Detrás de la función

Sostres y los monstruos que vienen

El comienzo de esta semana nos mostraba a una Belén Esteban profundamente indignada: un presentador de la televisión canaria había tratado de contactar con el fallecido padre de la "Princesa del Pueblo" a través de una médium. "Sálvame" se encargó de narrar con todo rigor el desenlace del acontecimiento. La madrileña, que sorprendentemente volvía a ser noticia, terminó por interponer una demanda contra el impresentable comunicador insular.

Unas cuantas horas más tarde se publicaba un vídeo del programa "Alto y claro" de la cadena pública Telemadrid, en cuya pausa para publicidad, el columnista del diario EL MUNDO Salvador Sostres encabalgaba un interminable monólogo exponiendo las ventajas de los genitales de las adolescentes sobre los del resto de las mujeres; una clase magistral muy oportuna en las colas que se forman para el baño de los peores bares; un discurso que en estas desafortunadas circunstancias solo lleva a que se proyecte en la mente del receptor la imagen del ponente, sudoroso, en pleno disfrute de un autoservicio que probablemente ejecuta con enorme destreza.

Tanto un acontecimiento como el otro recibieron una cobertura importante en muchos medios de comunicación. Mientras Belén mantiene un cierto monopolio sobre los asuntos del corazón en determinadas cadenas privadas, a Sostres le tocó sustituir a Fernando Sánchez Dragó en la causa del ‘intelectual de vuelta de todo que disfruta poniendo a prueba la frágil estructura bienpensante española’.

Aunque muchos queramos resistirnos a aceptarlo, Belén y Salvador tienen mucho en común. Estas monstruosidades (dialécticas) no son más que un reflejo, un síntoma, una prueba más de lo que ocurre cuando se concede tanta libertad de acción y poder a unas empresas privadas cuyos productos finales configuran buena parte de nuestro tiempo de ocio. Lo que vemos por la televisión es un buen termómetro de cómo van las cosas por abajo, de las reglas y el modo de funcionamiento de una economía y una sociedad que, como afirmaba Guy Debord, prefiere seguir durmiendo.

Estos episodios nos sirven para ver más clara que nunca la creciente obsesión de estas empresas privadas –incluida la híbrida Telemadrid- por el sacralizado corto plazo: todo vale, con tal de que incremente o mantenga el número de espectadores. Los ejecutivos de los medios se ponen muy nerviosos cuando el total de seguidores decrece o no aumenta al ritmo esperado: es entonces cuando el "¡Más madera!" de los Marx toma todo su sentido. Y cuanto menos tiempo se tiene para pensar qué emitir o publicar, tanto más ubicuas resultan las apelaciones a los instintos más crudos: la muerte, el sufrimiento, la sexualidad, la perversión...

Con esta ley de supervivencia sancionada, los plató televisivos, las tribunas de los diarios y las emisoras de radio se convierten en un continuo casting para captar histriones capaces de mantener la atención de los consumidores hasta la llegada de los anuncios, impresos o enlatados. Y, si los actores "funcionan", los ponemos a presentar las campanadas de año nuevo, el informativo o, llegados a un extremo, les dejamos las riendas del poder Ejecutivo: a Berlusconi también le van las jovencitas (por lo menos no es maricón, dice).

En 1947, Sigfried Kracauer publicó "De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán". En este completísimo análisis del cine germano de los años veinte y treinta, el filósofo de la Escuela de Frankfurt nos muestra al temible Doctor Caligari, al vampiro Nosferatu, al inquietante Doctor Mabuse o al singular Golem, como aperitivo cinematográfico de los tiempos que estaban por venir. Finalmente, estos monstruos se quedaron cortos. En España la crisis continúa y se profundiza; al mismo tiempo, los mensajes que se publican y los personajes que los emiten son cada vez más espeluznantes. ¿Quién se supone que nos espera a la vuelta de la esquina?