El óxido

Analizando la actualidad desde el pensamiento crítico

Las zonas grises

06 mar 2013
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Hace unos meses escribí un artículo sobre Hugo Chávez en esta misma bitácora. Fue sin duda la entrada más polémica de cuantas he publicado hasta ahora. En ella reconocía que el finado Presidente de Venezuela no me gustaba nada pero admitía que la oposición, formada principalmente por los oligarcas del petróleo, me parecía aun más detestable. Así todo recibí una buena sarta de insultos, incluso alguna amenaza, de chavistas que consideraban que mis palabras atacaban el proyecto bolivariano y tenían como fin legitimar a una oposición que, por si no ha quedado lo suficientemente claro, me parece peligrosísima.

Cuando era adolescente y me enviaron una citación para presentarme en el cuartel más cercano con el objeto de pesarme y medirme para hacer el servicio militar obligatorio, yo me negué. Me declaré insumiso, como otros tantos jóvenes en este país que lucharon por un ideal antimilitarista. Muchos de ellos sufrieron cárcel por ello y nunca les podremos agradecer lo suficiente el sacrificio que hicieron. En mi caso tuve la suerte de no ser condenado, porque al poco de iniciarse el proceso judicial y después de declarar ante el señor juez, el gobierno decidió crear un ejercito profesional y acabar con el secuestro de nueve meses al que sometían a los jóvenes varones. Mi caso fue sobreseído provisionalmente, a la espera de pruebas en mi contra que nunca llegaron.

De aquella experiencia, una de las primeras de mi vida como activista, me ha quedado una crónica alergia a los uniformes, a las armas y a toda la parafernalia castrense. No soporto el patriotismo militarista; ese ultranacionalismo que envuelve las pistolas en la bandera. Y me horroriza que el ejercito, cualquier ejercito, pueda entrometerse en la vida política de un país. Parece razonable que en una democracia quienes portan las armas no deberían de ser los mismos que tienen que decidir cuando ha de apretarse el gatillo. Por fortuna en España hace ya tiempo que el Ministro de Defensa no es un uniformado. Algunos dirán que no es relevante y que Pedro Morenés, el actual titular de la cartera, puede ser (y de hecho es) tan detestable como cualquier alto mando militar, sobremanera teniendo en cuenta su vinculación con la industria armamentística. Pero en democracia las formas son importantes y la separación entre el ámbito civil y el militar es un principio que jamás debería de ser violado. Ni aquí ni al otro lado del charco.

El gobierno de Hugo Chávez logró reducir la pobreza y el analfabetismo en Venezuela, de eso no cabe duda. Es quizás uno de sus grandes logros y el saldo más positivo de su paso por el Palacio de Miraflores. Los gobiernos previos no solo no lo habían logrado sino que se habían sometido a las políticas neoliberales del FMI sumiendo al pueblo venezolano en una miseria que no merecían, especialmente en un país rico en materias primas. Pero el pensamiento crítico nos obliga a detectar no solo las virtudes sino también los errores de una presidencia, la de Chávez, con claroscuros. Lo contrario sería hacer propaganda y en la historia de la izquierda son demasiadas las veces que hemos cometido el error de abrazar acríticamente cualquier régimen político y económico por el mero hecho de ser distinto al del capitalismo voraz.

Es fácil desde la Gauche Divine, con un océano de por medio, sacralizar al régimen bolivariano. Pero algunas políticas de los ejecutivos chavistas serían objeto de crítica y movilización si se produjeran en nuestro país. Las recientes declaraciones de Jorge Fernández Díaz sobre la homosexualidad son lamentables y han sido justamente criticadas por todos los sectores progresistas de España. Pero las palabras del titular de la cartera de Interior del gobierno español se quedan en una anécdota en comparación con las numerosas declaraciones homófobas de los líderes bolivarianos, incluido Hugo Chávez, que han sido denunciadas en multitud de ocasiones por los colectivos LGTB venezolanos.

La utilización política que el gobierno venezolano hace de la televisión pública está a la altura de los tiempos de Urdaci en TVE. Nos hemos cansado en España de reclamar una televisión pública independiente, que no fuese utilizada como correa de transmisión y propaganda del gobierno de turno. Y no hemos dejado de denunciar como el ejecutivo de Rajoy, al poco de llegar a la Moncloa, hizo volar por los aires el modelo de televisión de la época de Zapatero que tan buenos resultados había dado desde el punto de vista de la independencia y del espíritu crítico. Si somos coherentes, lo que no nos vale para nosotros tampoco nos puede valer para los demás y es justo reconocer que la política de Chávez con respecto a los medios de comunicación (tanto públicos como privados) no ha sido la más democrática y pluralista del mundo.

La simpatía y colaboración de Hugo Chávez con algunos de los peores sátrapas del globo no tiene defensa posible desde una óptica de izquierdas, a no ser que aceptemos el principio, de dudosa moralidad, de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. No parece compatible criticar la intolerable colaboración de España con una teocracia fundamentalista como la de Arabia Saudí y al mismo tiempo alabar las relaciones entre Venezuela y un Irán donde aun se practican métodos punitivos como la lapidación o la amputación de miembros y donde las mujeres están sometidas a un régimen de semiesclavitud. Y lo mismo podría decirse de Corea del Norte o la Libia de Gadafi, gobiernos a los que Hugo Chávez ha prometido amor incondicional y que no destacan precisamente por su respeto a los derechos humanos.

Estos son solo unos pocos ejemplos de aspectos del gobierno de Chávez que merecen una crítica y una condena pública desde posiciones de izquierdas. Son cuestiones que no oscurecen los logros del movimiento bolivariano en Venezuela, que son muchos, pero que nos pueden servir para darnos cuenta de que no todo es blanco o negro. Dividir el mundo entre buenos y malos, sin zonas grises que evaluar, es propio de mentes obtusas. Pero además la izquierda, al menos esa en la que yo creo, tiene la obligación de sospechar siempre del poder, venga de donde venga y aunque vista ropas rojas. Incluso el más furibundo de los chavistas debería saber que la autocrítica es la mejor herramienta para defenderse de los ataques de quienes quieren hacer fracasar un proyecto de transformación social. Alegar que la crítica beneficia al enemigo es propio de regímenes totalitarios que tratan de acallar las voces disidentes. Aunque algunos aun no se hayan dado cuenta, se puede –y se debe- criticar al gobierno de Hugo Chávez sin necesidad de situarse del lado de EEUU, de la ultraderecha o de los oligarcas venezolanos. Yo, en mi línea, sigo haciendo amigos.

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