Diario de un altermundista

Desobedecer la violencia

Erradicar la violencia puede ser uno de los pocos consensos en todo el mundo. A nadie le gusta que haya personas cerca o lejos que sufran algún tipo de violencia. Sabemos que hay violencias que ejercemos nosotros, sobre las personas más cercanas. Si bien a veces no somos conscientes, tenemos en cuenta nuestra responsabilidad directa e intentamos minimizarla al máximo. Pero, ¿qué hacemos con respecto a las violencias que son promovidas por nuestro estilo de vida o por una organización determinada de la economía y la política internacionales? ¿Cómo afectan los intereses empresariales, el mantenimiento de puestos de trabajo o la gestión de la seguridad interna o de defensa a través de las fuerzas armadas en la vida de los demás? La respuesta inicial es que desde la situación de privilegio que nos da vivir en un país del Norte, integrante del bloque Occidental basado en un modelo económico capitalista y firme aliado de las estructuras militares de estos, como es el caso de la OTAN, nos hace más que responsables de la violencia que reciben millones de personas como causa de las guerras promovidas por nosotros, de la venta de armas de nuestras empresas militares y de las inversiones económicas de nuestras grandes empresas.

Porque somos nosotros, los países más ricos del planeta, los que gastamos más en mantener grandes ejércitos con ingentes cantidades de armas. De hecho la OTAN acumula tres cuartas partes del gasto militar mundial. Porque somos nosotros, o nuestras empresas de armas, las que más exportaciones de todo tipo de armamento hacen año tras año a más de un centenar de países, cuyos gobernantes las utilizan contra su propia población. Porque somos nosotros, aliados del mayor ejército del mundo, el de EEUU, los que invadimos y ocupamos militarmente otros países por intereses políticos y económicos. Porque son los grandes bancos, constructoras, empresas de energía, de agua, de transportes, ... de aquí los que emprenden lucrativos proyectos en zonas como la Amazonia por los que muchas poblaciones indígenas son obligadas a dejar de vivir como siempre lo han hecho. Porque son las empresas de aquí que nos ofrecen ropa y otros productos a muy buen precio, las que explotan y tratan literalmente como esclavos a trabajadores y trabajadoras de los países donde tienen descentralizada su producción.

Somos, por tanto, cómplices de la violencia que reciben las personas más desfavorecidas del planeta. Colaboramos si trabajamos en una empresa militar, si formamos parte de las fuerzas armadas, si damos apoyo explícito (aunque sea con un voto) a gobernantes que promueven el comercio de armas, la guerra. Somos explotadores si compramos productos de empresas que no respetan los derechos laborales de sus trabajadoras. Somos nuevos colonizadores si dejamos que nuestras grandes empresas obliguen a dejar su modelo de vida tradicional en poblaciones indígenas de todo el mundo. Es nuestro estilo de vida basado en un consumo sin límites el que necesita de estructuras militares para mantener el control de las poblaciones que o no pueden o no quieren ser como nosotros.

Pero las personas de a pie, la gente normal y corriente de aquí, a pesar de tener una buena parte de responsabilidad, no somos los principales culpables de la vulneración de los derechos más fundamentales de buena parte de la población mundial. También sufrimos, cuando no aceptamos las normas impuestas por nuestra sociedad, la exclusión y marginación. Porque la distinción entre Norte y Sur, entre ricos y pobres, no es geográfica, sino social, económica y política. Somos también mucha gente de aquí, del Norte, quienes recibimos la violencia de los patrones de las empresas que nos dan trabajo por condiciones cada vez más cercanas a la esclavitud. Es también la gente de nuestro alrededor la que se siente violentada por las decisiones políticas que retraen derechos con la excusa de la austeridad. Son también nosotros los que sufrimos la violencia de las armas y de las fuerzas de seguridad, cada vez que mostramos nuestro desacuerdo con la deriva de nuestro país. Cada vez el derecho a una vida digna y en libertad es conculcado aquí y allá. Si bien debemos ser conscientes de nuestra situación aún de privilegio por estar donde estamos, y de nuestra responsabilidad hacia las poblaciones más desfavorecidas, no es menos cierto que nos estamos convirtiendo en víctimas de la violencia del propio sistema. Los datos de tortura en nuestro país así lo demuestran.

Es el momento de que nosotros, oprimidos y oprimidas, que somos la inmensa mayoría, dejemos de permitir que negociantes de armas, políticos sin moral y militares ejecutores continúen comandando el destino del mundo a golpe de porra o de misil. Es difícil, sí, pero no imposible. Desobedezcamos a las empresas que nos incitan a comprar productos manchados de explotación, desarmemos el mundo, eliminemos las estructuras militares de nuestras vidas. Desobedezcamos la violencia, liberémonos de la tentación de convertirnos en lo que queremos cambiar.

Artículo publicado en catalàn en #AixòésEpD de Quepo