España e Irlanda, hermanos

Si es verdad, como desde hace tiempo se viene manteniendo, que España e Irlanda son países hermanos, cabe deducir que ello sólo puede atribuirse a los celtas. Los romanos nunca pusieron los pies en la isla, y hasta la llegada de los británicos, allá por el siglo doce, únicamente recibía de vez en cuando alguna visita esporádica (y depredadora) de los vikingos.
De haber algo entre españoles e irlandeses, pues –y yo creo que Salvador de Madariaga tenía razón–, de antecedentes celtas se trataría.
¿Desde dónde llegaron hasta Irlanda aquellas gentes? Aquí se insiste mucho en que el “descubrimiento” partió de Galicia (gaélicos, gallegos), inspirado por el rey Breogan y los indicios que le llegaban de una misteriosa tierra situada al Norte. Pero los celtas subpirenaicos, de origen centroeuropeo, no sólo se concentraban en el noroeste de la Península, sino que estuvieron repartidos por toda ella. Recuerdo la impresión que me hizo hace años, en este sentido, la deslumbrante colección de collares de oro celtas (torques) albergada en el Museo Arqueológico de Burgos, sólo comparable a la del homólogo de este en Dublín.
A dichos vínculos y a los muchos posteriores aludió el rey Juan Carlos durante la simpática comida ofrecida la semana pasada, en el palacio de Oriente, a la actual presidenta de Irlanda. Lo que no glosó fue la magna contribución que Mary McAleese –católica nacida en el Ulster británico– ha hecho al proceso de paz en una isla que, como España, sabe mucho, por desgracia, de terrorismo.