Apuntes peripatéticos

La RIF

Era inevitable que se le ocurriera al fascismo español. Ledesma Ramos soñaba con que la Península tuviera "un solo destino" corporativista. Y José Antonio Primo de Rivera abogaba en privado, según Felipe Ximénez de Sandoval, por que la capital del "Imperio español de la Falange" fuera Lisboa, con el castellano (de "prodigiosa fuerza expansiva y universalidad") como idioma oficial y, para enseña nacional, la bandera catalana. Entre los de los yugos y las flechas la fantasía tenía un enorme atractivo: una Península Ibérica fascista orientada a la vez hacia el Atlántico, el Mediterráneo y un sur africano listo para la conquista y la explotación. Pero había de entrada un problema gordo: ya había un régimen fascista en Portugal con sus propios proyectos. Silencio, pues, por el momento.

Si aquel sueño imperialista pasó luego al olvido, no así el de una República Ibérica Federal. Machado acarició en 1931 la posibilidad de una unión futura. Más recientemente la pregonaba José Saramago. El viernes leí en Público una declaración al respecto de María de Medeiros. "Hay tantas cosas que nos unen y tanta riqueza cultural –dice– que debemos intentar la unión". El diario no aclara si la célebre cantante y actriz está pensando específicamente en una república federal. Sospecho que sí. Y me apunto.
Sorprende que España viva tan de espaldas a su vecino. Tal aislamiento es lamentable para ambos países. Superadas antiguas hostilidades, antiguos recelos, no parece descabellado que un día la unión sea una realidad. Se trata, de todas maneras, de un proyecto que ilusiona.