somocista, y unidos en una dirigencia ideológicamente plural (marxistas de diversa orientación, cristianos de la teología de liberación…), junto con el entusiasmo y sacrificio del pueblo, permitieron su supervivencia en ese marco de pobreza heredada y guerra no declarada de desgaste.
Si bien los sandinistas recibieron desde el principio el apoyo solidario cubano y soviético, tuvieron la prudencia de no aplicar dogmáticamente sus recetas políticas, ni cerrarse a otras muchas fuentes de ayuda y cooperación provenientes de múltiples países y organizaciones internacionales.

Desde España, ya en época de Suárez, se responde positivamente al llamamiento del ministro de Educación, Fernando Cardenal, para una descomunal y transformadora empresa, la ‘cruzada nacional de alfabetización’, lanzada en marzo de 1980, menos de un año después de la toma del poder. Los cientos de jóvenes que acuden serán el primer contingente de la corriente de hermanamiento que va a establecerse entre nuestros países a lo largo de los años 80.
Nicaragua nos llama y nos acoge, nos seduce y nos transforma: brigadistas, cooperantes, oenegeros… todos los medios eran buenos para acudir al llamado de la revolución acosada. Para la mayoría de quienes desde aquí hicimos nuestro tránsito nica, ya fuera por simple curiosidad, mediante voluntariado con o sin organización, como activistas de movimientos solidarios, o formando parte de programas de cooperación oficial, aquella fue la primera experiencia internacionalista sobre el terreno.
Fuera como fuera, con nuestra inexperiencia y provincianismo, quienes por allí pasamos sabemos que Nicaragua nos cambió para siempre; ese país torrencial de volcanes, lagos, poetas, y, sobre todo, buena gente, nos caló hasta el alma.
El actual dolor por Nicaragua, como el de una quebradora, nos agarró hace ya tiempo al contemplar su deriva, tan preocupante como decepcionante, especialmente desde la llegada de Ortega de nuevo al poder en 2007.
Hechos como la cesión de la soberanía para un delirante proyecto de canal interoceánico, perpetrando una masiva agresión medioambiental al país y el expolio de miles de pequeños campesinos movilizados una y otra vez en contra, han motivado las escasas presencias de Nicaragua en los medios de comunicación en los últimos años.
Y últimamente casi nunca han sido buenas noticias: Comunidades indígenas luchando contra el saqueo de sus tierras y recursos naturales; corrupción y clientelismo a cuenta de los fondos donados por Venezuela (más de 4.000 de millones de dólares en petróleo desde 2006); optimistas datos macroeconómicos (crecimientos por encima del 4% anual), al tiempo que la brecha de la desigualdad se seguía agrandando…
El orteguismo se ha mantenido en el poder mediante su alianza con parte del viejo sandinismo beneficiario de la piñata, la iglesia y la oligarquía tradicional, construyendo un régimen cada vez más autócrata y nepotista, y recurriendo a medidas como la supresión de la limitación de mandatos y la conversión en vicepresidenta de la esposa del presidente, Rosario Murillo.

Y como sucede que la mayoría de los Nica-heridos mantenemos lazos estrechos con aquel país, nuestras fuentes de información son frecuentemente de primera mano. Lo que sabemos así de lo sucedido desde el 19 de abril deja poco margen de duda e interpretación: más de 300 personas asesinadas en las calles y miles heridas, en su inmensa mayoría, manifestantes desarmados a manos, o bien de la policía, o bien de fuerzas paramilitares alentadas y armadas desde un gobierno enrocado en la violencia y el terror como única receta frente a la protesta social. Así lo corroboran los informes de la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) y de la ANPDH (Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos), por citar algunas fuentes solventes no partidistas.
Y así también nos lo han contado de viva voz algunos protagonistas, como esas líderes estudiantiles que recientemente viajaron por Europa para describir lo que está sucediendo, desmentir bulos y tergiversaciones como la instrumentalización derechista de las movilizaciones, y reclamar la solidaridad.

Todo ello permite afirmar que el orteguismo no sólo ha traicionado al sandinismo consolidando un régimen capitalista corrupto y medioambientalmente irresponsable, sino aplicando además ahora el terror contra el pueblo sin atisbo de respeto por los derechos humanos. Casi 3 meses después del inicio del conflicto, parece haberse instalado un impasse en el que el tándem Ortega-Murillo se muestra ya como un gobierno zombi; aislado, abandonado por la iglesia y los empresarios, pero dispuesto a perpetuarse mediante el uso criminal de sus fuerzas y turbas represivas.
La buena noticia es que juventud nicaragüense, con su arrojo y pasión por la libertad, junto con las madres, los campesinos y el resto de autoconvocados, jugándose todos literalmente la vida en los tranques (barricadas), desde Managua a Diriamba, de Sutiaba a Monimbó, de Granada a Nindirí, nos ha devuelto la confianza en ese país y su pueblo.

Es el momento de nuevo de la solidaridad con Nicaragua. En estos momentos trágicos echemos una mano como buenamente podamos cada cual para que puedan derrotar una vez más a la tiranía y construir una sociedad más libre y justa. Y para que, de paso, nos libremos de este dolor.