Opinión · Al sur a la izquierda

Ser santa o ser poderosa

De nuevo la Iglesia se encuentra inesperadamente ante una antigua encrucijada que le es bien conocida, la misma encrucijada a la cual tienen que enfrentarse antes o después todas las instituciones vinculadas con una cierta idea del bien, pero vinculadas también con una cierta necesidad de poder, de ese poder sin el cual les sería imposible practicar el bien. La encrucijada es esta: ser santa o ser poderosa. Con la elección de Juan XXIII Roma quiso ser más santa que poderosa, mientras que con la elección de Juan Pablo II o de Benedicto XVI eligió ser más poderosa que santa, temerosa sin duda de que tanta santidad acabará con su poder.

Y no creamos los descreídos laicos que este es un dilema en el que se encuentra atrapada únicamente a la Iglesia. En verdad, todo el debate que en estos momentos tenemos en este país sobre transparencia institucional, sobre buenas prácticas políticas, sobre ética pública…, todo ese debate no es en el fondo más que una variación actualizada del combate interior que siempre acaban manteniendo todas las instituciones consigo mismas: es el combate entre ser santas y ser poderosas, el combate entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, el combate entre hacer lo que hay que hacer pero a costa de perder poder o no hacer lo que hay que hacer pero a costa de perder bondad. Naturalmente, los hombres y las instituciones hacen lo que pueden, procurando nadar y guardar la ropa en proporciones que dependen de circunstancias externas que suelen escapar a su control. No es fácil conservar el equilibrio. Si la balanza se inclina demasiado del lado del poder la institución pierde su razón de ser, pero si se inclina demasiado del lado del bien entonces pierde el instrumento sin el cual le será imposible practicarlo.

En los tiempos que corren, a la Iglesia católica le ocurre lo mismo que a los partidos españoles, que no puede permitirse el lujo de apostar por el poder en vez de apostar por la santidad. Roma necesita otro Juan XXIII, no otro Pío XII. El problema es el de siempre: apostar por otro Papa bueno es compartir poder, ceder poder, perder poder. ¿Harán tal cosa los cardenales? De igual manera, las instituciones y los partidos españoles no pueden permitirse el lujo de dejar las cosas como están: tienen que desnudarse, someterse al escrutinio ciudadano, ser ferozmente transparentes, ceder poder; ser más buenos los hará, sin duda, menos poderosos, pero es que si no empiezan a ser más buenos el poder que conservarán será inútil porque será un poder sobre nadie. He ahí el dilema, el de los cardenales de Roma y el de los políticos de España.