Antonio Baños

Ecomasoquismo

Pobrecicos, los economistas. Con lo orgullosas que estaban sus madres cuando se licenciaron. Todos bajábamos la cabeza ante ellos cuando, para zanjar una discusión, te daban una palmada en la chepa y sentenciaban: "Lo que yo te diga, macho". Qué aserto más indestructible. Y así iba el mundo, la mar de bien bajo la obediencia al "lo que yo te diga" del experto: "Los pisos no bajan" "Keynes es cutre" "El mercado no la caga" Hasta que la Historia, dama más casquivana que Paris Hilton, decidió, un buen día del 2008, escarmentar la hybris de los economistas y éstos empiezan a notar el frío aliento del desprecio en sus científicos cogotes

El catolicismo, sabio en el tema de la culpa, siempre nos habló de las virtudes de la contrición y el arrepentimiento. Y tras cuatro años de excusas vanas, los economistas han alquilado el cilicio y les da ahora por fustigarse en público. En La torre de la arrogancia (Ariel) de Antón Costas y Xose Carlos Arias, culpan a su vanidad de la crisis. Soy economista y os pido disculpas (Deusto) de Florence Noiville se centra en esos garitos tan dañinos para la humanidad que llaman escuelas de negocios, fábricas de avaricia adornada con sociopatía. Más ¿Para qué servimos los economistas? de Juan Francisco Martín Seco o Proceso a los economistas de Roberto Petrini son libros del 2010 que confortarán a los penitentes.
La Iglesia nos enseña que existen varios pecados internos. En el gaudium peccaminosum aún sabiendo que lo que has hecho es malo, te delectas con ello. George Soros revolcándose en el lodo que él mismo inventó, sería un ejemplo. Otro modelo es la delectatio morosa. En ella, la voluntad se complace ante un acto malo, aunque no participe activamente de su ejecución. Ese es el pecado natural de los economistas. Sabiendo de la inmoralidad y de la injusticia, se quedaron quietecitos porque el prestigio y la importancia que adquirió su oficio les ponía mogollón. Galbraith nos habló de El síndrome de Belmont, una zona rica cerca de la universidad de Stanford. Si uno era un economista complaciente con las teorías dominantes y nunca cuestionaba las opiniones de los de arriba, podía acabar viviendo Belmont. Chimenea y jardín a cambio de rigor y moralidad. Por eso no nos alertaron. Por no levantarse de la butaca, por no salir del despachito. Los economistas no sirven para dirigir el mundo pero al menos han inventado una nueva parafilia: el ecomasoquismo