Apuntes peripatéticos

Un consenso incómodo

Entre tanta podredumbre, tanta calumnia y tanta ruindad circundantes, ¡qué ánimos nos acaba de transmitir Ana María Matute, qué lección de modestia, de razonable optimismo y de voluntad creadora! En su discurso de flamante premio Cervantes la gran novelista barcelonesa ha puesto el énfasis sobre la necesidad innata que tiene el ser humano de inventar historias y de escucharlas (que es otra modalidad inventiva). Necesidad, se
sobreentiende, que, cuando no encuentra su debido cauce, puede dar lugar a mortales trastornos y privaciones. Que sin duda es el caso.
La escritora habló en Alcalá de Henares de la inmensa felicidad que le ha producido, a lo largo de su vida, poder dedicarse a su vocación narradora, y ha evocado su emoción, cuando era niña, cada vez que algún adulto bendito cumplía con un rito milenario al entonar, para ella, el consabido introito "Érase una vez..." y luego contarle un cuento. Mario Vargas Llosa dijo algo muy parecido, creo que en la ceremonia del Nobel, y yo mismo, al leer el discurso de marras, he recordado con gratitud que también fui niño privilegiado con acceso, a través de una voz en directo, a un fabuloso caudal de literatura tradicional, nutridora de mil sueños.
Ana María Matute tenía once años cuando empezó la Guerra Civil cuyos rescoldos algunos se empeñan todavía en atizar (ver en este sentido la última lindeza de Aznar). En sus palabras del otro día latía el dolor por tanta pérdida, por tanta crueldad. Que siga muchos años deleitándonos con sus maravillosos inventos.