Apuntes peripatéticos

Don Fernando

Abusó de su posición como ministro de Instrucción Pública para corromper a la juventud española con sus ideas disolventes; apoyó, a costo del erario público, "La Barraca", más que alegre farándula estudiantil, excusa para la promiscuidad sexual (empezando por su director); preconizó una nefasta enseñanza estatal laica, con aulas donde la imagen de Cristo destacara por su ausencia; estaba a favor del divorcio, de la secularización de los cementerios... Si el tan demonizado Fernando de los Ríos se hubiera encontrado en Granada cuando se hicieron con la ciudad los fascistas, difícilmente se habría escapado con un simple fusilamiento. Porque, para tales mentalidades, se trataba del máximo representante local (aunque natural de Ronda) de un siniestro complot judaico-marxista-masónico dedicado a la destrucción de las esencias patrias. Y merecía lo peor.
He recordado a don Fernando al contemplar las fotos de la reciente constitución de las Cortes Valencianas, con la insistencia de Luis Cotino en jurar el cargo delante de un crucifijo llevado ad hoc. Y sobre todo su discurso en el Congreso el 24 de marzo de 1932, cuando, dolorido hijo espiritual de aquellos erasmistas "cuya conciencia disidente individual fue estrangulada", abundó en la necesidad de una separación tajante entre el Estado y una Iglesia que había hecho a los heterodoxos –tan españoles como los católicos– objeto durante siglos "de las más hondas vejaciones".
Casi ochenta años después, la Iglesia sigue en sus trece. Y muy militante la veremos, me temo, en los próximos meses.