Diario de un altermundista

Malditas las guerras, malditos los que hacen posible la guerra

Durante todo este año estamos hablando mucho de la Primera Guerra Mundial. Pero hay un enfoque que se echa de menos, el de las consecuencias y responsables de las guerras. En relación al primero, se estima que en esta guerra hubo cerca de 10 millones de muertos en combate y cerca de 20 millones de muertes civiles como consecuencia directa de la guerra o por enfermedades o malnutrición relacionada con el conflicto armado. A los que hay que sumar más de 20 millones de heridos. ¿Pero hasta dónde llegaría este número si tenemos en cuenta el impacto de la guerra en el medio y largo plazo? ¿Cuántas víctimas debemos contabilizar sabiendo que las guerras del futuro son consecuencia de las del pasado? Sólo en la Segunda Guerra Mundial fueron entre 60 y 80 millones. ¿Cuántas personas han muerto, han sido heridas o han sufrido enfermedades o recibido cualquier tipo de violencia como consecuencia del desvío de recursos a la guerra y de la necesidad de reconstrucción posterior? Sin duda, estamos hablando de cientos de millones de víctimas. Aquí está una de las claves, quien decide hacer la guerra no piensa en sus consecuencias porque no se ve a sí mismo o a su entorno como posible víctima. No se ve afectado por las consecuencias de la guerra. Los que deciden enviar sus ejércitos a la guerra son los principales responsables de los millones de víctimas mencionados y del sufrimiento futuro que generará.

Pero hay más. ¿Por qué en un momento determinado personas normales y corrientes, deciden que lo mejor que pueden hacer es ir a la guerra a otra parte del mundo a matar a otras personas normales y corrientes, pero vestidos con otro uniforme? En el contexto de esta primera gran guerra el nacionalismo ganó la partida, el sentimiento patriota se impuso a la razón. Una razón que en caso de conflicto armado lo que aconseja es huir, coger tu familia y todo lo que puedas y buscar un lugar en paz en el que poder vivir tranquilamente. Rechazar la guerra es la respuesta más caudal que se puede tener. Pero, ¿quién habla de estos, de los que se negaron a ir a la guerra? ¿Quien reconoce el valor de los desertores que muy inteligentemente abandonaron el sin sentido de la guerra, cuando decidieron no convertirse en asesinos legítimos, en aclamados criminales, con promesas de reconocimientos, medallas y salvas si eres muerto en el frente? Es cierto que los que van a la guerra han sido manipulados, instrumentalizados y engañados, pero también es cierto que si nadie aceptara ir, no habría guerras. Los que se dejan convencer para ir a la guerra y cogen un arma y disparan sobre otras personas también son responsables.

Hay que añadir también, que hace poco más de cien años, las potencias de la época multiplicaron sus presupuestos militares. Ejércitos más numerosos y preparados, más y más letales armas pusieron mucho más fácil empezar y luchar en una larga guerra. Se produjo una carrera armamentística que no fue menos responsable de la guerra que otros factores. Los negociantes de las armas, los que consiguen beneficios económicos de la guerra comenzaron un camino que ha llegado a nuestros días. Los gobiernos nunca han tenido tantas armas a su alcance como ahora. Nunca ha habido en el mundo un complejo militar-industrial con tanto poder. Nunca han sido tantas las armas disponibles en manos de millones de militares preparados para seguir la orden de apretar el gatillo con obediencia ciega. Los que negocian con armas también son responsables de las guerras.

En todo esto me pregunto si podemos rectificar, si hemos aprendido algo. Si seremos capaces de quitar la capacidad de decidir la guerra a nuestros gobernantes, si seremos capaces de desobedecer la orden de matar, aunque sea legal, legítima, apoyada mayoritariamente y un acto muy patriótico. Si diremos no a la guerra, si desertaremos, huiremos o nos rebelaremos contra quien nos ordene que matemos a alguna otra persona. Si detendremos de una vez la producción de armas, la invención de nuevas aún más mortíferas, si acabaremos con el comercio de armamento que acaba colocando las armas, que hemos producido en la esquina de casa, en manos de alguien que puede acabar disparándolas contra nosotros.

Me pregunto si cuando hablemos de la guerra lo haremos de sus víctimas, muertos, heridos, discapacitados, enfermos, huérfanos y de todas las tragedias humanas que generan. Puede que si cambiamos el punto de vista del análisis de la guerra, si mostramos el sufrimiento que genera e identificamos los responsables y los que se benefician de la guerra, seremos capaces de no caer en los mismos errores del pasado. Ya lo hemos hecho bastante veces.

Artículo publicado en Diari Ara.