Blair, Zapatero, la tercera vía y el declive de la socialdemocracia

Por Vicenç Navarro.
Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University

Es sorprendente que el que fue Presidente del Gobierno socialista español, el Sr. José Luis Rodríguez Zapatero, invitara a Tony Blair a presentar su libro, en el cual explicaba su respuesta a la crisis. A primera vista parecería lógico que así fuera, pues los dos fueron dirigentes de partidos políticos gobernantes (Partido Laborista y PSOE), pertenecientes a la misma sensibilidad política: la socialdemocracia. Tony Blair fue Primer Ministro del Gobierno laborista británico (del 2 mayo de 1997 al 27 junio de 2007), y fue uno de los dirigentes más activos de lo que se llamó la Tercera Vía que, con peculiaridades españolas, se dio también en cierta manera en España bajo el liderazgo del Sr. Zapatero. La Tercera Vía fue la incorporación de un ideario liberal (en el área económica, neoliberal) a la socialdemocracia europea, e incluyó también, entre otros dirigentes, al canciller Schröder del gobierno socialdemócrata alemán. Estas figuras fueron claves en la construcción de la Unión Europea que hoy conocemos, y su influencia en la socialdemocracia europea no fue menor. En realidad fueron personajes claves en el desarrollo de las instituciones de gobernanza de la Unión Europea y en el establecimiento de las culturas económicas y políticas hegemónicas en tal Unión. Es precisamente por ello que estamos viendo la enorme crisis de la socialdemocracia hoy en Europa. El protagonismo y complicidad de aquellos partidos socialdemócratas en la construcción de una Europa de claro talante neoliberal, es la causa de este deterioro. Tales políticas neoliberales están desmontando la Europa Social que sus antecesores -la socialdemocracia de la post II Guerra Mundial- habían creado. Estas políticas públicas neoliberales fueron la causa del enorme deterioro del proyecto socialdemócrata y del colapso de su atractivo electoral.

Un ejemplo de ello fue lo ocurrido durante el gobierno Blair en el Reino Unido. En contra de lo que se promocionó en la mayoría de medios de información de mayor difusión, que presentaron a Blair como sumamente exitoso (pues fue reelegido tres veces con mayoría absoluta), los resultados electorales muestran precisamente lo contrario. El apoyo electoral al gobierno Blair cayó de una manera muy sustancial como consecuencia de la aplicación de sus políticas a partir del momento de su primera elección. El Partido Laborista pasó de recibir el apoyo electoral del 33% del electorado en su primera victoria en 1997, a un 25% en 2001 y a un 22% en 2005 (ver mi artículo “Tony Blair y el declive de la Tercera Vía”, Sistema, 16.11.12). Si el Reino Unido hubiera tenido un sistema electoral proporcional, habría sido derrotado ya en las primeras elecciones después de haber salido elegido y sido Primer Ministro. El que consiguiera continuar teniendo mayoría absoluta parlamentaria, con porcentajes tan bajos, no fue debido –como los ideólogos de la Tercera Vía, como Anthony Giddens, indicaban- a su popularidad (que en realidad descendió rápidamente), sino al enorme sesgo del sistema electoral británico, de tipo mayoritario, y a la gran crisis del Partido Conservador, resultado de su división interna entre los defensores y los opositores a la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Blair y el blairismo fueron sumamente impopulares en el Reino Unido y todavía más entre las bases del Partido Laborista. Fue el menos popular de los Primeros Ministros existentes después de la II Guerra Mundial. Y la desmovilización entre los militantes del partido (y el desencanto entre sus electores) fue muy acentuada.

Esta impopularidad era lógica y previsible, resultado del abandono de cualquier apego al socialismo por parte del blairismo. Cuando a la Sra. Thatcher se le preguntó en una ocasión cuál era la obra, de las que había realizado a lo largo de su carrera política, de la que estaba más orgullosa, respondió que “destruir el laborismo, a través de Blair”. Y no era una respuesta irónica. Hoy, cualquier dirigente laborista intenta distanciarse del blairismo y de Blair, distancia no solo política, sino también personal. Ha contribuido a ello su comportamiento arribista y acaparador de riqueza, sin ningún freno ético que interrumpiera su desmedida ambición acumulativa. Ni que decir tiene que Blair continúa gozando de gran prestigio entre las grandes empresas (y muy en especial las financieras próximas a la City, el centro financiero de Inglaterra), que constituyen el mundo corporativo internacional que lo financian. Pero esta popularidad entre las grandes élites financieras y empresariales contrasta con el desprecio (y no hay otra manera de definirlo) que las bases del laborismo tienen hacia su persona, con muy escasa atracción entre los socialistas de base de la mayoría de los partidos europeos pertenecientes a esta sensibilidad política.

La invitación de Blair por parte de Zapatero

El desprecio que se tiene hacia Blair entre los socialistas de base en Europa es lo que generó mi sorpresa respecto a la invitación por parte del Ex presidente Zapatero, que quisiera atribuir a su escaso conocimiento del desagrado generalizado hacia esta figura, lo cual me lleva a la reflexión siguiente.

Mi experiencia al observar las figuras que han adquirido gran poder institucional es que viven aisladas, muy distanciadas de la militancia de sus partidos e incluso del electorado. Tienen una actitud elitista, que les hace creer que ellos se deben “a la historia” y no al electorado, a fin de justificar que se tomen medidas sumamente impopulares. Esto pasó con todos los dirigentes de la Tercera Vía. Tenían una especie de machismo político que asumía que faltaban líderes con testosterona, capaces de tomar medidas impopulares, necesarias –según ellos- para salvar a la “patria”, a la “economía”, o al “país” (todos ellos términos que consideran intercambiables). Blair constantemente acentuaba que se debía al país, no al electorado. Schröder y Zapatero no lo dijeron pero probablemente lo pensaron. Esta actitud mesiánica, muy común entre personalidades carismáticas, ha llevado al desastre al socialismo en Europa. Olvidarse de que cualquier político representa al electorado es ignorar que lo que tiene que hacer un político es precisamente lo que diga su electorado. Por eso lo eligieron.

El olvido de su electorado fue la característica de Blair y también, durante su segundo mandato, de Zapatero. El equipo económico de Zapatero era claramente neoliberal (ver mi artículo “Las memorias de Greenspan y de Pedro Solbes. El neoliberalismo en España, incluyendo Catalunya”, Público, 21.11.13), aunque gran parte de sus reformas en las áreas sociales intentaron seguir una orientación socialdemócrata clara, lo que explica, en parte, su reelección. Esta orientación, sin embargo, dejó paso a la neoliberal cuando la crisis se inició. Su respuesta a la crisis fue de libro de texto neoliberal. Y ello fue lo que causó su derrota. Y el libro de Zapatero parece no reconocer este problema. Subraya que hizo lo que tenía que hacer para salvar la economía (subrayando que no había alternativas), consciente de la impopularidad de tales políticas. Creerse, sin embargo, que se deben imponer medidas impopulares es mostrar un desprecio hacia el proceso democrático, que ha llevado a la ruina a la socialdemocracia. Y la historia ha mostrado, una vez más, que el electorado (tanto en el Reino Unido como en España) que estaba descontento llevaba razón y que los líderes carismáticos estaban equivocados. Como mostramos Juan Torres, Alberto Garzón y yo con todo detalle en nuestro libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, sí que había alternativas. Lo único que hicieron estos dirigentes fue servir a los intereses financieros, que promovieron dichas políticas. El Reino Unido y España  pasaron a ser unos de los países más desiguales de la UE-15 durante sus mandato, debido en parte a que ignoraron las políticas redistributivas que siempre caracterizaron a la socialdemocracia, lo cual tuvo un elevado coste político.

Escribí estas líneas en el mismo día que el Presidente Hollande dio su conferencia de prensa, incorporando la Tercera Vía en sus planteamientos, en contra de todas sus promesas. La respuesta del mundo financiero y empresarial ha sido predeciblemente muy positiva. Su reducción del gasto social en la Francia Social se presenta como prueba de su madurez política. Mientras, su popularidad en la calle está por los suelos.

El aislamiento de las élites gobernantes y de los aparatos de los partidos socialdemócratas y la distancia electoral entre ellos y sus bases electorales y militantes es enorme. En España, la gran promesa del socialismo español, la hoy Presidenta socialista de la Junta de Andalucía, la Sra. Susana Díaz, acaba de alabar al Sr. Botín, presidente del mayor banco de España, el Banco de Santander, por el “regalo” de 500 millones de euros, según ella, para crear empleo, ignorando que tal banco (que es de los que han conseguido mayores beneficios en la crisis actual) lideró al capital financiero español en su campaña de presionar al Gobierno español para hacer las reformas laborales responsables en gran parte del enorme desempleo existente en España, incluyendo Andalucía, insistiendo además en la reducción del gasto público. Es más, si tal banco pagara en impuestos al Estado español (incluyendo Andalucía) lo que paga proporcionalmente un trabajador andaluz, el Estado español (incluyendo Andalucía) ingresaría una cantidad muchas veces superior que la cantidad que este banco regala a Andalucía para limpiar su imagen, bastante deteriorada como resultado de su comportamiento. La banca es una de las instituciones menos valoradas hoy en España, junto con la clase política. Y ello se debe, en parte, a la excesiva cordialidad entre las dos instituciones, con una docilidad del estamento político (y mediático) hacia los poderes financieros que empobrece la democracia.

Y termino así mis reflexiones sobre la crisis de la socialdemocracia, no sin antes añadir que acabo de leer que el nuevo dirigente del Partido Democrático, Matteo Renzi (que representa la socialdemocracia italiana), acaba de hacer unas declaraciones en las que se declara admirador de Blair y el blairismo. Sin comentarios.