
Banksy, uno de los graffitistas o grafiteros (o como cada tribu y edad guste) más famosos del mundo, logró vender esta semana y en subasta varias de sus obras por un valor de 785.000 Euros, que no está nada mal. Las piezas eran 10 pinturas originales realizadas mediante spray sobre plantilla y un grabado de billetes de 10 Libras en los cuales el rostro de Isabel II se había cambiado por el de Diana de Gales (34.500 Euros).
En sí, esto no sería nada demasiado extraordinario si no fuera por la personalidad de Banksy, por su filosofía y por sus métodos de trabajo. Banksy parece llamarse en realidad Robert Banks, tiene unos 30 años, nació en Bristol y vive en Londres. Tampoco nada especial. Pero desde principios del milenio sus trabajos, sátiras descaradamente figurativas y acciones ingeniosísimas, alegró de forma inteligente los vaivenes cotidianos de los londinenses y asimilados. Banksy tiene mala leche y mucho ingenio, aunque algún crítico asegure que es “arte para idiotas”.
Lo interesante de esta subasta en la casa Bonhams es que Banksy jamás ha expuesto en una galería. Su lienzo siguen siendo las paredes. Allí desarrolló su técnica de plantillas, cuando, escondido de la policía en Notting Hill, le dio por pensar que la técnica multicolor y de mano libre, dominante desde los albores del género, era arriesgada y frustrante. Banksy no necesita demasiado sprays diferentes, que lo suyo es el negro y el blanco, algo muy neto en la ciudad multicolor. Sin embargo, sus plantillas pueden resultar de lo más complejo y de lo más incriminatorio. Contradicciones de artista.
La única actividad de Banksy en los templos del arte ha sido hasta el momento tomarles el pelo, colgando en diferentes museos parodias de pinturas clásicas modificadas por el mismo o dejando pinturas propias de ratas entre amenazantes y tiernas.
Su estrategia comercial está clara. Tanto en Hollywood como en Londres, Banksy montó el año pasado sendas subastas, llegando a vender una pieza a 40.000 Euros con presencia de gente de lo más espectacular, como Angelina Jolie, Brad Pitt o Kate Moss.
Si Banksy hace una exposición, hace Barely Legal (2006, Los Angeles), focalizada en la pobreza y en la injusticia globales y donde la presencia de una elefante india pintada de rojo y oro dio la nota escandalosa necesaria.
Una muestra de su inteligencia es como ha subvertido los marcos aceptados como inexorables en la comunicación. En la era de la visibilidad total, Banksy permanece en el anonimato más absoluto (incluso lo de Robert Banks es una suposición). Esta no aparición invierte esos términos aceptados: hacerse invisible para ser visible.
Por otra parte, este héroe de la gran ciudad recibiría de inmediato la visita de los mismos policías que caricaturiza si se dedicara a aparecer en ruedas de prensa o sobre alfombras rojas. De hecho, el miércoles también se supo que el barrio londinense de Tower Hamlets va a hacer desparecer sus pinturas, que califica, como cualquier otro graffiti, de vandalismo. Es el único barrio que se ha decidido a ello, pero denota el filo sobre el que evoluciona este hombre.
¿Afecta ese filo a lo ético? Los gritos de “¡vendido!” y “¡traidor!” menudean desde hace tiempo por la red, pero lo mejor que he leído es un comentario en Flickr.com por “Antiresonance”: “En tanto Banksy mantenga una buena proporción de su arte accesible a todos por medio de la calle, no creo que su ética haya de sufrir”. El espacio vital, la calle. Allí donde merece la pena actuar.