Apuntes peripatéticos

Semprún

No puedo presumir de haber sido íntimo suyo, pero sí de haberlo tratado en los tiempos heroicos de Ruedo Ibérico, la editorial del exilio capitaneada en París por José Martínez, y de mi colaboración en Les Deux Mémoires –con una aportación sobre el asesinato de Lorca–, documental ahora en situación crítica pero que, según Costa-
Gavras, será pronto restaurado.
Dicha aportación fue una de las rodadas en el destartalado "château" que tenía cerca de Poitiers el historiador nor-
teamericano Herbert South-
worth, autor del hoy clásico El mito de la cruzada de Franco. Horas inolvidables.
De aquel Semprún me fascinaba su condición, no de español que hubiera adquirido un excelente conocimiento del francés, sino de español absolutamente imbuido del idioma vecino (no sabía entonces que también le era casi consustancial el alemán). ¿Cómo sería para un escritor vocacional, que lo era, tener ambas lenguas funcionando dentro hasta el punto de sentirse español en Francia y francés en España? Cuando se lo preguntaban solía aflorar la palabra "apátrida", y es posible que ser arrancado de su país a los 15 años fuera más traumático de lo que solía admitir.
Sarkozy ha afirmado que, como Beckett, Semprún eligió como patria el francés. Creo que fue así y que ello le convirtió en "patriota cosmopolita" (Debray). Él mismo alegaba que Baudelaire y Gide tuvieron la culpa. Sea como fuera, lo que incumbe ahora es leerle bien. Y ningún libro mejor que Le Grand Voyage, el espeluznante relato de su largo viaje por la memoria española del horror.