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Vía Límite

Músicas, artes, pasatiempos y otros aspectos de vida contemporáneos

Arriba, abajo, de lado, tirado

25 Ene 2008
13:00 
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Últimamente me ha dado por lo que podríamos llamar las relaciones entre los diferentes estratos de la cultura. Los lectores, me temo, ya lo han notado en sus retinas. Pero es que los cambios sobrevenidos con las nuevas tecnologías y desarrollos sociales están echando por la borda pensamientos dominantes en los últimos cien años. Algo que no sucede todos los días, que hace de la nuestra una época especialmente excitante y sobre lo que merece la pena insistir. Creo.
Cuando T.W. Adorno formulaba sus teorías en Fráncfort, tras las II Guerra Mundial, presentaba lo cultural en una dicotomía muy limpia: una cultura masiva, alienada y manipulada, y una cultura crítica, pero asequible únicamente a unas élites progresistas y concienciadas. Este tipo de ideario partía de una desconfianza radical hacia la ciudadanía, algo muy comprensible en quien había vivido la barbarie nazi y el apoyo irracional que cosechaba entre la mayoría del pueblo alemán. Valioso, pero anclado en aquella época. Analizado desde su propia perspectiva, este pensamiento, todavía dominante, aparece como bastante reaccionario y, en realidad, hunde sus raíces en concepciones románticas/burguesas de la cultura y la sociedad. Era la torre de marfil teñida de rojo.
Lo que ha sucedido en los últimos años, tras la difusión acelerada de la radio, la TV, la música en conserva o Internet, es un fenómeno de doble rostro. De un lado, la extensión de la cultura/entretenimiento a escala urbe et orbi según criterios puramente comerciales. De otro, la huida de buena parte de lo experimental e innovador hacia el ámbito de la nueva industria cultural, tempranamente descrita por… T.W. Adorno.
Esta evolución obliga a replantearse cuestiones. Una es que lo generado en ese territorio sometido a las leyes de mercado ya no puede ser apreciado/condenado de forma unívoca. El mercado ha llegado a una fragmentación caleidoscópica. Incluso, aunque unas cuantas empresas oligopólicas controlen la mayor parte del pastel, vemos como las independientes encuentran mayores espacios de acción. No todo lo que triunfa es retrógrado y no todo lo que permanece en el territorio protegido de las artes significa un avance especial.
La situación es que un Ryuichi Sakamoto lo mismo puede tocar en una sala de conciertos que en un festival experimental, que en uno veraniego. Haciendo la misma música. U otra diferente. No es para nada el único y esta trasversalidad de los fenómenos culturales (Warhol) es algo que, acentuado por lo horizontal de Internet y la popularización de las herramientas creativas, da en un mundo cultural diferente y heterogéneo, algo confuso y lleno de contradicciones, peligroso por inexplorado, pero en esencia fascinante. Lo bueno/malo es que en este mundo ya no valen recetas. Hay que decidir caso por caso, buscar desvíos… O seguir la gran migración de los lemmings.

¡Ahora a por la música!

18 Ene 2008
13:36 
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Bien, el COI ha retirado la letra del himno, ese tachunda que, al menos y al no poder cantarse, sonrojaba solo la mitad. En realidad no había hablado de esa letra y esa música simplemente porque era complicado considerarlos productos culturales. Sin embargo, ambos no son sino la expresión más zambomba de algo profundamente cultural: los sentimientos nacionalistas o patrióticos.

No pretendo entrar aquí en una disquisición sobre la ideología nacionalista como un invento burgués y en origen progresista frente a los despotismos reales y nobiliarios más o menos ilustrados.

Antes de ponerse serios y llegar a las manos, creo preferible recordar una estupenda exposición que se mostró en Berlín allá por el año 1998. Mitos de las Naciones, se llamaba y ese nombre ya denotaba la salvaje aunque educada ironía que respiraba la muestra.

Los comisarios hacían un repaso por las señas de identidad ¿históricas? que se enseñan todavía hoy en los colegios europeos. El resultado era desternillante y esos mitos quedaban por los suelos. O quizás el asunto no era tan divertido y los mitos, no solo no habían caído, sino que se empeñaban en perdurar.

Venía primero Bélgica, uno de los países más jóvenes del continente (1830) que, en su afán por demostrar que ellos siempre fueron belgas e importantes, retrotraen sus signos de identidad nada menos que a Godofredo de Bouillon, uno de los cruzados conquistadores de Jerusalén y luego primer rey cristiano de la ciudad (1099). Luego venía Dinamarca, cuyas creencias nacionales incluyen la milagrosa caída del cielo de la bandera danesa durante una batalla con los estonios en 1219.

Los franceses, aparte de adorar su Revolución, cosa algo más lógica, ven como un antecedente la derrota de Vercingetorix a manos de Julio Cesar. Como casi todos estos mitos, este solo apareció en el siglo XIX, dicho sea de paso.

Aunque para anciana la nación griega, que se remontaría que a las guerras contra los persas en el siglo VI a.C.

Cuando los batavios se rebelaron contra los romanos en el 69/70, imaginaban ya el comercio de tulipanes y los quesos de bola. O al menos eso se deduce de las descripciones holandesas de aquel hecho. Claro los noruegos que consideran totalmente histórica y nacional la figura del vikingo Eric el Rojo, descubridor de América hacia el año 1000, décadas arriba o abajo.

Muy divertida es la historia según la cual el príncipe Arpad condujo a los magyares hasta el actual territorio de Hungría, donde, según numerosos cuadros (de nuevo del siglo XIX) fueron recibidos con los brazos abiertos por la población de esas tierras que, se decía, no esperaban otra cosa que ser invadidos por guerreros extranjeros.

Renuncio a entrar en los mitos españoles, como Los últimos días de Numancia, La batalla de Covadonga, la conquista de Granada o el 2 de Mayo en Madrid (del que este año tendremos sobrado recuerdo). A lo que voy es que la mayor parte de esos mitos sobre los que se fundan patrias y justifican guerras no son más que eso, construcciones-patrañas culturales de un proyecto histórico agotado. Y que hoy tiene muy poco de progresista, sino más bien todo lo contrario. Solo por lo anterior, una letra ausente es la dirección correcta. Luego puede desaparecer el himno.

PS. No hace falta explicar que en la primera frase quiero decir que no hablé de esto en el papel. Aquí sí que me permití un berrido.

¿Himno? ¿Qué himno?

13 Ene 2008
00:05 
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Tengo que decirlo: el himno es una basura y la letra aún más. Basura al cuadrad, pues.

Voto por el Borriquito de Peret cantado por Amaral y arreglos de Luis Cobos.

Suicídate, despacio pero sin pausa

11 Ene 2008
10:39 
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Que las casas de discos multinacionales están dejadas de la mano de dios lo sabe todo el mundo. De ahí la huida de artistas tan poco alternativos como Paul McCartney o Madonna a lugares como cadenas de cafeterías o promotoras de conciertos. Y es que las grandes no paran.
Los nuevos dueños de EMI, la financiera Terra Firma, han avisado que se producirán serios recortes presupuestarios. Han hablado de acabar con contratos absurdamente millonarios de gente como el mismo McCartney, pero también piensan cebarse de manera principalísima en el departamento de marketing, promoción y publicidad. Y esto sí que resulta una sorpresa.
Tradicionalmente, la función de un sello discográfico se dividía en cuatro apartados: descubrimiento y desarrollo de nuevos artistas; producción de los discos; fabricación de los mismos y marketing, promoción y publicidad.
Hoy en día las cosas han variado de forma radical: los artistas se descubren a sí mismos y se lanzan mediante herramientas en la Red como Myspace; la producción se la hace cada uno a su buen saber y entender gracias a las herramientas digitales que pueden instalarse en cualquier dormitorio, sótano o garaje y la fabricación de discos va teniendo cada vez menos importancia gracias a las descargas en la Red.
En realidad y aparte de la gestión de derechos, la única función donde los sellos tradicionales aún tienen algún peso es precisamente en marketing. Ahí es donde todavía pueden hacer valer su músculo en emisoras de TV y radio, en medios impresos o, incluso, en la misma Internet. Ahorrar de manera drástica en ese apartado equivale a pegarse un tiro en el pie, que dirían los anglosajones.
Esta de EMI no es una historia solitaria o excepcional. La evolución de las grandes empresas discográficas ha conducido a una concentración que solo puede calificarse como oligopolio global.
En la actualidad ya sólo quedan cuatro de esas compañías que, dicen, controlan el 80% del mercado. Y todas ellas pertenecen a grupos que, en general, tienen poco o nada que ver con la música. Sony/BMG pertenece a una empresa electrónica y a la mayor editorial del mundo. Universal fue adquirido por Seagram y luego Vivendi, sendas compañías de bebidas. Queda Warner Bros que hoy pertenece a unos inversores dirigidos por Edgar Bronfman, miembro de una familia de potentados judíos de EEUU.
Es decir, en las compañías discográficas, los centros de decisión poco tienen que ver con la música y, por lo que se ve, ni siquiera la entienden. La única excepción sería Bronfman, a quien sí parece que le gusta la cosa e incluso ha escrito alguna canción para Celine Dion. Aunque, según parece, sus múltiples actividades tampoco le dejan demasiado tiempo para explotar esta vena creativa. Los resultados están a la vista.

Conciertos, piratas y trabajadores

04 Ene 2008
10:19 
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Acabo de contemplar una entrada por valor de 81 eurazos. Una del último concierto de Bruce Springsteen en Madrid. Lógicamente, la cifra da que pensar. ¿Cuánto tiempo debe ahorrar un joven para acudir a un concierto de este tipo? ¿Merece la pena pagar más de 70 € por contemplar a unos músicos desde las distancias siderales del último anfiteatro de un estadio? No quiero afirmar que hablamos del gran timo del R&R, pero sí que esta no parece una situación ni siquiera sana.
Lo que me parece cuestionable es la presunta necesidad de esas cifras. Hasta entrados los años ochenta, los grandes grupos montaban giras elefantiásicas que a veces no resultaban rentables, pero este déficit se compensaba con el efecto promocional que tenían sobre las ventas de su último disco. Sin disco no había gira y un nuevo disco implicaba sacarlo a pasear por el mundo.
Esto ha cambiado y sabemos por qué. El intercambio de archivos ha hecho disminuir las ventas de discos, de manera que las giras deben ser rentables en sí mismas. ¿Cómo de rentables? Aquí entramos en el quid del tema. Esa rentabilidad ¿debe ser suficiente como para que el artista en cuestión pueda tirarse unos cuantos meses o incluso años viviendo de las rentas? Aparentemente, de eso se trata. La inmensa mayoría de los artistas que cobran estas cifras son gentes de las que no tenemos noticia durante eones y de repente aparecen como caídos del cielo, nos abruman con su mitología y su música y vuelven a desaparecer hasta nueva orden. No sé, parece una actitud algo pirata, donde las armas de asalto son el estupor admirativo que provocan y la presión mediático-social que generan.
Pero hay alternativas. Conozco bien a Carsten Nicolai (Alva Noto), artista plástico presente en Bienales y ferias internacionales, músico colaborador en pie de igualdad con Ryuichi Sakamoto y co-editor de uno de los mejores sellos mundiales de electrónica: raster/noton. Quiero decir, no es un don nadie ni un artista maldito. Vive bastante bien, tiene un estudio estupendo en Berlín y viaja por todo el mundo. Pero es perfectamente posible contratarle para una actuación por menos de 5.000 € (si el proyecto es interesante, por mucho menos).
Lo que sucede es que Carsten, como muchos músicos y grupos contemporáneos, se entienden a sí mismos, ya no como artistas románticos, sino como trabajadores y agitadores culturales. Como profesionales que curran todo el año y todos los años. Si un Springsteen o unos Radiohead trabajaran de esta manera, no tendría justificación hacinar al público en un estadio ni que cobraran esas cantidades delirantes. De hecho, ganarían el mismo dinero aunque ¡ay! con mayor esfuerzo. Pero no lo hacen y prefieren dedicarse a sus cosas durante largos espacios de tiempo y luego hacer caja durante los días o meses que duran sus giras. Es una actitud, seguramente defendible. Pero si he de apostar, prefiero la de Nicolai.