Identidad

Enredado como está en sus líos de sotanas, el Papa Benedicto XVI elogió el otro día a una asociación laica italiana llamada Meter que, por lo visto, lucha con gran éxito contra la pederastia.
¿Cómo se lucha contra la pederastia? Se queda uno meditabundo. ¿Matando pederastas? ¿Castrándolos? Pero esa sería una lucha contra los pederastas, no contra la pederastia como tal; y uno de los principios fundamentales del derecho es que lo que se castiga es el crimen, no al criminal.
Por eso inducen a error esas designaciones abstractas que últimamente, por corrección política, se les dan a las guerras, difuminando el sujeto del enemigo: guerra contra el terrorismo, guerra contra el narcotráfico. El “zar antidrogas”
norteamericano explica que uno de los motivos que hace tan difícil y ha hecho tan inútil la guerra contra las drogas es un motivo semántico: llamarla así. Hace unos años, la ONU llamó a una guerra contra la pobreza –que va ganando la pobreza–. Y así sucesivamente.
Las cosas estaban más claras en tiempos del Romancero:
“Grandes guerras se publican/ entre Francia y Aragón…”
Y salían franceses y aragoneses y se mataban a lanzazos.
Ahora no. Ahora, por el prurito políticamente correcto de no atribuirle una identidad concreta al enemigo, al adversario, al otro, no se sabe cuál es. No se le puede señalar con el dedo diciendo “este es francés” o “este es aragonés”: sería de mala educación . Y para evitarlo se crea, como en Francia, un Ministerio pomposamente llamado “de la Inmigración y de la Identidad Nacional” que se encarga de establecer el grado de francidad o de europeidad de los inmigrantes extracomunitarios sin papeles. Se les hacen exámenes de lengua, de civilización, de modales de mesa. Pero el resultado final suele ser el mismo: se les expulsa. Porque la identidad es un concepto de doble filo: defensivo y ofensivo.
A mediados del siglo pasado hubo una riada de braceros haitianos que pasaban al vecino Santo Domingo en busca de trabajo, como hoy sucede con los emigrantes que desembarcan en la Unión Europea. En la frontera, los policías de la dictadura dominicana les pedían que pronunciaran la palabra “perejil”. Y, como no podían a causa de su revelador acento creole, los degollaban. El concepto de identidad es peligroso.
La escritora Nathalie Sarraute, francesa judía de origen ruso, explicó sin embargo: “Vista desde dentro, la identidad no es nada”.