Opinión · Diario de un altermundista

Presos sin delito

Tanquem els CIe - Foto Movimiento

Manuel Gómez/Fotomovimiento en Tanquem els CIE

Imaginémonos que aquí hay una crisis, pero no de unos años, con la quizá vana esperanza de que va a desaparecer, sino por y para siempre. Pensemos durante un momento en vivir en un país que sin haberse derrumbado, vive en escombros. En el que no haya hospitales públicos de calidad, en los que que para ser atendidos hay que esperar largas colas en insalubres salas de espera y a los que hay que ir con los medicamentos y las vendas de casa para poder ser atendido, e incluso la comida por si te hospitalizan.

Imaginémonos escuelas públicas destartaladas, en las que no hay ni sillas ni pupitres para todos los alumnos, donde la luz entra por ventanas donde faltan la mitad de los vidrios. Pensemos en ciudades con calles a medio hacer, sin alcantarillado, con basura acumulada a cada lado, sin aceras por las que caminar, en las que el transporte se limita a autobuses de tercera mano con una impredecible frecuencia de paso. Pensemos en un lugar en el que el footing, jogging o fitness parecen una broma de mal gusto porque cada día hay que andar decenas de kilómetros para ir a trabajar en el campo o al mercado a malvender una escasa cosecha que no te dará más que para ganar 1 o 2 dólares diarios.

Imaginémonos que vivimos en un país en el que hay que invertir varias horas para conseguir una poca agua potable para cocinar o beber. Un país en el que la higiene se limita a un cubo de agua y un pedazo de jabón de barra hecho en casa con los restos del aceite de la comida. Un país donde comer más de un plato diario es considerado un privilegio.

Imaginémonos tan solo por un momento que vivimos en un lugar donde no hay interruptor para la luz, que las escasas farolas iluminan las calles tan solo de vez en cuando, que tenemos miedo a salir en la oscuridad porque sabemos que nos pueden asaltar y que si nos asaltan no podemos ir a la policía porque puede ser peor.

Pensemos que vivimos en un lugar en el que la violencia puede estallar en cualquier momento, en el que el gobierno de turno puede cambiar si tal o cual grupo armado da el enésimo golpe de estado, en el que quizá este u otro grupo armado, o el ejército de turno, nos puede reclutar a la fuerza. Un lugar en el que las mujeres no pueden salir de casa solas a ciertas horas porque las agresiones sexuales están a la orden del día. Un lugar en el que la mendicidad y la violencia es la norma.

Pongámonos en esta situación, por mucho que nos cueste, ya que aquí parece que las cosas nunca irán tan mal, y seamos capaces de comprender por qué cada día hay cientos, miles o millones de personas olvidadas, que aun así sueñan e imaginan cómo sería su vida en uno de esos lejanos lugares en los que se ambientan las películas o los partidos de fútbol que ven en una de las pocas televisiones del pueblo. Y que aún así tienen esperanza.

Estas son las personas que metemos en “cárceles de sin papeles” cuando llegan a superar las barreras de nuestras fronteras, por el mero hecho de no tener el documento de identidad que el caprichoso destino ha hecho que nosotros, privilegiados, tengamos en nuestro bolsillo. Y son encarcelados sin haber cometido delito alguno. Son encarcelados por buscar una vida mejor, por no pretender más que trabajar duramente para tener oportunidades, para prosperar y, sobre todo, para enviar algo de dinero a sus familias, para que cada día no tengan que malvivir con uno o dos dólares al día. Estas son las personas a las que privamos de libertad por el único delito de no ser de aquí.

El drama es mayor aún si además estas cárceles son gestionadas con desdén, si en ellas hay malos tratos y si la amenaza y el insulto es la palabra más amable que se puede escuchar. Es intolerable que existan cárceles para no nacionales, es inadmisible que se penalice de este modo a una persona sin haber cometido ningún delito. No puede haber ser humano en sus cabales que pueda aceptar que esto esté pasando, pero sí,  en Europa hay 280 Centros de Internamento de Extranjeros (CIE), de ellos 7 en el Estado español en los que se acumulan más de 9000 presos sin delito.