Elecciones 9M

Tan ameno como un funeral

SALOMÉ GARCÍA 

A la primera ojeada, se veía venir. José Luis Rodríguez Zapatero se vistió íntegramente de negro, vete a saber si por modernidad o para descolocar a esos artistas que cantan a favor de su alegría. E Iñaki Gabilondo se colocó una corbata morada para alegrar su traje también negro. Entre el luto y el alivio transcurrió la entrevista.

Con ese cuadro visual tan triste, fueron inútiles los débiles intentos de Gabilondo por agilizar la charla. Zapatero ejerció su autoridad presidencial y colocó sus mensajes íntegros. Sus interminables respuestas atraparon al periodista a la misma velocidad que adormecían a la audiencia. Más que un entrevistador, Gabilondo se quedó en apuntador. Sacaba a colación un asunto tras otro y el aspirante socialista se extendía sin un ápice de piedad ni con él ni con la audiencia.

La semana pasada, con Rajoy, hubo destellos de acritud, intentos de obligar al candidato conservador a reconocer errores. Nada de eso se vio ayer con Zapatero. Si al líder del PP lo dejó irse vivo –no le apretó en inmigración, ni en el caso de las falsas sedaciones mortales del Severo Ochoa–, a Zapatero ni siquiera intentó ponerle en un aprieto.

El periodismo –las preguntas comprometidas– lo pusieron los telespectadores. Menos mal.