Crónicas Afganas

La condena de ser diferentes

Desde Kayan.

Sus ojos, rasgados y enormes, hablan de un pasado glorioso. Son su seña de identidad. Son un regalo. Los hace únicos. Diferentes... pero esa diferencia también es su condena. A los talibán lo diferente no les gusta y por eso no dudaron en pasarlos a cuchillo sin mostrar la más mínima piedad. Hombres. Mujeres. Ancianos. Niños... Les dio igual. Un genocidio que no ha tenido eco en la Comunidad Internacional pero que acabó con miles de ellos; primero en Mazar i Sharif (8 de agosto de 1998) y luego en el valle de Bamiyán (2000).

Sayid Evaz tiene apenas siete años. La cabeza rapada y unos enormes ojos marrones. Es descendiente del gran Gengis Khan, como todos los hazaras. Esta minoría étnica de Afganistán representa casi al 9% del total de la población- 4 millones- que se afincan en el centro del país y que han hecho del valle de Bamiyán- el mismo lugar que acogió durante miles de años a los Budas gigantes- su hogar. El joven Sayid nunca conoció a su abuelo. Los talibán le privaron de esa oportunidad. "Lo cazaron como a un perro. Intentó huir por las montañas pero cuando estaba en la cima un francotirador le alcanzó. Se pasaron cuatro días torturándole hasta que se desangró", afirma Pisar Ali Kayani un vecino del pequeño.

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El pequeño Sayid ordeña, junto a su hermana, una oveja. Foto: A. Pampliega

La historia de este niño se repite en todas y cada una de las casas del valle de Kayán, a 30 kilómetros de Bamiyán. Aquí los talibán se ensañaron con la población civil y la masacró sin contemplaciones. "A mi hermano le detuvieron acusándole de tener un AK en su casa. Le mataron delante de su mujer y de sus hijos; y luego estuvieron varios días jugando al boskashi- el deporte nacional de Afganistán- con su cadáver. No sabemos dónde está el cuerpo", comenta Sayid Eminiddin mientras no enseña la casa de su hermano destrozada por la ira talibán. "Mataron hasta las cabras y las ovejas. No dejaron nada", se lamenta.

Pero si alguien sabe lo que es sufrir en primera persona el odio genocida de los mal llamados estudiantes del Corán no es otra que Bibi Mah Begum. Esta mujer fue testigo de cómo los talibán asesinaban a su marido, a su cuñado, a su empleado, y a seis de sus hijos. "Llegaron por la mañana temprano seis talibán y pidieron a todos los hombres que estaban trabajando en la granja que salieran al exterior porque querían hablarles de las nuevas leyes que iban a imponer en el valle. Yo me quedé en casa pero a los pocos minutos escuché varias ráfagas de disparo. Salí corriendo de la casa y cuando llegué estaban rematando a uno de mis hijos mientras reían sin parar", comenta Bibi que no puede resistir y rompe a llorar y caen en los brazos de su hijo Ilyas- uno de los dos que pudieron salvar ese día por encontrarse pastoreando con las ovejas.

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Muchos niños hazaras no han podido conocer a sus padres o abuelos por culpa de la ira talibán. Foto: A. Pampliega

Los hazaras siempre han sido una etnia considerada inferior por el resto de los afganos. De hecho hasta 1920, cuando se abolió la esclavitud en Afganistán, los hazaras fueron la mano de obra de los grandes terratenientes. Pero en las restantes décadas del Siglo XX conservaron esa misma posición subordinada y muchos de ellos continuaron trabajando para las grandes fortunas del país como servicio doméstico. Pero después de tanto sufrimiento y de ver cómo tantos de los suyos eran asesinados se han casando de sentirse inferiores. "Si los talibán vuelven al poder aquí les estaremos esperando. Esta vez no vamos a ir al matadero de manera voluntaria. Ahora lucharemos; y puede que me maten pero a alguno me lo voy a llevar por delante", amenaza Kayani, sobrino de Bibi.

Pero por muchas amenazas que lancen, al final siguen agachando la cabeza. Ni con los talibán, ni ahora con Karzai los hazaras han recuperado la dignidad. De hecho el gobernador del valle es un pastún, antiguo talibán y responsable de la muerte de más de un centenar de hazaras. Un genocida reconvertido a político y con poder suficiente para hacer temblar a todos los habitantes del valle. Ese es la democracia que se gasta el gobierno de Hamid Karzai... "¿Democracia? ¿Cómo vamos a creer en la democracia si el representante del gobierno mató a mi tío y a mis seis primos?", afirma Kayani. "La Comunidad Internacional debería juzgar a los criminales de guerra como ha hecho en Yugoslavia o en Liberia. Aquí fuimos exterminados y nadie ha dicho nada", finaliza este diplomático afgano que está de vacaciones en su tierra antes de regresar a la embajada que tiene Afganistán en Estambul. "El problema es que los gobiernos extranjeros apoyaron a los talibán a que recuperaran Afganistán y pacificaran el país. Ellos son tan responsable como aquellos que apretaron el gatillo y juzgar a unos sería juzgarlos a ellos también... y no están dispuestos".

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Los verdes prados del valle de Kayán son la envidia del resto del país. Foto: A. Pampliega

El valle de Kayán y el de Bamiyán son una inexpugnable fortaleza donde enormes montañas hacen de murallas. La espectacular cadena montañosa de Koh-i-Baba aísla estos valles del centro de Afganistán dando a la región un microclima único y envidiado por el resto del país. De aquí salen las mejores verduras del país y sus fértiles tierras dan de comer a cientos de miles de cabezas de ganado. Bamiyán es un sitio que merece la pena visitar. Es de las regiones más seguras del país pero también de las que más sangre han visto derramar. A la entrada del valle, donde comienzan a aparecer las primeras granjas de los hazaras hay un pequeño cementerio decorado con banderas verdes y donde los habitantes del valle vienen a presentar su respeto a los mulás asesinados por los talibán. "Aquí hay 21 clérigos hazaras. Eran la autoridad en este valle. Los talibán los fusilaron a todos por ser de una etnia diferente y por pertenecer a la rama chií del Islam- todos los hazaras son chiitas. Los talibán no son musulmanes ensucian nuestra religión", afirma una mujer que acude casi a diario a depositar flores en las tumbas de los antiguos mulás.  

Los hazaras y Bamiyán aún esperan recuperar el pulso aunque para ello deberán pasar algunos décadas más para que las risas de las nuevas generaciones puedan acallar los llantos de todos aquellos que vieron como el ser diferentes les condenó a muerte.