Por qué las izquierdas catalanas siempre han conjugado la lucha por la justicia social con la lucha por la identidad catalana

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

Una crítica frecuente que sectores de las izquierdas españolas hacen a las izquierdas catalanas es que están contaminadas con el nacionalismo catalán. La terminología y narrativa que se utiliza para hacer esa crítica varía, pero en el fondo esa es la acusación. No se dan cuenta de que en Catalunya la lucha por la justicia social ha estado siempre entrelazada con la lucha por el reconocimiento de Catalunya como nación. Es más, siempre fue esa izquierda catalana la que lideró el movimiento de reconocimiento de la identidad catalana que incluía la demanda de autodeterminación. La historia catalana así lo muestra.

Se está realizando precisamente estos días, en el castillo de Montjuïc, una exhibición sobre la Barcelona del periodo de posguerra 1939-1945 (Barcelona en Postguerra 1939-1945), presentada por el Archivo Municipal de Barcelona, que es de un enorme interés. Es, sin duda, una de las exposiciones más didácticas y bien hechas de las pocas exhibiciones históricas que se hacen hoy en Catalunya y en España. Su ubicación en el castillo de Montjuïc, de triste memoria en el imaginario colectivo de los barceloneses (es donde el President Companys de la Generalitat de Catalunya fue asesinado por los autodefinidos como nacionales), le da una especial relevancia.

Es curioso (y criticable), por cierto, que el excelente video que se presenta en la entrada a la exposición se refiera a las fuerzas militares que ocuparon la ciudad de Barcelona como los nacionales (tal como las fuerzas golpistas se definieron a sí mismas) en lugar de los fascistas, que es la definición correcta que desde el punto de vista científico debería utilizarse. Soy consciente de que en España este término raramente se utiliza, sustituyéndose por el de franquista, reduciendo el régimen que el golpe de Estado estableció a una dictadura caudillista, en lugar, como en realidad fue, de una dictadura totalitaria que quería configurar todas las dimensiones del ser humano, desde el sexo al idioma con el que las personas podían hablar y expresarse públicamente. Fue una dictadura semejante a la nazi alemana y a la fascista italiana, dictaduras que no se conocen como hitleriana o mussoliniana, sino como nazi y fascista. En cambio, en España pocos utilizan el término fascista, prefiriéndose definir a esa dictadura como franquista o caudillista.

El régimen que aquel golpe militar estableció fue, sin embargo, mucho más que caudillista. Y la exposición del castillo de Montjuïc lo documenta claramente. Muestra que fue una dictadura promotora de una ideología totalizante que abarcaba todas las dimensiones del ser humano, que incluía un nacionalismo extremo con connotaciones racistas (el día nacional se llamaba el Día de la Raza), que se autoasignaba un rol conquistador e imperialista, derivado de un mandato divino, instrumentalizado por la enormemente reaccionaria Iglesia Católica, con un canto a la fuerza física y a la militarización de la sociedad, al machismo (queda clara en la exposición la función subordinada de la mujer, bajo el dominio del hombre), y con un autoritarismo intolerante con la diversidad, monopolizando la visión de España, considerando como anti España a todos aquellos que cuestionaban el dogma nacionalcatólico dominante.

La exposición muestra claramente el error de la versión promovida por el establishment político y mediático español y grandes sectores de la academia (liderada por el que fue Profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, el Dr. Juan Linz, que fue el principal portavoz de tal postura claramente ideológica) que afirma que aquel régimen no era totalitario (es decir, no promovía una ideología totalizante), sino meramente autoritario. Aconsejaría a los defensores de esta teoría que vieran la exposición. La evidencia de que ese régimen era totalitario, promoviendo una ideología totalizante, el nacionalismo españolista (conocido como nacionalcatolicismo), es abrumadora. Y la exposición lo muestra. Fue la victoria de un nacionalismo sobre todos los demás, impuesto por una represión brutal en contra de aquellos que tenían una visión distinta de España, con un Estado plurinacional con el derecho de autodeterminación en sus naciones.

Es interesante también señalar que el término nacional, ampliamente utilizado por el fascismo, implica que representaban a la nación española, un supuesto altamente cuestionable, pues la mayoría de la población de los distintos pueblos y naciones de España no los apoyó. Y su victoria se debió primordialmente al apoyo de fuerzas extranjeras marroquíes, nazis alemanas y fascistas italianas. Ello aparece claramente en la exposición. El día 26 de enero de 1939 unos noventa mil soldados comenzaron a invadir y ocupar Barcelona. Los marroquíes entraron por el sur, los italianos fascistas por el norte y los nacionales españoles (el ejército de Navarra) entraron por las montañas, Collserola. Al frente estaban el General Yagüe y el dirigente fascista Dionisio Ridruejo.

La represión por parte del bando definido como nacional fue enorme, tal como documenta la exposición. Y su identificación con el nazismo y el fascismo fue clara y contundente, tal como muestra también la exposición. Las visitas del conde Galeazzo Ciano, Ministro de Asuntos Exteriores del gobierno fascista italiano, y de Heinrich Luitpold Himmler, jefe de las SS nazis alemanas, fueron el auge de estas movilizaciones pro nazis y pro fascistas del régimen. La salida de la División Azul de Barcelona hacia el frente de la invasión nazi de la Unión Soviética, con el fin de “luchar y derrotar al comunismo”, fue también un intento de movilización del sentido nacionalista e imperialista que el régimen deseaba. Y un punto también claro en aquella exposición es el eje central que la jerarquía de la Iglesia Católica (incluyendo la catalana) tuvo en el desarrollo de aquella ideología. Hay que felicitar a los autores de la exposición. Es una exposición que debería verse ampliamente.

Lo que la exposición no dice

Ahora bien, dicho todo lo anterior, también debe señalarse un defecto: la exposición presenta solo una parte de la verdad. Le falta la otra parte. La mal llamada Guerra Civil fue una lucha del nacionalismo españolista contra la nación catalana y su identidad y cultura, el cual impuso con sangre y fuego su visión exclusivista de España, reprimiendo brutalmente la otra visión de España, que fue perseguida, denunciándola como anti España y separatista. Pero la Guerra Civil fue también otro conflicto, que no aparece en la exposición y que disminuye su valor. El enemigo del fascismo no era solo lo que llamaban el separatismo, sino también los rojos. El régimen definía como rojos y separatistas a los que quería eliminar. Y rojo definía cualquier expresión de defensa del mundo del trabajo. Fue una lucha caracterizada por una enorme brutalidad. La represión se centró no solo contra la cultura nacional catalana, sino también contra la cultura obrera y contra la clase trabajadora. De ahí que los que lideraron la resistencia antifranquista, como el PSUC, siempre tuvieron muy claro que la defensa del mundo del trabajo era, en Catalunya, lo mismo que la lucha para recuperar la identidad catalana. La cultura e identidad catalana y el mundo obrero tenían el mismo enemigo: el fascismo y su versión nacionalcatólica.

Y esto es lo que falta en la exposición, resultado del sesgo nacionalista de la institución que la patrocina. Y es una lástima que ello haya ocurrido, pues gran parte de la represión que se muestra en la exposición ocurrió también en miles y miles de otros centros urbanos españoles. Solo al final de la exposición aparecen, en la pared que señala la salida, una serie de fotografías que simbólicamente muestran el esplendor, la excelencia y el lujo de la sociedad del Liceo (lugar y punto de referencia de la burguesía), rodeado por la miseria y la pobreza de los barrios obreros que lo rodean. Por primera y última vez se habla del conflicto de clase. Qué lástima que no estuviera al principio, en lugar de al final, mostrando la tan clara relación entre la opresión nacional y la opresión social en Barcelona y en Catalunya. Ello ayudaría mucho a entender por qué incluso hoy el Estado español –que conserva gran parte del aparato y cultura del Estado anterior–, gran responsable de que el gasto público social sea de los más bajos de los existentes en la UE-15, y que sea también el Estado que continúa negando la plurinacionalidad de España, sea un Estado impopular en Catalunya y crecientemente en toda España. Tal impopularidad es hacia el Estado español, y no (como maliciosamente acentúan las derechas y algunas voces de izquierda) hacia España. Las clases populares y, muy en particular, la clase trabajadora de todos los pueblos y naciones de España, también fueron víctimas del Estado fascista, del que, debido a lo inmodélica que fue la Transición, el Estado actual continúa teniendo algunas características heredadas. Su falta de aceptación de la plurinacionalidad de España y su escasa sensibilidad social son indicadores de ello. Una situación optimista es la creciente alianza basada en una hermandad y causa común entre los movimientos sociales y partidos políticos que protestan y rechazan al Estado español a los dos lados del Ebro. Uno de los momentos más emotivos en las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo fue cuando el contingente procedente de Catalunya, con banderas catalanas incluyendo independentistas, llegó al punto de encuentro. En aquel momento los otros contingentes de otras partes de España les aplaudieron. Ahí se estaban estableciendo las semillas para una nueva España con un nuevo Estado, el que las fuerzas republicanas habían soñado antes de ser derrotadas. No es sorprendente, por lo tanto, que la bandera republicana, junto con las banderas de los distintos pueblos de España, fueran las más presentes en tales marchas.