Apuntes peripatéticos

Jovialidad

No somos pocos quienes opinamos que una de las creaciones más nefastas de los hombres ha sido la del Dios del Viejo Testamento. Un ser a quien en miles de páginas no se le conoce una sola risa, que se especializa en atormentar a sus propias criaturas, cargándoles de prohibiciones, anatemas y obligaciones, y que, si no se comportan bien, es capaz de enviarlas a un infierno atroz que, además, dura toda la eternidad (Deuteronomio anticipa con creces los horrores de Belsen). Ningún ser más o menos normal podría amar libremente a una deidad así. ¿Que luego el Todopoderoso se arrepintió y envió a su propio hijo para enmendarle la plana, morir en una cruz, renacer, y conseguir así que de allí en adelante tuviéramos la posibilidad de salvarnos? Nadie podría llegar a esta convicción tampoco sin que alguien se la metiera previamente en la cabeza (cuanto más temprano mejor), o sin sentir una profunda necesidad de creer en la magia.
Un Dios malhumorado que desconoce la risa. Escribo este apunte el jueves después del asesinato de Bin Laden por sedicentes seguidores de Jesucristo. La palabra procede de Dies Jovis, y el tal Jovis, como se sabe, es sinónimo de Júpiter, el principal dios de los romanos, el del Cielo. Un tipo bastante simpático, a lo que parece, ya que su nombre dio lugar al adjetivo jovialis, exactamente en el sentido de su derivado español. Con un Dios jovial (DRAE "alegre, festivo, apacible") el mundo se habría ahorrado incalculables millones de muertes violentas y demás sufrimientos. Algo grave falló.