Crónicas Afganas

Maneras de contar la guerra

Desde Marjah.

"Para un reportero en una guerra, Territorio Comanche es el lugar donde el instinto te dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a la pared, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio Comanche es alli donde oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie, sabes que te estan mirando", he querido empezar esta crónica apropiándome de unas líneas escritas por Arturo Pérez Reverte- antiguo corresponsal de guerra y que plasmó en su libro Territorio Comanche- para explicar que en el mundo del periodismo hay tres formas muy diferentes de contar la guerra aunque muy pocas veces la gente que lee nuestras crónicas valora todo el trabajo que hay detrás...

El más cómodo es el corresponsal que sigue la guerra desde la televisión del hotel. Su arma más poderosa es el mando a distancia con el que va cambiando de canal y pasando de la BBC a la CNN y de esta a Al Jazeera. Lo único que conocen de la ciudad es la recepción del hotel en el que se alojan y, como mucho, la tienda de comestibles que está en la acera de enfrente. Firmar desde una zona de conflicto es un ‘caché’ del que se puede presumir y donde no hace falta arriesgar el pellejo- luego, allá cada uno con su conciencia-... De este tipo de periodismo es mejor pasar de puntillas y no añadir nada más... Pero luego tenemos otros dos tipos a los que se debería valorar más de lo que se hace actualmente porque son ellos los que nos acercan la realidad de lo que suceden en las guerras y del que deberíamos sentirnos orgullosos porque España tiene grandísimos corresponsales en zonas de conflicto a los que apenas se conoce...

En las zonas de conflicto existe el periodista que decide ir por ‘libre’ o con un fixer (es una especie de guía que nos facilita contactos). Son aquellos que van- o vamos- a diario a la calle en busca de una fotografía, una noticia o un reportaje para ‘vender’. Los que buscan y rebuscan hasta debajo de las piedras hasta encontrar una historia que sea digna de ser publicada... Son sus crónicas las que acercan al lector- o espectador- a una realidad que desconocen. Son las letras plasmadas en tinta negra- o en el ciberespacio- que perduran en el tiempo. Son la voz de aquellos que no pueden hablar y los ojos de los que no pueden ver... Gracias a este tipo de corresponsales la guerra es mucho más cercana; y a veces hasta la intentamos humanizar narrando historias curiosas. Son, también, el eslabón más débil de la cadena. No van armados y suelen ser un suculento botín para la insurgencia, bandidos o el apelativo que queramos darles... Pero no siempre pueden llegar a todos sitios. Sabemos dónde estamos y en Afganistán hay zonas donde es imposible entrar. No todo vale una noticia.

En esas zonas la única forma de entrar es ir ‘empotrado’. Este es el tercer tipo de corresponsal de guerra que podemos encontrar. Son- o somos- el blanco más fácil de las críticas. "La voz de nuestro amo, los vendidos... etc". Los calificativos son tan extensos como la propia imaginación. Pero en Afganistán- donde ir por carretera al sur del país es jugártela a la carta más alta- no hay otra forma de contar la guerra. Empotrarnos nos garantiza crónicas excelentes, imágenes de ‘acción’- cómo es gusta a los medios este calificativo- impactantes y la seguridad- en una guerra nunca estamos seguros- de poder contar con cierto grado de protección. No tenemos la película completa; pero la insurgencia no nos permite que podamos contar su parte. Los que elegimos ir empotrados nos gustaría poder movernos con libertad por Afganistán. Hacer un reportaje sobre un comando talibán... pero eso, son quimeras.

a-pampliega.jpg

A. Pampliega en el Distrito Central de Marjah. Foto: Simon Payne cámara de la CNN.

La opinión pública nos acusa de ‘autocensura’, de ‘compadreo’ con los soldados; si habéis seguido estas crónicas habréis comprobado que nadie me ha dicho nunca lo que debo o no debo escribir. Cuento lo que veo, guste o no guste... Incomode o no. La guerra es tal cual; sin edulcorantes. Pero siempre desde la objetividad que me ofrece mi posición. No entro a juzgar si está bien o está mal; yo sólo cuento lo que sucede; debéis ser vosotros los que realicéis esa labor, la de juzgar.

Pero, en plena era de las comunicaciones, sería una tontería intentar censurar a un periodista empotrado. Internet es un arma contra la que no se puede luchar.  En lo referente a los empotrados... Los estadounidenses son los que mejor trato dispensan a la prensa. Nunca ponen ningún pero... y siempre están dispuestos a contar con un periodista entre las tropas. Esto es algo que deberían aprender otros ejércitos; pero lo que contamos no siempre es del agrado del que manda y prefieren ocultar lo que sucede en Afganistán de la opinión pública de sus respectivos países. Esta es una guerra impopular entre la sociedad y ocultar ciertas cosas no está ayudando mucho...

Pero, polémicas al margen, el empotramiento es, además, una forma que tenemos los ‘freelance’ para ahorrarnos el mayor dinero posible. Miramos hasta el último céntimo de euro; y más si tenemos que pagar por venir a la guerra. Pero esto, como dije antes, no nos garantiza absolutamente nada. Somos carne de cañón y las bombas no distinguen entre personal humanitario, soldados, civiles o periodistas. Me gustaría que esta crónica sirviera de homenaje a otros compañeros que dieron su vida por buscar la noticia. Juantxu Rodríguez (Panamá), Jordi Pujol (Bosnia-Herzegovina), Luis Valtueña (República Democrática de Congo), Miguel Gil (Sierra Leona), Julio Fuentes (Afganistán), Julio Anguita Parrado (Irak), José Couso (Irak) y Ricardo Ortega (Haití).

¡Va por ellos!