El apoyo cultural es el gran pilar de distopía del apartheid en Palestina

Sergio Yahni
Periodista israelí, co-Director del Centro de Información Alternativa (AIC), una organización mixta que promueve la co-resistencia a través de la lucha conjunta entre palestinos e israelíes.

El famoso y anónimo grafitero Banksy abre un hotel adyacente al muro del apartheid en la ciudad palestina de Belén invocando la ocupación israelí para crear un artefacto a la moda de voces que han adoptado la distopía como una realidad cotidiana.

Claro, no cualquiera se puede dar el lujo de tomar un Gin Tonic en un hotel de estilo colonial inglés frente al muro de separación. Para eso es necesario estar dispuesto a pagar 300 dólares por noche. Para los mochileros idealistas el precio sería de 30 dólares en una habitación compartida entre seis. No son precios fuera de lo normal, es casi lo mismo que se pagaría en cualquier otro hotel de la ciudad, pero ningún otro hotel hace de la ocupación una mercancía.

El Walled Off Hotel de Banksy marcha a la par de los tiempos contribuyendo a establecer un nuevo sentido de normalidad.

“¿Funciona el boicot cultural contra Israel? se pregunta Itai Stern en el matutino Haaretz respondiendo que el boicot cultural se derrumbó cuando los artistas vieron que no perdían cantando en Tel Aviv. Algo parecido ocurrió cuando Ann Margaret, la cantante que se hizo famosa amenizando la presencia de los soldados norteamericanos en Vietnam,  se convirtió en líder moral en una cultura que prefería sus amaneceres con olor a Napalm y realmente es indiferente, siempre y cuando la dejen sentirse normal.

Banksy no denuncia la ocupación. Ésta se normaliza invitando a los israelíes a pasar la noche en el “hotel con la peor vista del mundo”. Visto así, Stern podría escribir en Haarez, el periódico liberal de Israel, que Roger Waters, el vocalista de Pink Floyd, se ha quedado solo en su denuncia.

La normalización de la distopía sionista cuenta con que la percepción de la dignidad humana por parte de los artistas sea limitada, o, por lo menos, concebida como un envoltorio de puro marketing. Alternativamente, sería suficiente que no se utilicen los escenarios para defenderla.

Esta situación provoca que Tel Aviv puede presentarse como una ciudad global a orillas del Mediterráneo donde se ha descriminalizado la marihuana olvidándose de que la ocupación y el apartheid realmente existen.

Ya han pasado casi dos años desde que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, declaro nulos los acuerdos de Oslo. Ahora, el gobierno israelí ha dado un paso adelante reintroduciendo políticas de colonización  y preparándose para regularizar la primera colonia desde los años 90.

No se trata de que Israel no haya construido colonias en los últimos 27 años, sino que estas se creaban con un estatus anormal, no reconocido y siempre precario frente a los vaivenes políticos. En esta nueva realidad las colonias se normalizan – lo que significa que algunas, como Amona, por ejemplo, dejan de existir en cierto lugar solamente para ser re-construidas, ya con un estatus legal, en otro. Hay quienes razonan que todas las colonias son ilegales, pero en la política internacional la idea de los dos estados presume asimilar los hechos consumados a los mapas del futuro.

Israel negocia frente a la Unión Europea qué tipo de proporción de las colonias se legalizaría o, por lo menos, cuántas serían aceptables como beneficiarias de fondos en acuerdos bilaterales. Las fórmulas son técnicas, complejas y responden contradictoriamente a directivas que en sí habían sido ideadas para hacer difícil comprender que hace la burocracia con los fondos públicos.

Este ímpetu normalizador nos señala el valor subversivo del movimiento de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) que rompe con la solidaridad cosificada, con la subalterna actitud de aceptar dictados y directivas burocráticas. El BDS demanda responsabilidades a quienes se transforman en cómplices y empantana burocracias que prefieren declaraciones vagas y denuncias inermes.

Tal y como se ven las cosas, el 2017, el año en que Israel cree haber vencido al BDS, no será solamente el año de la construcción de nuevas colonias, sino que será un año donde se haga hincapié en las restricciones impuestas  sobre los palestinos. Sobre todo en las restricciones en el derecho de los palestinos a vivir en Jerusalén. Ya sea a no perder su derecho a residencia como a construir libremente su hogar.

Tel Aviv pretende minar el compromiso del BDS escondiendo el apartheid tras una cortina de humo recientemente legalizado. Los “compromisos constructivos” propuestos por artistas que prefieren cantar su hipocresía en el Park Hayarkon de Tel Aviv, critican levemente los excesos de la ocupación sin denunciar el régimen de apartheid normalizando un pequeño espacio distópico.

Pero nosotros rechazamos normalizar la distopía, cosificar el apartheid. Lo hacemos porque todavía creemos que otro mundo es posible.