Detrás de la función

No es lo que parece, es mucho peor...

Fue poco después del 11 de septiembre de 2001 cuando a algunos asesores del Gobierno de los EEUU se les vio definitivamente el plumero: una cadena de televisión en España proclamó no sin ignorante jocosidad que relevantes dirigentes de Washington habían estado pidiendo consejo a guionistas y directores de Hollywood para poder anticipar los que podrían ser los siguientes movimientos de los islamistas asesinos.

Aunque la noticia pasó en cierto modo desapercibida, suponía una auténtica novedad: se reconocía en público que la ficción había conseguido anteponerse definitivamente a la realidad. Los atentados en las Torres Gemelas recordaban a las numerosas películas sobre catástrofes producidas por la industria norteamericana de entretenimiento. Los miles de ciudadanos inocentes no solo habían fallecido asesinados como tales, sino también como figurantes de una proyección dirigida por árabes enajenados, pero, paradójicamente, basada en un guión de sus propios compatriotas, los mismos que ahora lloraban el genocidio.

Todo apunta a que los asesores del Gobierno Bush acabaron recurriendo a guionistas especializados en el cine bélico: una auténtica escalada militar pasó como un tifón sobre Afganistán -domicilio del director de la cinta mortal-, y derrapó finalmente en los terrenos del señor de la guerra y las armas de destrucción, Sadam Husein, un malvado árabe perfecto para culminar un filme que se iba a cerrar en falso. Las siguientes entregas continúan hasta hoy...

Este ejemplo, uno de los muchos con los que nos topamos en la actual sociedad del espectáculo, nos sitúa ante una encrucijada: ¿preferimos dejarnos llevar por la narración oficial o nos atrevemos a mirar bajo la alfombra, "detrás de la función", para encontrar lo que no se nos quiere contar? El resultado no será agradable, pero quizá es lo que los tiempos actuales exigen de nosotros. Y lo que debemos pedirles a los medios de comunicación.