¿Qué está pasando en España?

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

Durante estas dos últimas semanas he estado viajando por España, en respuesta a la invitación para dar conferencias en varios centros académicos, y he tenido la oportunidad de conocer y hablar con muchas de las personas que han estado participando en las últimas elecciones municipales y autonómicas a lo largo del territorio español. En estos viajes he podido constatar que el domingo 24 de mayo, el día de las elecciones, tuvo lugar un terremoto político en muchas partes de este país que alcanzó casi las dimensiones de un tsunami. No solo los datos objetivos, sino también los subjetivos, muestran que ha habido una gran movilización de la población en amplios sectores del territorio español, y muy en particular de las clases populares, en contra de las políticas públicas que le han sido impuestas (y digo impuestas, pues no estaban en las ofertas electorales de los partidos gobernantes y, por lo tanto, carecían de mandato popular), las cuales han tenido un impacto devastador en su bienestar. La gente salió a la calle para votar y decir “Basta ya”. Este voto fue, en gran medida, un voto de protesta frente al establishment político (percibido como mero instrumento de los establishments financieros y económicos, tanto nacionales como internacionales), que los ciudadanos consideraron que no los representaba. El famoso eslogan del movimiento de los indignados 15-M “No nos representan” reflejaba un sentir muy generalizado entre las clases populares en muchas partes de España. De ahí que, en muchas ocasiones, no votaron a los partidos tradicionales, sino a amplias alianzas en las que los movimientos sociales y vecinales tuvieron un gran protagonismo. Y aunque partidos de izquierdas también intervinieron y participaron en estas alianzas, la movilización fue mucho más amplia que la de estos partidos políticos.

Uno de los casos más claros fueron las Mareas Atlánticas en Galicia (que gobernarán la mayoría de las ciudades gallegas). Di una conferencia en la Universidad de A Coruña, y cuál fue mi agradable sorpresa que en primera fila estaban los nuevos alcaldes de A Coruña y Santiago, con los cuales tuve la oportunidad de hablar luego extensamente, teniendo también un almuerzo sumamente interesante con una gran persona como Xulio Ferreiro, el nuevo alcalde de A Coruña, que me habló con detalle de su experiencia. Hablé también con muchas otras personas de las Mareas. Sin duda, los protagonistas de esta movilización fueron la gente normal y corriente, que se había organizado, en algunas ocasiones, solo meses antes (como ocurrió en A Coruña), y que crearon el tsunami en el día de las elecciones. Ni que decir tiene que nuevas fuerzas políticas, como Podemos, entre otros, ayudaron en gran medida a este desarrollo. Pero repito que la movilización fue mucho más allá del trabajo de uno, dos o tres partidos políticos. En ciudades donde tales fuerzas políticas apenas existían, también ocurrió el tsunami.

Yes, we can. Sí, se puede

Lo más importante de lo ocurrido, a mi manera de ver, es la constatación por parte de las personas normales y corrientes de que si se organizan y movilizan pueden mover montañas, es decir, que pueden cambiar las estructuras de poder responsables de las políticas dañinas hacia su bienestar y calidad de vida. Esto es un hecho de enorme trascendencia. La reproducción de las estructuras de poder en España se basa no solo en la represión y creación de miedo (una de las medidas represivas más importantes es la creación de desempleo, como ha ido ocurriendo estos años), sino en la percepción de fatalismo (que los medios de información y persuasión del establishment promueven) de que no hay nada que pueda hacerse para cambiar la situación. La percepción que se transmite es que tal estructura de poder es inmutable y que las políticas impuestas que causan tanto daño son las únicas posibles, mensaje que se transmite por tierra, mar y aire, cuarenta y ocho horas al día a la ciudadanía. Me alegró comprobar que ayudó mucho a constatar que sí que había alternativas el libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, que Juan Torres, Alberto Garzón y yo publicamos, y que el movimiento 15-M distribuyó ampliamente, mostrando con datos que aquel argumento de que no había alternativas no era creíble, a la luz de la evidencia existente que mostramos. En lugar de congelar las pensiones, el gobierno Zapatero podría haber mantenido el impuesto del patrimonio o haber revertido la bajada del de sucesiones, que había aprobado, consiguiendo incluso más dinero. Y el Sr. Rajoy podría haber conseguido casi el mismo dinero revirtiendo la bajada del impuesto de sociedades a las empresas que facturan más de 150 millones de euros al año (que representan solo el 0,12% de todas las empresas), que recortando 6.000 millones de euros en la sanidad pública española. Información es poder, y de ahí el enorme control de los medios, que en España alcanza dimensiones de dictadura mediática. Pero los escasos resquicios que hay en los medios permiten de vez en cuando proveer información verídica que empodera a la población normal y corriente. ¡Sí que había y continúa habiendo alternativas!

La población no salió a la calle pidiendo la revolución. Pedía más democracia y alternativas a las políticas reaccionarias que se estaban imponiendo, objetivos que si no se alcanzan, sí que podrían crear una situación pre-revolucionaria. En realidad, lo que se estaba pidiendo era una Segunda Transición, que pasara de una democracia enormemente incompleta y limitada (democracia hoy se limita a poder votar cada cuatro años en un sistema bipartidista de dos partidos, ambos imbuidos de ideología neoliberal, dentro de un sistema poco proporcional y representativo) a una democracia real, participativa, con formas de democracia directa (como referéndums) además de democracia indirecta representativa, con un Estado que esté basado en la soberanía popular, redistributivo, que sostenga la equidad y la eficiencia. Estos objetivos son lógicos, de sentido común, que la mayoría de la población aprobaría si se les diera la oportunidad de poder escogerlo.

Y ahí está la raíz de los eventos del día de las elecciones. Empoderaron a las clases populares enormemente. Alianzas de fuerzas y movimientos que no existían un año antes consiguieron ganar las alcaldías. Sí, las clases populares pueden cambiar la situación si se movilizan y organizan. Aquel día se demostró que es posible. El enorme pánico que le ha entrado a los establishments financieros, económicos y políticos del país es una consecuencia de ello. Este pánico aparece también en el establishment mediático, que alcanza niveles de ridiculez.

La redefinición de España

Se ha abierto así una nueva etapa que requerirá un cambio profundo del Estado español. Este Estado, definido en su Constitución, no fue resultado de una ruptura con el Estado anterior (como se ha sostenido por parte de aquellos que todavía insisten en que la Primera Transición fue modélica, a pesar de la enorme evidencia que muestra lo contrario), sino una adaptación, conservando muchas de las características del Estado dictatorial anterior, Estado controlado por el partido conservador y, en menor grado, por el otro partido del bipartidismo dominante, el PSOE.

Una consecuencia de ello es que el Estado actual heredó muchas de las características del Estado dictatorial, con una España radial, carente de sensibilidad social (todavía hoy España es uno de los países con uno de los gastos públicos sociales más bajos de la UE-15) y negador de su plurinacionalidad. Pero este Estado ha perdido su legitimidad. Como bien decía el movimiento de indignados, “lo llaman democracia y no lo es”.

De ahí que debe crearse otro Estado a base de procesos de cambio (procesos constituyentes) que marquen las bases para su establecimiento. Y este Estado debe ser policéntrico y no radial, y debe reconocer la plurinacionalidad de España, garantizando que la unidad de España esté basada en la voluntad y deseo de las partes, y no en la fuerza (como sucede hoy con el Ejército, al que la escasamente democrática Constitución exige que mantenga dicha unidad, imponiéndola a todas las naciones). En realidad, pude ver con gran alegría que en Galicia gran parte de estos movimiento de la Marea tienen esta vocación, aunando las reivindicaciones sociales con las nacionales, lo que viene facilitado por el hecho de que las clases populares sean las que utilizan más el gallego. Estas demandas, hechas democráticamente, chocarán con la estructura del Estado central. Pero si la población se moviliza podrá mover montañas, y si no se lo creen, esperen y lo verán.