Opinion · Al piano

La hipótesis electoralista de la vieja izquierda

Os dejo a continuación un artículo de opinión de Francis Gil que considero interesante compartirlo en el blog por su actualidad. Además lo suscribo completamente: 

La descripción del camino hacia la democracia realizada por Aristóteles en su Constitución de los atenienses es un singular relato de las tensiones políticas y conflictos sociales que atravesaron la antigüedad. El cambio político en la antigüedad fue una compleja secuencia de acontecimientos, de colisiones permanentes entre el significante pueblo, en proceso de autoconstitución como sujeto político, y la vieja oligarquía en crisis.

No siempre resulta sencillo traducir las experiencias políticas del pasado a nuestra actualidad, pero siempre resulta un ejercicio interesante. Actualizar la subjetividad política y visualizar las complejas relaciones sociales que se despliegan en una etapa determinada, puede ayudarnos a comprender las dinámicas sociales, que se filtran en la historicidad de las luchas populares, e identificar ciertas constantes.

Desde esta perspectiva de comprensión de los fenómenos políticos, un periodo muy singular de la historia contemporánea de España puede ofrecernos un ejemplo paradigmático de ese histórico combate entre el pueblo y la oligarquía por la representación democrática: la Restauración. Como todo modelo impostado, la Restauración nunca fue capaz de lograr el suficiente apoyo popular para legitimarse políticamente. Tanto Cánovas como Sagasta fueron personajes cuya autoridad política dependía, en última instancia, de los elementos estructurales de la oligarquía. El subconjunto de caciques, junto con los procedimientos «turnistas», siempre conectados al «pucherazo» electoral y la coacción política impuesta por los gobernadores civiles, constituyeron un sistema de control social y gestión institucional descrito por Joaquín Costa en 1901 en términos muy expresivos: «Oligarcas y caciques constituyen lo que solemos denominar clase directora o gobernante, distribuida o encasillada en … no es sino un cuerpo extraño.(…) Si aquellos bandos o facciones hubiesen formado parte de la Nación, habrían gobernado para ella, no exclusivamente para sí; habrían cumplido por su parte los deberes que ellos imponían a la Nación».

Ese «cuerpo extraño» dominó durante décadas el instrumental de intervención del Estado, colocándolo al servicio de los intereses particulares de una minoría. La sistematización de los procedimientos de «alternancia» y el consenso general sobre los contenidos fundamentales entre Conservadores y Liberales, convertía, de facto, el régimen de la Restauración en una «gran coalición» o bipartito, amparados por una controvertida legalidad constitucional, refrendada por la autoridad de una desacreditada monarquía y legitimada electoralmente con mayorías absolutas inefables.

El fin de ciclo de la Restauración, la descomposición del sistema canovista y la desarticulación de las redes clientelares de Conservadores y Liberales, tiene una causalidad multisituada: por un lado, las luchas internas de los denominados «partidos dinásticos» condujeron a la fragmentación y colisión de los intereses de la oligarquía. Por otro, la crisis económica y el final del «colonialismo», sumado a la derrota militar del 98 frente a EE.UU, generó una rearticulación de las posiciones de poder en el interior de las viejas élites económicas. A estas contradicciones sistémicas, hay que añadir la entrada en escena de nuevos actores; el nuevo movimiento obrero organizado, sindical y políticamente, las reivindicaciones democráticas de las clases populares y las crecientes demandas de autonomía de amplios sectores nacionalistas, especialmente en Cataluña. La crisis general de la Restauración, económica e institucional, se resolvió en dos fases: primero, un intento fallido de «recambio» de las viejas élites, a través de una renovación cosmética de los «partidos dinásticos», que condujo a un desfile de Presidentes de trayectorias inusualmente cortas, más de una docena en menos de una década, que generó una inestabilidad sin precedentes. Y una segunda fase, donde la democracia quedó eufemísticamente «suspendida» y la oligarquía recurrió a la tradicional salida militar: imponiendo la dictadura del General Primo de Rivera, que encabezó un golpe de Estado amparado por el Rey Alfonso XIII.

Es obvio que la crisis del sistema canovista comparte diversos puntos de contacto, de posibles paralelismos, con la actual crisis del Régimen del 78. El pasado 20-D asistimos a la explosión de la «burbuja política» del bipartidismo. El bloque político bipartidista se viene agrietando electoralmente desde mayo y la tendencia es ya irreversible; su descomposición es, pues, cuestión de tiempo. Perdido el monopolio de la representación institucional, el bipartidismo se muestra como una figura política incapaz de impulsar la necesaria regeneración institucional y el demandado cambio democrático que expresan los últimos resultados electorales. Amortizados los referentes electorales de la vieja izquierda y paralizados los efectivos del proyecto de «recambio» (vista la evanescencia del fenómeno publicitario), el campo político experimenta la primera gran apertura democrática coextensiva desde el final de la dictadura.

Es evidente que el bipartidismo ha quebrado técnicamente y necesita aligerar sus propias estructuras para intentar recuperar la “centralidad del tablero político” del que ha sido desplazado por una nueva mayoría social. Los gestos desesperados de ciertos contrapoderes internos de la vieja izquierda, de esas baronías territoriales detentadas en interinidad, responden a esa urgencia, a esa necesidad de permanecer sobre el escenario, aunque sea como figurantes sin texto, como hidalgos de provincias, en una representación de la cual ya no son actores protagonistas.

En la sobreactuación y locuacidad de ciertos «lugartenientes» autonómicos se observa el agotamiento de un ciclo político. Los síntomas son claros y las reacciones histriónicas de pánico muestran la incapacidad de la vieja izquierda para comprender el nuevo escenario. La pérdida de liderazgo de sus propios referentes electorales es la consecuencia directa del canibalismo político con el que se comportan los «señores de la guerra» interna, en las organizaciones en proceso de descomposición. Noqueados por la lección de realpolitik recibida hace diez días, los resortes de la “ley de hierro de la oligarquía”, formulada por Michels, comienzan a imponer su criterio partidista. La “caza de brujas” desatada en el interior de la vieja izquierda responde a una visión de la política desajustada respecto a la sensibilidad social predominante: mientras esos hidalgos y baronesas, profesionales de la política de cuarto oscuro y mesa camilla, planifican un “golpe de estado” interno de opereta, la mayoría social de nuestro país vuelve a mostrar la más sobria y absoluta indiferencia hacia sus asuntos internos.

Mientras el “directorio” de la vieja izquierda se reparte el cadáver de un proceso electoral que ha evidenciado los rasgos más acentuados de sus inercias solipsistas, los mandos intermedios, desilusionados del actual liderazgo, transpiran desconfianza. Las suspicacias se expanden socialmente y se convierte en hub de un profundo malestar social. Un malestar hacia el actual líder que Ortega y Gasset sintetizaba con acidez castellana: “Así, un político irradiará tanto de influjo público cuanto sea el entusiasmo y confianza que su partido haya concentrado en él». Quizás la responsabilidad sea compartida; entre el líder fallido y las falsas expectativas impulsadas bajo una errónea hipótesis electoral.

Dosificar la legítima ambición política y racionalizar las aspiraciones de protagonismo es un acto de responsabilidad al que ningún liderazgo fuerte puede renunciar en base a criterios de trayectoria política personal. Estar a la altura de los acontecimientos históricos, situarse de parte del pueblo y comprender el papel que la democracia nos ha asignado requiere humildad y sentido de la responsabilidad institucional. Liderar el cambio político, la regeneración democrática, obliga a situar el interés general por encima de la ambición personal. No es tiempo para funambulistas de partido: es el tiempo de los hombres de Estado.

El bloque político bipartidista y su coro anfetamínico de exegetas mediáticos, continúan sin entender que los problemas reales de la gente real son muy diferentes de los problemas internos de sus partidos. La gente, esa mayoría social que les ha dado la espalda en las urnas, reclama lo que desde Podemos venimos expresando hace mucho tiempo: un gran Plan de Rescate Ciudadano, un Pacto de Estado, para combatir la situación de emergencia social por la que atraviesa nuestro país. Necesitamos situar las prioridades de la mayoría en la agenda política y no excusas o cortinas de humo para evitar afrontar la responsabilidad de Estado.

La clave de bóveda de toda arquitectura democrática es la categoría política de mayoría. Sobre ese diseño del conflicto histórico, del antagonismo oligarquía-mayoría, se despliega toda fenomenología de la praxis política. Los campos de batalla van transformándose, los actores cambian y los sujetos políticos varían, pero los contenidos esenciales permanecen: El significante pueblo, como elemento central de la democracia, insiste, presiona; la oligarquía, como definición coextensiva de las élites, resiste, reacciona. La Tercera Ley de la Mecánica de Newton puede ser aplicada aquí con cierta solvencia: “Si un cuerpo A [pueblo] ejerce una fuerza de acción sobre un cuerpo B [oligarquía]; el cuerpo B ejercerá sobre el cuerpo A, una fuerza de reacción de igual magnitud y dirección pero de sentido opuesto”. Evitando todo maniqueísmo mecanicista, debemos comprender que la fuerza popular ejercida tiene un efecto reactivo en “sentido opuesto”; la reacción previsible de la oligarquía hay que buscarla en nuestra propia historia.

El territorio político se reconfigura en función de la dinámica de las luchas populares, pero la batalla de la Grecia clásica, entre el significante político pueblo y la oligarquía, continúa. La crisis de la oligarquía es nuestra oportunidad, como pueblo, para conquistar la democracia. Atrevámonos a ganar la democracia para la mayoría.

 

*Francis Gil es Secretario Político de PODEMOS en Castilla La Mancha