70 años de la Partición de Palestina: Historia, memoria y esperanza

Antonio Basallote, Diego Checa, Lucía López y Jorge Ramos
Autores del libro ‘Existir es resistir’ (Comares 2017)

Este 29 de noviembre de 2017 se cumplen 70 años de un momento clave en la historia de Palestina-Israel: la aprobación de la Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU, por la que se decidió la partición de Palestina. Fruto de ella, el territorio se dividió en un Estado denominado “judío” (aunque en realidad es más apropiado calificarlo de “sionista”), que se haría realidad a partir de la declaración de independencia del líder sionista Ben Gurión el 14 de mayo de 1948; y por otra, un Estado denominado “árabe” (palestino) que, siete décadas más tarde, no ha logrado materializarse.

La Resolución 181 supuso una gran victoria para el movimiento colonial sionista, que ya había obtenido un triunfo importante treinta años atrás. Fue entonces cuando se publicó la Declaración Balfour, que mostró el apoyo británico al proyecto colonial de asentamiento sionista y de la que el pasado 2 de noviembre se ha conmemorado el centenario. Lo cierto es que el plan de partición culminó medio siglo de esfuerzos sionistas para establecer un Estado exclusiva o mayoritariamente judío en el mayor territorio posible de Palestina. Pero, ¿cómo crear un Estado exclusiva o mayoritariamente judío en un territorio en el que entre el 96-98% de la población no era judía? Esta pregunta es fundamental.

La decisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendó adjudicar un 56,5% del territorio a la comunidad colonizadora, que suponía un tercio de la población total que habitaba Palestina. Así, menos de la mitad del territorio, un 43,5%, se asignaba a la población autóctona  mayoritaria. Además, se proponía que las tierras más fértiles quedasen en manos sionistas. Estados Unidos y el lobby sionista presionaron a Estados pequeños como Filipinas, Haití y Liberia para que votasen a favor del plan y se quebrantó la Carta de la ONU al no consultar a la población.

Por entonces, la comunidad judía de Palestina (Yishuv) poseía entre un 6-11% de la tierra. Por tanto, el Plan de Partición de Palestina fue rechazado en primer lugar por la población nativa, que rechazaba tanto dividir su tierra con una población colona como el desigual reparto de la Resolución 181. En segundo lugar, también fue rechazado por los países de mayoría árabe vecinos, cuyas sociedades apoyaban masivamente al pueblo palestino pero que generalmente tuvieron unos líderes políticos que se aprovecharon de la causa palestina en su propio beneficio.

El nuevo Estado colonial contaría, según este plan de hace 70 años, con una población de más de 475.000 personas no judías (palestinas). Esto suponía cerca de un 45% de la población de ese Estado, lo cual contrariaba el objetivo sionista de conseguir cuanta más tierra posible con el menor número de personas no judías. Este elemento, en coherencia con su ideología, era considerado como un “problema” que solo podría resolverse en un contexto favorable mediante la aplicación de la transferencia o la expulsión forzosa del mayor número posible de población palestina. Así, en virtud de esta idea, el enfrentamiento que se desencadenó días después de la aprobación del Plan de Partición permitió iniciar este proceso: la limpieza étnica de Palestina. En especial, a partir del mes de marzo y abril de 1948 a través del Plan Dalet.  Así, en 1948 entre 750.000 y 800.000 personas palestinas fueron expulsados de sus hogares dando lugar a la Nakba (catástrofe) palestina, que incluyó masacres con cientos de asesinatos en lugares como Deir Yassin, Tantura, Lydda o Dawaima. Uno de los principales encargados fue el sionista Yosef Weitz, director del “Comité de Transferencia”, quien pocos años antes plasmaba esos deseos en su diario: “En este país no hay sitio para dos pueblos (…) y la única solución es la tierra de Israel sin árabes”.

La partición de Palestina se llevó a cabo, como proponía la Asamblea de la ONU, pero no según el plan de la Resolución 181. Más allá de los límites señalados por el mapa de la partición, Israel invadió Galilea occidental, Jerusalén oeste, Jaffa, Acre, Lydda, Ramla y cientos de pueblos palestinos. Según las últimas investigaciones, 615 localidades palestinas sufrieron la limpieza étnica. De los 14.500 kilómetros cuadrados adjudicados al Estado “judío” por la Resolución 181 se pasó a 20.850, de un total de 26.323 kilómetros cuadrados que constituían el área de Palestina. Esa expansión territorial que se inició en 1948 ha proseguido mediante continuadas conquistas militares (como la Guerra de Junio de 1967), la construcción del Muro de Apartheid y de anexión de territorios desde 2002 y, sobre todo, a través de la constante colonización de Jerusalén oriental y Cisjordania, en contra del Derecho Internacional y de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada precisamente en 1948. Como escribió el poeta palestino Mahmoud Darwish: “La tierra se ha estrechado para nosotros”.

Por todo ello, en 1977, la Asamblea General de la ONU, en reconocimiento a los esfuerzos de las resistencias palestinas y en un intento de resarcir de algún modo una evidente injusticia, estableció que se observara anualmente el 29 de noviembre como Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. Fue una pequeña victoria del pueblo palestino sobre sus colonizadores y ocupantes, que no han logrado eliminar su arraigo a la tierra, su capacidad de resiliencia ni su identidad colectiva.

Cada año, el 29 de noviembre ofrece a la comunidad internacional la oportunidad de centrar su atención en el hecho de que la cuestión de Palestina aún no se ha resuelto y de que la población palestina aún no ha logrado alcanzar los derechos inalienables reconocidos por el Derecho Internacional, es decir, el fin de la ocupación militar y el desmantelamiento del Muro, el fin del apartheid y el derecho al retorno de la población refugiada (las tres demandas básicas del movimiento BDS), así como el derecho a la libre autodeterminación libre de injerencias externas y a la soberanía nacional.

No obstante, esa conmemoración puede quedar en otra anécdota más si no va acompañada de acciones que consigan el cumplimiento de estos principios por parte del Estado de Israel, que fue calificado como un Estado de apartheid en un informe de un organismo de la ONU en marzo de este 2017. La comunidad internacional no puede continuar lavando su conciencia ni maquillando su negligencia histórica tan solo con actos simbólicos y discursos sobre las negociaciones y la paz, al tiempo que consiente la perpetuación en pleno siglo XXI de un régimen colonial que asesinó a más de 500 niñas y niños de Gaza en el verano de 2014. Un Estado de apartheid que viola el Derecho Internacional y los Derechos Humanos de forma sistemática, que constantemente desestabiliza la región y que ha intentado, sin éxito, borrar del mapa a Palestina y al pueblo palestino.

El 18 de julio de 1948, David Ben Gurión escribió en su diario: “Tenemos que hacer todo lo posible para garantizar que [los palestinos] nunca regresen. Los viejos morirán y los jóvenes olvidarán”. Por eso, el 29 de noviembre debe ser una jornada para el ejercicio de recuperación de la memoria de Palestina y de solidaridad con sus millones de personas refugiadas, que viven bajo apartheid y bajo colonización y ocupación militar. Un día contra el olvido, en el que recordamos que existir es resistir y en el que cabe seguir alimentando la esperanza.