Apuntes peripatéticos

'Tutto chiuso'

Era sábado pero más bien recordaba un domingo puritano inglés de los de antes de los gloriosos años sesenta, cuando no había llegado aún la minifalda, seguía proscrito El amante de Lady Chatterley y –con la excepción de templos e iglesias– todo, o casi todo, estaba cerrado a cal y canto. El día 1 del año nuevo los italianos iban y venían por Madrid, miles y miles de ellos, en busca de cultura, probando suerte, cada vez más cariacontecidos, a las entradas de los museos escalonados a lo largo del famoso kilómetro artístico. Se oían protestas y lamentaciones. Pero no había nada que hacer, la regla ese día era tutto chiuso y dolce far niente. Fuera de juego, pues, Reina Sofía, Prado, Thyssen y CaixaForum y, para colmo, el mini-Versalles del Jardín Botánico, creado por Carlos III para reposo e ilustración de la ciudadanía, cruelmente inalcanzable tras sus elegantes rejas.
¿Por qué no se habían enterado antes los visitantes del hueco cultural que les esperaba el día inaugural del año en Madrid? ¿Quizás daban por descontado que en la capital de un país muy necesitado de turismo estarían a su disposición las pinacotecas que tanta fama han dado y dan a la ciudad? Se equivocaron.
Uno entiende que el personal de dichos museos tiene derecho a librar en fecha tan señalada, pero ¿no se podrían organizar las cosas mejor para que quienes quisiesen trabajar, debidamente recompensados, estuvieran entonces al pie del cañón, siquiera sólo por la mañana? Si la Tate lo consigue en Londres, no debe ser imposible. A mí me dio pena, la verdad, aquel general y agudo desconsuelo.