Detrás de la función

¿Hasta dónde llegará el 15O?

Esta semana está teniendo lugar el séptimo Foro de la Juventud de la UNESCO, dedicado al papel de los jóvenes en la promoción del cambio político y social en el mundo. Un término, el de cambio, que cae con facilidad en el eslogan si no se explica en qué consiste este, qué obstáculos tiene que salvar y con cuánto apoyo se cuenta para llevarlo a cabo.

En muchas ocasiones, este tipo de encuentros se hace previsible: el papel de la ONU a la hora de resolver conflictos mundiales se ha venido reduciendo con los años, pero algunas de sus organizaciones representan al menos un foro en el que compartir impresiones y tener una ligera percepción de qué está ocurriendo en otros muchos lugares del mundo.

En este sentido es sumamente gratificante comprobar la relevancia mundial que ha cobrado el movimiento 15M -o "M15 Movement"-, sobre todo con su extensión globalizada el pasado 15 de octubre. Ya no son solo los europeos los que se interesan por qué está pasando -mientras lamentan, hay que subrayarlo, lo sucedido en Roma-, sino que también los brasileños, chilenos, canadienses, rusos, serbios e incluso kenianos están tratando de hacer algo parecido en las principales ciudades de sus países. Se trata de sociedades profundamente diferentes en las que parece prender la llama de la crítica cada vez con más intensidad.

¿Existe la posibilidad de una protesta conjunta, de unos objetivos comunes? Si dejamos atrás las divisiones raciales, religiosas, nacionales y de otro tipo, sí hay algo que todos los manifestantes comparten: la voluntad de arremeter contra un sistema económico mundial que ya no necesita de muchas personas empleadas para que el beneficio siga maximizándose. En este sentido, parece indiscutible que la robotización y la financiarización desregulada de la economía mundial han hecho a millones de personas no necesarias, con las consecuencias humanas que esto conlleva.

De ahí que la referencia no sea ahora una determinada categoría social, como en el pasado pudiera serlo la clase obrera. "No es una lucha entre izquierdas o derechas, sino entre arriba y abajo", ha dicho recientemente el economista de Attac Alberto Garzón, candidato por IU al Parlamento español. En efecto, parece que nos encontramos ante un enfrentamiento dialéctico entre las personas y una serie de instituciones que se limitan a invertir dinero para generar más de este, sin tener en cuenta las consecuencias reales que esto supone.

No debemos olvidar nuestra complicidad pasiva en todo este proceso, la pereza mental subvencionada por las series de televisión, las malas películas y, en general, las comodidades de la era de la información. ¿Por qué tener un coche viejo cuando podíamos pedir prestado para uno flamante? Los políticos que ahora administran los riesgos derivados de la orgía especulativa no son más que un reflejo de nuestros valores y actitudes a lo largo de los últimos años. La generación de una nueva ciudadanía informada podría dar lugar a una sociedad civil y una clase política capaces de fiscalizar y controlar los grandes abusos que estamos viviendo. Dan ganas de que llegue la próxima fecha...

 

* En una de las conferencias temáticas sobre África, el representante de Kenia lanza un desafío: ¿por qué tenemos que aspirar a tener un trabajo de ocho de la mañana a cinco de la tarde, acaso no podemos organizarnos o hacer algo diferente? Como afirma Ulrich Beck, en las sociedades del riesgo, lo que antes nos parecía el pasado ahora puede convertirse en nuestro futuro. ¿Podrá África por fin darnos una sorpresa?

** Un alto cargo diplomático español en París reflexiona sobre que la globalización está haciendo a los países ricos pobres y a los pobres, ricos, arremetiendo así contra las críticas pesimistas de la izquierda. El que firma este blog le propone revisar la estructura de clases en esas sociedades emergentes. En este tipo de momentos es mejor cambiar de tema...