Apuntes peripatéticos

Una hora con Mario

El discurso en Estocolmo del flamante Nobel de Literatura ha sido un apasionado alegato a favor de la necesidad de ficciones que tenemos los seres humanos: de crearlas, en el caso de algunos, y de leerlas en el de todos. Para Vargas Llosa la ficción es su tabla de salvación, "una necesidad imprescindible" que, a partir de los cinco años y sobre todo los once, le ha ayudado a sobrevivir como ser humano, permitiéndole escabullirse de circunstancias adversas de la "vida real" y, entre otras aventuras, viajar al fondo del mar con Nemo, luchar al lado de los tres mosqueteros o, convertido en protagonista de Los miserables, descubrir las "entrañas" de París.

En todo el texto he creído intuir la presencia del Quijote, no reconocida de modo explícito. Extraña ausencia dado el hecho de que el máximo héroe de la literatura en lengua española no es otro que el sublime manchego, que precisamente, gracias a las historias que le tienen tan en vilo, logra no sólo sustraerse al aburrimiento del lugar en que le ha tocado vivir, sino hasta creer que en su persona renace la caballería andante. Qué ironía que fuera concebido en un país donde hoy, por desgracia, se lee tan poco.

Algo del espíritu crítico que, según razona Vargas Llosa, fomenta la lectura falta en el discurso de marras. Entre la lista de males y fanatismos que nos acosan actualmente (en primer lugar, claro, Castro y Chaves), el Nobel no incluye la devastadora codicia de los "mercados", tan "liberales" ellos. Y su alusión a la Transición posfranquista es excesivamente elogiosa. Yo, por mí, me quedo con el narrador.