Crónicas Afganas

En el frente no hay ningún lujo

Desde Marjah.

El calor aprieta en Marjah... Aún es invierno pero el mercurio ronda los 30 grados. El calor comienza a ser insoportable. El casco, el chaleco, las cámaras, las botas de montaña... Llega un momento que te pesa todo y te cuesta seguir el ritmo de los marines- más duchos en estas peripecias que los periodistas. Me paso la mano por la frente para secarme el sudor que empieza a resbalar por mi cara. El sudor cae negro. Estar quince días tragando polvo y sin poder bañarte es lo que tiene.

Hacemos un pequeño alto en el camino. Es la hora de la comida. Son las doce de la mañana y los estómagos comienzan a rugir después de cuatro horas de patrulla por los diferentes pueblos de la periferia del distrito central de Marjah. Hoy he tenido suerte... Me toca el número cinco- la comida en el frente viene en bolsitas numeradas. Pollo con salsa y de postre una galleta del tamaño de la mano. Los soldados destinados en el frente no tienen oportunidad de comer nada diferente en los cuatro meses que permanecen destinados en primera línea. La comida llega un momento que tiene el mismo sabor; ya sea pollo con salda, hamburguesa vegetal o macarrones con chile... El rancho precocinado, embasado al vacio y listo para comer- de hecho se llama ‘Comida Lista para Comer’- hace que te olvides de la comida de verdad. Engulles por el mero hecho de alimentarte para sobrevivir... Pero es un acto reflejo. En menos de diez minutos estamos listos para continuar la marcha... Lo que tarda en calentarse eso que llaman comida y engullirla casi sin poder degustarla.

Los verdes campo de Marjah son un marco inigualable para dar un paseo al atardecer. El sol comienza su descenso diario y los amarillos se convierten en anaranjados destellos lumínicos que bañan el sur de Afganistán. Los pies comienzan a quejarse de tanta caminata. Los calcetines, bañados en sudor, desprenden un olor nauseabundo... Pero tendrán que aguantar; todavía me quedan varios días antes de llegar a la base de Kandahar donde poder darme una ducha y cambiarme de ropa...

Una ducha... ¡Qué bien suena esa palabra! Pero que lejana ahora que la noche comienzan a caer sobre el frente. Saco de la mochila donde llevo las cámaras y el ordenador toallitas de ‘bebé’ para poder limpiarme la mierda que acumula mi cuerpo. Me limpio las manos, la cara y los brazos... "Y yo que pensaba que estaba moreno". En la oscuridad del campamento donde está destinada la compañía Charlie brillan diez cubos metálicos a lo lejos. Son las letrinas. Todas las noches un grupo de soldados tienen la obligación de quemar los deshechos para impedir que el olor sea insoportable.

El baño y su intimidad es algo que en el frente no existe. Las letrinas son unos pequeños habitáculos de madera- sin puerta ni cortina- donde unos doscientos hombres acuden para hacer sus necesidades. "La guerra no es para remilgados ni sibaritas. Aquí venimos a luchar, a defender a nuestro país de la amenaza del terrorismo. Esto no es un hotel de cinco estrellas. Aquí si quieres bañarte te desnudas y te tiras al rio... Así son las cosas", afirma un cabo de los marines mientras anda a tientas por el campamento buscando las cajas con la comida ‘precocinada’.

Son las siete de la tarde y no se ve a un palmo de distancia. Es el momento de ir a dormir. Es mi primer día con la compañía Charlie y no tengo un sitio asignado para poder dormir. "¿Tienes saco de dormir? ¿Y tienda de campaña?", me pregunta el capitán Harris, responsable de la compañía. Sólo disponía de un saco. "Pues entonces elige el sitio que quieras. El desierto es grande y tienes mucho suelo donde elegir", me dice mientras ríe. "No es una broma", asevera.

Y efectivamente, no estaba de broma. Rebusco a tientas por la base iluminando con la pobre luz que desprende el móvil un puñado de cartones para poder hacerme un ‘colchón’. Preparo el saco, lo extiendo sobre los pocos cartones que he podido encontrar desperdigados por la base. La noche es fría. Rondamos los 4 grados. Me pongo dos sudaderas, una camiseta y el abrigo. Me cubro la cabeza con la capucha y me colocó un par de tapones en los oídos para que las explosiones de los IED’s y el ruido ensordecedor del generador me despierten...

En el frente no hay lujos. Ni siquiera para los periodistas. Sean del medio que sean. Todos somos iguales...Una noche al raso. Pero mañana será otro día y me esperan nuevas caminatas por Marjah. ¡Hasta mañana!