Opinion · Dietética digital

Pornificación digital

La semana pasada terminanos de liberar nuestro Menú 2 ‘Del otro lado del espejo’. Hoy continuamos con el Menú 3 ‘Monstruos digitales: violencia y porno’. Abordamos el exhibicionismo que fomentan la McTele y las redes comerciales, abocándonos a una sociedad cada vez más pornificada.

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Nos ponemos en valor en el mercado del famoseo de la McTele (realities) y el megusteo de las redes. Ocultarnos, estar solos o con quien decidamos, debe ceder al deseo ajeno; a los nuevos amos de nuestras miradas. Ya le decía Humpty Dumpty a Alicia en el País de las Maravillas (estupenda expresión del reino de los siervos digitales): “la cuestión es saber quien manda… eso es todo”.

En la realidad virtual, como en un prostíbulo, manda el deseo de poseer. La tele y las redes son el feudo del individualismo posesivo. Animan a que el ego exhiba sus atributos y posesiones. Excitan el deseo de acumular seguidores y contactos. “Contactos” con muy poco tacto. Sin tiempo para ganarse el afecto. Sin dar ni recibir auténtico placer. Y lo que importa: el chulo o la madame dicen lo que se puede tocar y hacer. Manda quien gestiona la casa de citas y quien paga el servicio.

En la industria digital mandan los dueños de las plataformas y quien les contrata campañas publicitarias: las marcas. Creemos que ver McTele y usar las redes nos sale gratis. En realidad, nos desnudamos sin cobrar, en el plató y en la Red. La falsa interactividad nos convierte en gente que se vende y encima pone la cama; bueno, la pantalla.

La McTele española muestra lazos anecdóticos, pero esclarecedores, con la pornografía desde su arranque. Gran Hermano inauguró el género en España en 2001. La cadena que lo emitía, Tele5, retransmitió “la versión íntegra” del reality, 24 horas los siete días de la semana, comprando Canal +, la primera emisora digital de TV.

Gran Hermano TV sustituyó a CNN+, el prestigioso canal informativo de Canal +. Pero este también emitía porno duro codificado. Sin pagar el abono, solo se veían rayitas. Por cierto (y aunque no venga a cuento), corría la leyenda urbana de que mirando la pantalla a través de un colador se distinguían las imágenes. La ingenuidad y la escasez tecnológica de los primeros pornógrafos digitales casi producen ternura. La oferta actual les habría resultado un sueño inalcanzable. La McTele abrió el camino.

Abrieron un McDonalds donde antes había un restaurante de lujo. Y montaron burdeles, donde antes hubo redacciones de periodistas. La apuesta de la industria televisiva fue clara. Y sigue siéndolo.

Cuatro, heredero de Canal +, canceló ‘Las Mañanas de Cuatro’ (una tertulia informativa) para emitir ‘Mujeres y Hombres y Viceversa’: un dating show o reality de ligoteo. ¿ El motivo? La emisión completa del Mundial de Fútbol 2018. A falta de pan, exceso de circo.

MyHyV (por sus siglas) marca un hito en el culto y comercialización de la imagen física. Chicos y chicas acuden al plató a exhibir “su trabajo” en el gimnasio o las horas de sol. En sus citas imitan estéticamente el arranque de una película porno. Y, no por casualidad, hay una doble vía directa entre estos realities y hacer carrera como actor/actriz porno.

Lucía Lapiedra, conocida actriz porno española, como consejera en MyHyV.

Aquel canal digital que en 2001 retransmitió Gran Hermano “en directo y sin cortes” se presentó como más popular y democrático que el Canal + del porno codificado. Se dirigía a quien tenía dinero y se vetaba a los no abonados. Gran Hermano, en cambio, ofrecía desnudeces y bajas pasiones para todos los públicos.

Desde su arranque la McTele programó porno amateur, censurado para resultar apto para cualquier edad y en abierto. Era el formato “interactivo” que las redes acabarían universalizando a escala planetaria. Y el triple que el público acabaría asumiendo como propio: desnudarse, grabarse y exhibirse.

Thirst trap signica literalmente “trampa de la sed”. De forma elocuente, designa la fotografía o mensaje que se publica en las redes para recibir halagos del prójimo. Es un autorretrato sexy, provocativo o sugerente. ¿Expresa amor propio o deseo de aprobación? Tomo de una revista de “nuevas tendencias” algunas declaraciones. Sus protagonistas parecen entrampados. Tienen sed de dinero, de estabilidad emocional y de autoestima. O quieren emplearse. Están desecados y quedan sedientos.

Chico musculado y deportista de pelambrera leonina afirma:no solo soy un luchador, soy una marca. En muchos aspectos, estoy vendiendo una marca. Soy consciente de cuánta gente me sigue, y así puedo mejorar mis resultados. Por ejemplo: en mi Twitter tengo una proporción de 70/30 de seguidores masculinos, y en mi Instagram tengo un 65/35 de mujeres. El análisis básico: a los hombres les gusta oírme hablar, mientras que a las mujeres les gusta verme. Lo mejor y lo peor que me han dejado las redes sociales es el contacto directo con mis fans y con otros. Eso incluye una campaña con una marca de champú y acondicionador”.

El atleta del deporte-espectáculo piensa en sí como una marca-objeto. Se promociona y cree realizar sofisticados estudios de mercado. No percibe que colabora gratis en uno más grande. Obtiene información evidente. De un valor ridículo, comparada con la que él genera para las redes y las empresas de cosméticos a las que liga su imagen. El gladiador contemporáneo es tan iluso que se cree en “contacto directo” con sus fans. No considera al patrón su adversario. Le complace pelear por él en el anfiteatro digital.

Otro caso. Chica de buen ver, aunque algo acomplejada, publica selfies sexies como terapia. O eso dice ella: “Tengo una necesidad constante de que los extraños me valoren por Internet. Algunos lo llaman sed de atención. No creo que sea malo aceptarlo. Por eso me encanta el término thirst trap y me encanta publicar las fotos que subo. Las redes sociales enriquecen de forma activa mi enfermedad mental. Subo este tipo de fotos para reprimir mi neurosis. La atención me distrae del vacío y me hace sentir que vale la pena vivir. Suena como si fuera autoayuda, pero sé que no es así. Lo sigo haciendo y sigo llamando más la atención. A mi terapeuta le encanta.”

La inestabilidad emocional y psíquica se enriquecen al exhibirse y adornarse con belleza en las redes. Podría ser una terapia de autoayuda. ¿Avalada por la psicóloga? Sin duda, de efectos dudosos. Pero también constituye una actividad lucrativa que se justifica con “solidaridad”. Continúa diciendo la susodicha: “hace unos días publiqué una foto con un emoticono de una flor tapándome los pechos. Un hombre me mandó un mensaje preguntando, “¿Cuántos retuits quieres para quitar el emoticono?” Y yo contesté, mándame 100 euros por Paypal. Me hizo reír mucho, tomé una captura de pantalla de la conversación y la tuiteé con el enlace de mi cuenta de Paypal. Hay hombres tan ridículos que me depositaron 500 euros. Quiero aclarar que no quité el emoticono de mis pechos. Con eso pagué mi deuda del teléfono y lo demás lo doné a Planned Parenthood.” En resumen, el striptease emocional se presenta como a la vez terapéutico y solidario. Al final resulta un timo: un desnudo escamoteado; encima, cobrado.

Dos testimonios más. Una artista trans habla de sus thirst traps en plan autocomplaciente y artístico. Pero tras la autojustificación, vuelve a aparecer la motivación del dinero. “Lo hago porque me gusta. Porque me pone que me vean. Lo hago porque soy artista y la atención me encanta, y a veces me da dinero.”

A pesar de las ínfulas estéticas que se gasta, su caso se acerca al de una dependienta de comercio que declara: “trabajo en una tienda de lencería y es así como las fotos se han vuelto algo muy común para mí. No creo que sea motivo de escándalo, porque me tomo fotos a mí y a otras chicas en lencería todo el tiempo. Es parte de mi trabajo, pero también es una excusa para hacerlo. Por ejemplo, a veces pienso: puedo subir esta foto en sujetador porque es uno de los más elegantes de la tienda. Me siento superbien y me veo superbien. Todos deberían ver lo bien que me veo con este sujetador.”

La belleza física se ha convertido en requisito laboral. ¡Que se mueran de hambre los feos! Y exhibirse forma parte del trabajo. Cuanto más desinhibidos y complacidos, mejor. Los dependientes dependen más que nunca del cliente. Siempre lleva la razón y, claro, agradece que se quiten la ropa en las redes. Viralizan sus imágenes, presumen de que las conocen (o algo más) y las convierten en reclamos del negocio.

Humpty Dumpty recuerda lo que importa: Los jefes, encantados. Los propietarios de las tiendas de ropa interior han llegado a lanzar campañas promocionales, “regalando” prendas a los clientes que acudieran (semi)desnudos.

El trabajo y el regalo se contaminan de pornografía. O te exhibes y vendes tu imagen o no vales ni recibes nada. No eres nadie.

Clientes semidesnudos haciendo cola para entrar a la tienda.

Eres lo que enseñas. ¡Enseña lo que vales!, arengan la McTele y las redes. El mensaje corre en paralelo y justifica la devaluación de nuestros derechos: si no pagas, no los disfrutas. Si quieres trabajo (un derecho reconocido por la Constitución) muestra tu “valor”: compite, exhíbite.

Planteado así resulta tan duro que, para ganar respetabilidad, la McTele se presentó como un “experimento sociológico”. Y las redes de extracción y comercialización de datos se llaman sociales. Pero los sociólogos estudian relaciones existentes. No las fabrican. E interpretan, no mercadean con datos.

La industria digital, en cambio, experimenta con los límites de nuestra disposición y tolerancia al exhibicionismo. Nos anima a practicarlo y consumirlo. Lo normaliza. Al acaparar nuestras comunicaciones, impone la pornografía como forma y formato de percibirnos y relacionarnos.